«El huerto de Emerson» de Luis Landero

Hay autores con encanto y, sea lo que sea que leamos de ellos, transmiten con sus obras la magia de las palabras. En «El huerto de Emerson» este prodigio se da en grado sumo. Tal vez, porque Luis Landero (Alburquerque, 1948) se mueve como nadie en el mundo de los recuerdos, ese universo atesora frescas estampas que su fantasía caza vívidamente. Junto a «El balcón en invierno», «El huerto de Emerson» es su obra más evocadora, más autorreferencial. Ambas se nutren del tuétano de la memoria y convierten la narración en una sucesión de estratos arqueológicos que permiten desenterrar restos de su particular naufragio.

Como siempre que abrimos uno de sus libros, la primera página da el tono perfecto. Un tono íntimo, próximo, susurrante, que nos traslada y acompaña hasta que lo cerramos y que, en este caso, suena el eco de lo que Ralph Waldo Emerson nos legó en sus «Ensayos escogidos», publicados hace muchos años por Austral. El que yo he leído es el de Cátedra, que compila los dos tomitos de este clásico en un único volumen.

Postula Emerson que todos somos únicos y originales, y que cada cual ha de aceptarse a sí mismo tal y como es, y aceptarse además, con orgullo y contento. A todos nos ha tocado en suerte un terrenito en el que laborar. Y es seguro que habrá alrededor terrenos más grandes y fértiles, donde crecen lechugas mejores que las nuestras, pero nosotros tenemos que cultivar lo nuestro, el huerto que nos tocó en suerte, sin envidiar lo ajeno. Conformes y alegres con nuestras lechugas, por pequeñas y pálidas que sean.

Luis Landero rescata reflexiones de R. W. Emerson y les otorga nuevo brillo en estas páginas. Ese labrar nuestro terrenito, ese tener que afanarnos en nuestro mundo y ser conscientes de que nuestro pasado nos hace únicos e inimitables, es el leitmotiv de «El huerto de Emerson». La idea se va repitiendo y desarrollando a lo largo de 15 capítulos que, en algunas ocasiones (como la plegaria del capítulo 9), semejan confeccionados a medida. Imposible decir más bonito lo que dice el bueno de Luis Landero. Ese capítulo es de los que están hechos de cuerpo entero, como una túnica sin costuras, algo que está parido de una vez para siempre. Y lo más sorprendente, contando cosas que ya sabemos, pues Landero muele siempre el mismo grano. Sin embargo, a una le parece que, al recuperar sus recuerdos, recupera divinas palabras bajo los escombros.

Así de magistral encontramos a Luis Landero en esta obra que nada entre el ensayo y la autobiografía. Desde luego, no conozco el secreto. Probablemente, porque escribe desde la intuición, desde lo concreto, como si viviera lo narrado por primera vez y consigue que nos lo creamos. Qué fascinante esa capacidad de estrenar la vida de las palabras, dándoles un nuevo aliento. Y cuando filosofa, se esmera en que la razón hable más bajo que el corazón. Dueño como es de ese misterioso don que hace resplandecer lo que toca, una concluye que si el lector de «El huerto de Emerson» es primerizo, se convertirá en lector devoto para siempre.

Luis Landero es satisfacción asegurada. Cualquier cosa que escriba es hermosa. Qué voy a decir. Cualquier artículo suyo es fascinante. Cualquier texto, puro deleite. La alquimia de trenzar recuerdos montado en las alas del tiempo y hacer que una se suba también, solo la conoce él y constituye su particular estilo narrativo. Huye de la retórica de manual. No está sujeto a patrón alguno. O está sujeto a un patrón exclusivo, el patrón Landero, con el que las palabras laten, tienen vida propia, hablan, se pueden tocar. A una le transmiten una temperatura casi humana.

En definitiva, si Luis Landero ocupa un lugar de honor en las letras españolas no es porque se sujete a algún canon literario mejor que lo hacen otros, sino porque el decurso de su prosa lleva un valor añadido, secreto, que hace que sus palabras suenen distintas a las de los demás. Nadie rescata la memoria de las cosas como él. El riego de su imaginación hace fructificar lo lejano de un modo riquísimo y consigue que disfrutemos del pasado como hizo Proust, con otro estilo y en otros tiempos. Sabe transmitir a las palabras lo que quiere que estas nos transmitan. Ese es su único canon.

Leed a Luis Landero. Cualquier obra, pero leedlo. Acercaos a él como el mendigo al calorcillo de la lumbre. Veréis qué pronto os reconfortáis.

Buenas tardes y buenas lecturas.

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