«Los días perfectos» de Jacobo Bergareche

Las historias de pasiones fortuitas, de encuentros fugaces entre amantes, de idilios encendidos, si están bien escritas, son mis narraciones favoritas. Acabo de terminar «Los días perfectos» de Jacobo Bergareche (Londres, 1976), propuesta que recomiendo por tocar este tema y, sobre todo, por estar bien escrita. Sin caer en alardes de frases alambicadas ni en un estilo recargado, Bergareche consigue plasmar, con el tono perfecto, la relación entre un hombre y una mujer en plena fiebre amorosa.

Amena e inquietante, la novela encuentra su antecedente literario en unas cartas de William Faulkner a su amada Meta Carpenter, brida que sirve para enhebrar la trama. Además de las cartas, algunos dibujos y viñetas salpican la narración de humor sugerente y picante.

Una de las mayores virtudes del texto, más allá de la clave epistolar que siempre gusta, es su potente fuerza narrativa. Me he sentido felizmente secuestrada, arrollada por el ciclón expresivo de las palabras. Arrastrada por su potente caudal, he abandonado mis obligaciones para saber cómo se conocieron los amantes, cómo llegaron al punto en el que están y qué deriva tomarán sus vidas. La novela entra sin darse una cuenta, desvelando magistralmente la anatomía de ese raro accidente que sucede entre un hombre y una mujer cuando se da, como gloria divina, un día perfecto.

Los laberintos amorosos son inciertos, qué obviedad, pero Jacobo Bergareche parece querer explicarnos cómo algunos hombres ganan la felicidad sin merecerla y la pierden sin darse cuenta. Sumergirse en cada párrafo de las dos cartas que forman el cuerpo de la novela es uno de los mayores privilegios para quienes nos deleitamos con textos que hablan de amante y amada, de amado y amante, cuando se embellece el asunto amoroso con el traje de las palabras. Las cartas están escritas por el amante (Luis) y dirigidas a su amada (Camila), la primera, y a su mujer (Paula), la segunda.

Luis y Camila se conocieron por casualidad, como suele pasar. Ambos están hartos de su matrimonio, del tedio de su rutina, de su trabajo y de sus días buenos que jamás llegan a ser perfectos. Cuatro días de encuentros fugaces son suficientes para que Luis enferme de pasión por Camila, enfermedad de la que, además, no quiere curarse “porque vivir sin pasión no me parece ya vivir, sino meramente estar de paso, contando los días, esperando que ocurra algo«. Como hizo el bueno de Faulkner con Meta (su amada), Luis profiere expresiones bañadas de afecto a Camila que crean una conmovedora atmósfera de intimidad entre el lector y el texto.

Cautivadora novela que explora la memoria del amor y esa fiebre universal del enamoramiento, en su forma clandestina y sin remedio. Una recomendación de la que merece la pena resaltar su tono mesurado y la madurez literaria de su autor.

Buenas tardes y buenas lecturas.

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