
Hoy traigo «El verano que nos queda», una novela publicada en verano y que escogí por eso de tener por delante más tiempo que el resto del año para sumergirme sin interrupción en sus 508 páginas. Su autora es Giulia Baldelli (Fano, 1979), licenciada en Química y Tecnologías Farmacéuticas por la Universidad de Bolonia donde reside actualmente.
«El verano que nos queda» es la crónica del paso de la infancia a la edad adulta de Giulia, Cristi y Mattia, cuya amistad forjada en los largos y plácidos veranos de cuando eran niños les une para siempre. Está contada por Giulia y la acción se inicia cuando ella tiene diez años y conoce a Cristi, de siete. Poco a poco, iremos entrando en la difícil vida de Cristi (hija de una madre que decidió tenerla solo para enganchar al padre y que no tiene ganas de criarla) y veremos el nacimiento de un vínculo muy íntimo entre ellas, que las tornará inseparables.
He de decir que los primeros veranos que pasaron juntas Giulia y Cristi, cuya narración ocupa las primeras páginas, es la parte más bonita de la novela. Merece la pena resaltar la amenidad con la que se describen los juegos y diversiones de las pequeñas, cómo visten, qué rasgos tienen una y otra y en qué ambiente crecen. Sin embargo, a medida que avanza la narración, va perdiendo fuelle, no sabría decir bien por qué. Tal vez, porque carece de riqueza estilística que dé aliento a la trama. O tal vez, porque sencillamente, dejó de interesarme la trama.
Una que ha leído la magnífica tetralogía de «La amiga estupenda» de Elena Ferrante tiende a comparar a las autoras, al coincidir el asunto de sus novelas. Ambas narran la infancia de dos niñas italianas que se hacen amigas. Sin embargo, en esta comparación sale perdiendo Giulia Baldelli por los cuatro costados. Qué lejos le queda a Baldelli la pureza expresiva de Elena Ferrante, cuyas obras constituyen una auténtica delicia para el lector.
Según mi humilde parecer, a «El verano que nos queda» le sobran cien páginas y le falta hondura. Amistad, amor, desamor, compromiso social, lealtad, libertad, pasión, son mimbres suficientes para construir una trama interesante. Posee agilidad, sí, mucha. Está salpicada de breves diálogos y acomete las descripciones con acierto si no se persigue más que pasar el rato. Sin embargo, los lectores avezados buscamos algo más. No ahonda en la psicología de los personajes, ni deslumbra la narración por el estilo o la forma de contarla. A mí se me antoja una novela de piscina, que acierta con el tono (la primera persona de Giulia aproxima mucho, ayuda a entrar en la novela) y que la propaganda editorial ha dotado de virtudes que no posee. Con esto está dicho todo. No se engañe el lector, Giulia Baldelli no es autora a tener en cuenta. Se queda en el montón de las corrientes, lo que yo denomino una juntapalabras. Puede ser que la italiana haya confiado demasiado en la brillantez de lo espontáneo, de lo natural, olvidando que los lectores buscamos algo de enjundia literaria cuando escogemos un título. Y eso, no nos lo ha dado. Cuando una termina la novela, se olvida de ella rápidamente. Ahora entiendo por qué ha llegado a ser finalista de diversos premios y no ha conseguido ninguno.
Así pues, «El verano que nos queda» es una lectura de verano que podía haber sido fascinante y que, sin embargo, pasará para muchos, sin pena ni gloria, sobre todo, para quienes nos la hemos tragado cuando aún nos queda verano.
Buenas tardes y buenas lecturas.

