“La mujer de Martin Guerre” de Janet Lewis

portada     Para la recomendación de hoy he escogido un libro turbador. Una novela en estado de gracia, de poderosa pulcritud, donde las palabras ocupan el lugar que les corresponde, como si hubiesen sido convocadas por Janet Lewis (1899-1998) para la celebración de una ceremonia sagrada.

     La mujer de Martin Guerre (1941) es una historia corta basada en un hecho que ocurrió en Francia a finales del siglo XVI. Está contada con una prosa llena de encanto, alejada de toda insinuación que pueda enturbiar su belleza. La americana da rienda suelta a la escritura con plena conciencia del valor pictórico que pueden crear las palabras, y nos obsequia con descripciones de la naturaleza que hacen germinar en nosotros el deseo de que no finalice. Queremos que siga contándonos cómo era el murmullo del arroyo, cómo se impregnaban los valles de fragancia otoñal, que nos repita si estaban tintados de oro y bermejo los bosques de hayas y robles, y si las mañanas siguen estando cubiertas por el blanco encaje de la escarcha.

     El esqueleto argumental de la novela es lo que le sucedió a Martin Guerre, un joven granjero educado por un padre muy severo, que una mañana abandona a su esposa (Bertrande de Rols) y regresa al hogar ocho años después, cuando ya había sido dado por muerto. La aparición de otro hombre (Arnaud du Tilh) que para sí reclama la identidad de nuestro protagonista pone fin al cerco de temas que arropan la novela: los abismos de la identidad, la culpa, el deseo (o no) de conocer la verdad, y el amor facetado con el que venimos al mundo los seres humanos.

     En el tiempo que transcurre mientras Martin Guerre está lejos de su hogar él ha cambiado mucho, tanto física como psíquicamente, hasta el punto de que al llegar a su casa su mujer no lo reconoce y lo acusa de ser un impostor, de suplantar la identidad del hombre que se casó con ella, con quien guarda un parecido excepcional.

     Los cambios que atizan a Bertrande de Rols no le van a la zaga. La mujer que abre su casa para recibir al marido que la abandonó ya no es la niña que se casó con él. Es una mujer que sabe, pero desearía no saber, que vive en un estado de confusión, de bruma emocional, que la está volviendo loca. Y como sucede cuando se ama de verdad, al aparecer su marido, vuelven a consumar esa pasión que fortalece a cualquier matrimonio y no tarda en quedarse encinta.

     Sin embargo, cuando empieza a sentir el peso del niño en su vientre, se da cuenta de que la bruma emocional no se ha disipado. Ella ha estado esperándolo en una utopía afectiva que sólo ha existido en su imaginación. El afecto ha desaparecido para siempre como le sucede a una pompa de jabón al roce de nuestros dedos. La duda, que hasta ahora se hospedaba callada en su conciencia, se despereza y va oscureciendo la vida de Bertrande como lo haría la sombra del más negro pecado. La tormenta inapacible no hace sino crecer al no encontrar respuesta a la maliciosa pregunta: ¿y si el Martin que ha vuelto no es el Martin del que me despedí con un beso ocho años atrás? Ella, incapaz de seguir viviendo soportando esa secreta carga de vergüenza, decide llevar el caso a los tribunales y dejar que sean ellos quienes la libren (o no) de la deshonra cometida o le hagan ver su error.

     Ni que decir que es una novela intensa que se espesa al compás de la lectura. Adentrarse en ella es dejarse anegar en una ciénaga de matices que casi me han trastornado —esta vez, a mí— por su precisión poética. Y es que la autora, además de procurarme un sabroso entretenimiento con esta historia, me ha deslumbrado por esa construcción minuciosa de, no sé cómo decirlo, nidos poéticos, sí, eso es, nidos poéticos construidos en escenas de lo más cotidianas. Nidos en los que a una le gustaría refugiarse más a menudo, aunque no estoy muy segura de ello, pues al asomar mis pupilas casi siempre me ha sacudido una discreta convulsión de la que, a veces, cuesta recuperarse.

     Dejando aparte nidos y refugios, quisiera rescatar una idea que se rotula en el prólogo como lo más sustancial de la narración porque coincido plenamente con ella. Y es que Janet Lewis sabe situar el foco de la historia no en quién es el personaje causante del embrollo (él o ella), sino en quién de los dos sufrió más las consecuencias del intempestivo regreso de Martin Guerre. Una lo está leyendo y se embadurna de la profunda turbación de Bertrande, que merodea sobre el papel arrastrada por el grillete de la culpa. Asimismo, una se deja contagiar por la exaltación jubilosa de un marido que llega a casa para celebrar con su mujer un amor urgente, y se ve envuelto en el magma confuso de una sentencia judicial que le obliga a mirarla con el barro desnudo del que está hecho. Estas dos bridas emocionales forman una sutil red en la que nuestros afectos iniciales quedan hibernados hasta leer el contundente final.

     Buenas tardes y buenas lecturas.

janet-lewis

2 thoughts on ““La mujer de Martin Guerre” de Janet Lewis

    • Lo pongo como grande porque a mí me lo ha parecido. Es un texto brutal que habla de culpa, de redención, tema fascinante si está bien llevado. Muy breve y magníficamente editado. Creo que te gustará. Lee otras reseñas, por afianzar tu confianza y eso. Y gracias por tu comentario desproporcionado.

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