Terminar un libro y sentir ganas de regalarlo es uno de los mayores placeres para todo lector. Si a ello se suma la urgente necesidad de querer leerlo de nuevo, se produce la dicha completa.
La novela que traigo hoy es la última leída que ha resultado dichosa en este sentido. Ha despertado en mí unas incontenibles ganas de regalarla y la certeza de que volveré a entrar en sus páginas. Se trata de «Las gratitudes» de Delphine de Vigan, un libro bendecido.
La narración es una apología de la vida, con la peculiar paradoja de hacerlo a través de la muerte. Una apología de la gratitud por tantas cosas buenas que nos trae el hecho de estar en este mundo. Por esos momentos de íntima felicidad que dan sentido a otros de renuncia y sacrificio en el andar de cualquier ser humano.
Una se siente reconfortada tras el primer contacto con Michka, mujer envuelta en años que, al hablar, busca una palabra y encuentra otra. Que pide el mando a distracción (a distancia), tiene peladillas (pesadillas) por las noches, se viste con su beata (bata) y se siente elefante (elegante). Que va en astilla (silla) de ruedas y acude a reparación (rehabilitación). Y que, como cualquier otro resistente (residente) y, de vez en cuando, se toma una Cola-Loca (Coca-Cola) mientras la chica de la simpleza (limpieza) adecenta sus aposentos.
A esta mujer de la 4ª edad a quien el silencio, finalmente, ganará la partida, se le quiere desde la primera página. Toda ella emana ternura. Sus conversaciones con el logopeda, sus espontáneos gestos, su delicado silencio mientras espera que le lleguen las palabras, es pura ternura. A una le entran ganas de traspasar la puerta del geriátrico y sentarse junto a este cuerpo desguazado por la enfermedad y los años, coger la mano de Michka, notar su temperatura y esperar que le cuente cosas. Despierta nuestro deseo de escuchar el temblor de su voz, adivinar qué quieren decirnos sus palabras extraviadas y expresarle nuestra gratitud por estar a su lado.
«Las gratitudes» es un libro conmovedor. Nos habla de la gratitud en un sentido epifánico, como revelación de un don divino que la francesa quiere hacer expansivo. Abarca a todas esas personas que han sido importantes en nuestra vida. Los cuidados de niña, la tutela recibida y ese resplandor mágico que la bondad provoca haciendo de cualquier acto un acontecimiento importante. Sin necesitar nombrarlo, el afecto es el lubricante emocional de la historia, la escotilla que permite evocar sin dolor episodios luminosos que ahora solo existen en confidencias. La narración no alcanza el tono triste que iría al compás de lo que cuenta, sino que adopta un tono cálido creando una atmósfera en la que el lector se siente cómodo. Una va leyendo y llega a la sonrisa por el excelente manejo que la francesa hace de la ironía. Los desatinos en el fraseo de Michka son muy graciosos. Desconozco cuánto se habrá perdido en la traducción de Pablo Martín Sánchez, pero sin duda, la similitud fonética está muy conseguida.
Los más avezados en literatura coinciden en que uno escribe siempre el mismo libro, o sobre el mismo tema. Delphine de Vigan habla siempre de lo íntimo, de lo más personal, de la comunicación y del silencio en el ser humano. Aquí lo hace con un ejercicio de estilo tan bello que en esta novela, más que en otras de la autora, su destreza se manifiesta extraordinaria.
¿Y qué cuenta este libro tan conmovedor? algo tan simple como las vivencias de una anciana en una residencia esperando la muerte. A su habitación acude el masajista, una joven que le cuenta su vida y le pide consejos… La francesa crea como personaje central esas otras cosas que no se ven ni se tocan, pero que son la mejor medicina: el cariño y la compañía de otros seres humanos.
Gracias a Delphine de Vigan por este libro espléndido. Gracias a «Las gratitudes» por procurarme un motivo para creer que hay libros bendecidos. Por acariciarme el alma con el aliento de las palabras. Gracias por haber dicho tanto con tan poco. Por haber hecho sencillo lo complejo, visible lo invisible y audible el silencio.
Gracias por haber conseguido que, al terminarlo, me hayan entrado ganas irrefrenables de regalarlo a otras personas y acaricie a otras almas, y por procurarme la certeza de que cuando vuelva a entrar en estas páginas tan delicadas, me sentiré doblemente agradecida. «Las gratitudes», un excelente motivo para creer que hay libros que nacen bendecidos.
Buenas tardes y buenas lecturas.


