Entrevista a Walter Riso

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 Walter Riso (Nápoles, 1951), psicólogo y autor de libros de auto-ayuda muy exitosos como “El camino de los sabios” (“Filosofía de la vida cotidiana”, en donde indaga cómo aplicar la filosofía de los griegos al mundo actual) o “Enamórate de ti”, acaba de publicar su primera novela, “Pizzería Vesubio”, un libro que habla de platos y fogones y nace por una necesidad vital de encontrarse consigo mismo. En él hay mucha gastronomía, mucha nostalgia y mucho amor. ¿Con cuál de estos ingredientes te quedas?

     Yo rescataría la comida y la nostalgia, telón de fondo de casi todos los emigrantes en toda la historia. Van de la mano. Hay una nostalgia triste, que es la que conduce a la depresión, pero hay una nostalgia feliz, que es la que te mantiene vinculado a las cosas importantes para ti, a tu historia, a tus raíces. Y esa nostalgia es inseparable de la comida porque cualquier persona que llega a otro país, incluso el emigrante de ahora, convierte su comida en una especie de laboratorio experimental, como un alquimista, y lo primero que se busca es reproducir las recetas originales. Y por ahí, por la comida, entra la cultura muy fácil. Queremos saber cómo se hace, exactamente, en ese país. La comida es un ritual y dice mucho cómo es la gente.

     Yo trato de mostrar en esta novela toda una historia familiar (secretos, amores, etc.) y utilizo la comida como catalizador. Este chico, que se avergüenza de sus orígenes, gracias a la pizzería, llega a conocer cosas de su familia que no sabía y, sobre todo, llega a conocerse bien a sí mismo.

     Pizzeria Vesubio” habla de un napolitano criado en Buenos Aires que acaba en Barcelona. Demasiadsa coincidencias contigo. En este debut como novelista se adivina una porción de autobiografía tuya. ¿Qué has querido contar, cómo fueron las cosas o cómo te hubiera gustado que fuesen?

     Como me hubiese gustado que fuesen, pero a partir de lo que eran, y yo hice una transformación. Obviamente, como tiene un contexto histórico, he querido respetar los hechos tal y como fueron. En esa época, los argentinos que salían de la dictadura militar y se venían a España pasaban de vivir en un agujero negro político espantoso —una dictadura militar— a vivir una super nova, porque nacía la democracia.

     ¿Cómo defines el género de tu novela?

     No lo sé. Es una novela de la vida y, como la vida, es difícil ubicar qué pesa más. Es tragicómica. Mezcla muchas cosas que se mezclan en la vida, humor, drama, secretos, mentiras, y muchas cosas. Además, es muy sensorial. En cuanto a la parte emocional es muy viva.

     Háblame del proceso creativo. En los fogones de la pizzería Vesubio se cocina la vida de muchos personajes. ¿Cuánto tiempo ha necesitado la historia en tu cabeza para alcanzar su punto de cocción?

     Yo estuve como seis años con esta idea de saber de dónde vengo. Nunca me dijeron en qué calle nací. Finalmente, a través de una tía encontré la calle donde nací. En cuanto lo supe, me marché a Nápoles inmediatamente. Me pareció extraordinario el lugar y decidí que quería contar esta historia de inmigrantes napolitanos y quise hacerlo como un ejercicio personal de encuentro conmigo mismo. Es mi primera novela, pero es una novela de encuentro conmigo mismo, con mis raíces. Lo único que puedo decir es que es una novela totalmente honesta, que responde a una necesidad vital de encontrar mis raíces. Por eso, se la dedico a mis ancestros y a su legado.

     Estás ahora en plena promoción de la novela. ¿Quiénes crees que son tus lectores?

     Mis lectores están confundidos con esta novela porque son lectores de psicología, gente que sufre. Esta es mi primera novela y mis lectores de siempre no saben que no es un libro de auto-ayuda, ni de psicología, sino que se puede leer como una novela. Sin embargo, mis seguidores en las redes, que son cerca de nueve millones, sí saben lo que he escrito. Así que, con mis lectores de siempre me estoy abriendo como novelista.

     ¿Has aterrizado en la novela para quedarte, Walter?

     Pues ni yo mismo sé qué vendrá después. Ahora estoy escribiendo un libro sobre las emociones, y probablemente, más adelante escriba sobre poesía. Tengo muchas poesías escritas. Yo estudié teatro y eso se ve en la novela en los diálogos, son muy teatrales.

     Y dime, Walter, ¿por qué has escogido para narrar la primera persona?

     No podría haberlo hecho de otra manera porque yo quería involucrarme. Quería contar esas partes que son reales como vivenciales. A mí las novelas polifónicas no me gustan mucho. Me enredan la vida. Yo quería la visión de Andrea, que todo pasara por Andrea, me parecía más auténtico. No es lo mismo ver cómo te ponen los cuernos que que te lo cuenten. Además, a mí me gusta escribir en primera persona. También tenía que ser así porque el amor paterno-filial es tan fuerte que si la construcción de esta relación se hace en primera persona, como otros autores han hecho, acerca mucho al lector.

     La pizza napolitana fue declarada patrimonio inmaterial de la humanidad, ¿qué aportan los olores, los sabores, y en general, la comida, a la parte inmaterial del ser humano, a las emociones?

