“Un niño prodigio” de Irène Némirovsky

un niño.jpg     Hoy recomiendo “Un niño prodigio”, fabuloso cuento de la eslava Irène Némirovsky (1903-1942) narrado, como todo lo suyo, con la maestría apabullante de la escritora inmensa que fue. Se publicó cuando ella tenía solo veinticuatro años y son los primeros acordes de una melodía que trae a mi mente esa otra bella miniatura que es “El baile”, por eso de abrir camino a historias de niños obligados a ver el mundo con ojos de adulto.

     En esta ocasión, nos narra la infancia atormentada del niño judío Ismael Baruch, criado en la pobreza de una familia más numerosa que un equipo de fútbol, en una barriada de un pueblo marinero. Aprende pronto a leer y a escribir, a salmodiar canciones y a recitar de memoria versículos de la Biblia que canta en bares y tabernas. Con diez años, se escapa de casa para buscarse el pan, como hicieron antes sus hermanos —catorce, creo que eran— y comienza a vagabundear por el mundo.

     El pequeño Ismael posee ese don que no florece si no se tiene desde siempre, ese regalo de la vida que es encantar a la gente con su presencia. Poeta de corazón, sus versos espontáneos, puros y frescos, encandilan a todos, pues hacen despertar en las almas una porción de dicha similar a un tesoro depositado por Dios. Y sus canciones, que inventa sin saber cómo, salen del nido de su alma blanca como pájaros traviesos a los que solo tiene que dejar volar. El secreto de llegar a los demás es que sus composiciones sencillas traducen las penas y alegrías de la gente del pueblo. Al escucharlo, todos quedan pasmados, casi embrujados, ante la voz penetrante y viva del niño andrajoso.

     Un buen día pone los pies en el pueblo un poeta venido a menos y aquejado de mal de amores —enamorado hasta el tuétano de una rica dama de la corte que no le corresponde—, y se encapricha con el poder seductor de su voz y sus versos. Decide comprarlo a sus padres y llevárselo a palacio para agasajar a su prometida.

     Los padres, tan escasos de dinero que apenas pueden dar de comer a su prole, accede al trato. El pequeño abandona los harapos e inicia una vida colmada de lujo, manjares y terciopelo. Se convierte en el nuevo juguete de la princesa. El declive para Ismael se precipita cuando ella decide educarlo con los artificiosos mimbres de la aristocracia. Sin nadie saberlo, este gesto es ir en contra de las aguas frescas y libres del desarrollo natural del niño. Alejado de los bares y tabernas del puerto, el pequeño no encuentra inspiración, se encuentra cada vez peor física y psíquicamente y llega a enfermar de unas fiebres muy altas. La princesa, egoísta y caprichosa, no es capaz de ver el mal que inflige al niño al haberlo aislado de su entorno. El asunto es que, poco a poco, el pequeño se despide de su niñez, de su felicidad y de su poderoso don.

     Su corazón crece y se transforma en un corazón de adolescente. Deja de mirar el mundo con sus ojos de niño, los únicos con los que podía ver la riqueza interior que le hacían ser extraordinario, también para él. La exuberante belleza del mundo exterior al que es trasladado le distrae de su don natural. Apacigua primero, y borra después, la percepción de su genio, que ahora ve con dolorosa precisión, llegando a creer que Dios se lo ha arrebatado. Lo cierto es que su alma de niño prodigio se ha asfixiado. En su corazón aún hay hermosos versos, pero ya no puede escribirlos. Siente el batir de sus alas, pero cuando quiere atraparlos, salen volando como veloces aves migratorias.

     Enamorado como está de la princesa, se siente un ser despreciable y se conduce por la vida con una angustia indefinida. Sabe que, para colmo de sus males, la princesa ama a otro hombre. Ismael respira su amor como una flor envenenada, como una dulce tortura.

     Al compás de estos acontecimientos, va descubriendo que los mismos que le mimaban y aclamaban, ahora, que sus cualidades extraordinarias están ocultas, lo abandonan. Esto es lo único cierto y le causa tanto pesar saberse culpable de haber dejado escapar su felicidad, que él mismo se encargará de labrarse un trágico destino.

     “Un niño prodigio” es un cuento filosófico de mucha hondura y reflexión. Una se pregunta hasta dónde alcanza la fuerza destructora de nuestras propias genialidades, hasta dónde es capaz el ser humano de aguantar (o sucumbir). Y también hasta qué punto las lecciones aprendidas pueden aportar felicidad a las riquezas que nos otorga nuestra alma (su don le proporcionaba las satisfacciones más ricas e intensas), o por contra, son la causa de graves heridas y tormentos.

     En resumidas cuentas, me ha chiflado esta obrita de juventud de la genial Nemiróvsky. De trazo sencillo, pero empapada de ternura. No le cabe más delicadeza, más encanto. Dicen que puede ser una metáfora de la suerte que la escritora corrió en su vida. Lo que sí es, desde luego, es una excelente metáfora de la profunda comprensión que Nemiróvsky tuvo del engranaje de los afectos, de la complejidad de nuestro mundo interior, tan enredado siempre.

     La narración es redonda en forma y fondo. La historia, lejos de ser una mirada piadosa a la infancia, está tintada de crueldad y dureza, pero está contada con ese estilo de encandiladora pureza tan suyo, tan bonito, que leerla es una auténtica delicia, una continua invocación a nuestra sensibilidad. Y además, el cuento —es un cuento, más que una novela o un relato corto— está cargado de poso moral, que lo hace más bello, si cabe.

     Buenos días y buenas lecturas. 

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2 respuestas a ““Un niño prodigio” de Irène Némirovsky

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