Hoy traigo una novela extraordinaria, de esas que se disfrutan desde la primera página y se cierran agradeciendo a la literatura ese íntimo bienestar con el que, de vez en cuando, nos obsequia. El título es «Tierra de empusas» y la autora Olga Tokarczuk (Polonia, 1962), galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 2018.
Su lectura me ha traído fuertes ecos de la que marcó el despertar de mi adolescencia para siempre, la bellísima novela de Thomas Mann «La montaña mágica». Apenas leídas unas pocas páginas, reconocí grandes similitudes entre una y otra, similitudes que tienen que ver más con los personajes y su entorno que con el trasunto de la novela. «Tierra de empusas» resulta mucho más inquietante porque esconde una peculiar intriga que no se desvela hasta las páginas finales. También hay grandes diferencias en el estilo. Aquí la narración está impregnada de tintes oníricos, con la presencia de seres (las empusas) que habitan escenarios sumergidos en el realismo mágico. Las empusas son unas criaturas de la mitología griega, malévolas y seductoras, que cambiaban de forma presentándose como distintos animales. La recreación de la perturbadora atmósfera en la que viven los enfermos, en un lugar casi aislado del mundo, es la llave maestra para la descripción de acontecimientos oscuros. Es una novela de estilo, originalmente creada, pero también una novela de ideas, más que una novela de acción o en la que suceden cosas.
El protagonista central es Miecyslaw Wojnicz, un joven estudiante de ingeniería que ingresa como paciente en un sanatorio ubicado en lo alto de una montaña para curar su tuberculosis (hasta aquí, alter ego de Hans Castorp, si bien con una personalidad muy compleja y distinta). Allí coincide con otros enfermos a quienes iremos conociendo de una forma pausada, alternando bellísimas descripciones de la naturaleza con agitadas conversaciones. Los diálogos crecen en interés a medida que avanza la novela, siendo en algunos momentos pasajes preciosos. Uno de los más preciados tiene lugar entre el joven Wojnicz y Thilo, un enfermo terminal que se convierte en su mejor amigo, acerca de cómo debe mirarse la realidad. Las frases parecen extraídas de «El principito». En otras ocasiones, la belleza de las metáforas me han traído el aliento exquisito de mi querido Proust.
El tuétano de la novela está, precisamente, en estas conversaciones que mantienen los tuberculosos mientras pasean, solos o acompañados de algún otro enfermo.
Si se hacen en compañía, los paseos son el germen de reflexiones sobre cualquier tema. Tienen en común que jamás acaban en enfrentamientos entre ellos, sencillamente, porque todos opinan esencialmente lo mismo. Dicho de otro modo, se hable de lo que se hable, sus opiniones desembocan todas en el mismo mar: la degradación de la mujer. La mujer como origen del mal, como culpable de nuestros fracasos.
Si los paseos se hacen en solitario, son la puerta de acceso a la introspección, el único camino para obtener respuesta cierta a preguntas esenciales sobre uno mismo. Hemos llegado al nudo gordiano de la historia, el ovillo del que irá tirando el joven ingeniero hasta encontrar la misma paz y la misma calma que le ofrece la naturaleza que le acoge. Tengamos presente que está en esa edad en la que cuerpo y alma son aún trazos indefinidos del adulto en que se convertirá. Y en este indagar en su fuero interno que tiene Wojnicz a través de un hábil ejercicio de psicoanálisis y la ayuda del tiempo, va descubriendo con nitidez uno de los secretos de la novela: la naturaleza de su ser. Nuestro protagonista va a encontrar así la identidad de su yo y el lector su misterioso mundo interior.
Hay que añadir que estos paseos son también telón de fondo de otros acontecimientos ocultos, simbólicos, que salpican la historia desde el principio. La polaca relata cómo, al poco de llegar Wojnicz, suceden hechos inquietantes, como rumores de que a menudo hay muertes violentas de pacientes ingresados en el mismo sanatorio.
Ya he señalado que la novela está plagada de comentarios vejatorios sobre la mujer. He de aclarar que todos ellos son paráfrasis de textos tomados de autores cuya relación se ofrece como nota de la autora al final de la novela. Ovidio, Platón, Darwin, Schopenhauer, San Agustín, Nietzche, Yeats, Conrad, Burroughs, Durkheim, Kerouac, entre otros. Autores a los que probablemente hayamos leído y admirado. Este guiño final de nombrar la autoría de algunas frases volcadas en la narración es el recurso del que la autora se sirve para dejar bien claro que esa parte no es ficción, sino la cruel realidad vivida por nuestros antepasados, y que, aunque nos duela, son parte de las atrocidades que históricamente se han cometido contra las mujeres.
En definitiva, una obra enigmática, que nos habla del poder liberador del «Conócete a ti mismo», muy interesante para quienes aprecien el virtuosismo narrativo, y también, una novela sorprendente que viene de la mano de una autora desconocida para muchos.
Buenas tardes y buenas lecturas.