     Que estamos hechos no solo de razón, sino también de emociones. Es una parte consustancial del ser humano. El universo es sensual, es sensorial. La sensualidad está en los sentidos, pero yo no solamente soy un ser que piensa, sino sobre todo, soy un ser que siente. Durante mucho tiempo, quizá por la tradición platónica y cartesiana, se aparcaron las emociones. Los olores, los sabores, nos define como seres humanos en la parte emocional, nos la reactiva. Lo que la cultura nos ha frenado durante tantos años y tantos siglos, se despierta. Los destapes que aparecen en la historia siempre son a través de las emociones. Me parece imposible que un ser humano —imposible no porque existe, pero es una patología, la alexitimia—, no sepa leer emociones. Los olores y los sabores no es que nos aporten algo, sino que nos definen como los seres que somos. Forman parte inseparable de nuestra identidad personal y, por supuesto, de nuestra identidad social.

     Walter, en tu novela dices que “la buena cocina está en saber elegir la materia prima”. ¿Cuál es ese ingrediente esencial que no puede faltar en un libro para que te conquiste a ti como lector?

     Debe existir la sorpresa, el asombro. Y además, no debe estar al final del libro, sino más bien al principio. Siempre tiene que haber esa vuelta de tuerca, en alguna parte, para que el lector se enganche a la historia. Uno debe salir de una buena novela sorprendido y con una buena sonrisa.

     Y como comensal de la literatura, ¿qué autores son un plato exquisito para tu paladar?

     Los autores italianos me gustan mucho. El libro que más me acompañó en esto, por la nostalgia que evoca, es “La luna y las hogueras”, un libro precioso de Cesare Pavese. Otros autores míos preferidos son Thomas Bernhard (Un niño” me gustó mucho y tiene algunos cuentos autobiográficos muy bonitos). También me gustan mucho los clásicos, como Herman Hesse. Y me encanta Papini, hasta por la pinta que tiene. Tiene una pinta simpatiquísima. Bien, pero he de decirte que yo soy más de leer ensayos. Leo mucha filosofía, antropología, sociología, etc. y cuando, de pronto, encuentro una novela que me atrapa, también disfruto, porque si no me atrapa la cierro inmediatamente. Más autores que me gustan son Sábato, Bioy Casares. Soy mal lector de novela y buen lector de ensayo.

     ¿Y qué estás leyendo ahora?

     Ahora estoy leyendo a Dino Buzzati. “El desierto de los tártaros” me está pareciendo extraordinario. Además, tiene un prólogo de Borges. Me gusta mucho Bioy Casares, más que Borges.

     El joven Andrea descubre que su auténtica patria está en la modesta pizzería Vesubio, en ese barrio donde vivió su infancia. ¿Dónde se encuentra la patria de un escritor?

     En la imaginación. Allí está su patria y uno va construyendo senderos, santuarios… Hay que saber escribir, obviamente, pero si tienes una buena historia te montas a un buen potro. Y si no tienes una buena imaginación es como subirte a un coche sin gasolina. No tener imaginación es como no tener gasolina.

     “Pizzería Vesubio” está sazonada de humor. ¿Crees que es el contrapunto necesario para que el lector no suelte la historia cuando aparece una situación dramática?

     Sí, pero lo voy a explicar. A mí me gusta mucho el neorrealismo italiano y en ese neorrealismo estaba el peor de los dramas y, en medio de todo el caos, el humor. A mí las cosas serias no me gustan. Uno debe reírse de todo y de lo primero que debe reírse es de sí mismo. Eso depende, claro, de cómo se sea, pues hay quien sufre de alexitimia —incapacidad de leer las propias emociones y de expresarlas verbalmente—, así que no es una capacidad al alcance de todos.

     Otro ingrediente bien dosificado de la novela es el ritmo. Es realmente muy amena. ¿Walter Riso se impone algún ritmo y algún límite en la libertad de narrar?

     Tiene amenidad porque me quité al psicólogo de encima. Descubrí que los personajes pueden decir lo que quieran. Naturalmente, el psicólogo está detrás, pero no se nota.

     Para mí no hay autocensura, ni límite alguno en la creación. Los personajes me indican ellos mismos el camino. El personaje ha de ser coherente. Algunos, son muy difíciles de construir, como el padre de Andrea. El tipo es tan contradictorio que, es lo que digo, se crea él mismo a lo largo de la novela.

     Dime si eres más feliz leyendo o escribiendo.

     Escribiendo. A veces, me sucede cuando leo algunas cosas de filosofía, que pienso “¡Dios mío, qué impresionante es esto!” y leer se convierte en una actividad agradable, pero escribir me proporciona un placer mayor. Escribir es como condensar muchas cosas que has leído y, de todo eso, crear algo nuevo. Es como cocinar. Es tomar muchos ingredientes de muchas cosas y crear algo nuevo. Es un salto cualitativo.

     Si tuvieras una varita mágica que te concediera un sueño imposible en el mundo literario ¿qué le pedirías?

     Escribir una novela para adolescentes. Me encantaría escribir algo que lo lean los adolescentes. Es una tarea muy difícil y me gustaría porque uno de los libros que a mí me marcó mucho es “El guardián entre el centeno” de Salinger. Eso pediría.

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