El bonaerense Ricardo Piglia afirmó que «la verdad tiene la estructura de una ficción donde otro habla». En «Los años extraordinarios» el gran director, productor, guionista y escritor Rodrigo Cortés (Pazos Hermos, Orense, 1973) aviva estas palabras y hace del lenguaje un lugar para que el otro pueda hablar, incluso él mismo, pues una no sabe hasta qué punto la narración cuenta algo de la vida del autor. He disfrutado mucho esa prosa talentosa y creativa del autor con la que cualquier anécdota contada resulta interesante. Y como Rodrigo Cortés es un especialista no en el vulgar engaño, sino en el arte de falsificar con absoluta autenticidad, en alguna medida, Cortés es aquí, a la vez, escritor y fabulador de sí mismo.
El texto presenta las memorias de Jaime Fanjul, nacido en Salamanca en 1902, en el seno de una familia burguesa y propone un recorrido valleinclanesco por el siglo XX a través de sus recuerdos y viajes. Rodrigo Cortés tiene una mirada depurada de las cosas y estos episodios que salen de la pluma del orensano nos llevan a lugares muy distintos: a la crueldad de las cárceles portuguesas, a los enfrentamientos de los de Alicante contra España y de los holandeses contra el resto del mundo, a las insólitas habilidades de los teósofos, capaces de levitar unos centímetros por encima de la silla, a la llegada del hombre a la Luna, etc.
Jaime Fanjul recorre el mundo dando cuenta de lo mucho que le pasa y de lo poco que aprende. Con aliento poético y una veta de ensoñación que raya lo fantástico, en «Los años extraordinarios» la imaginación de Rodrigo Cortés se desborda. Por el texto se pasean esclavos que aterrorizan a sus amos, fantasmas, brujas, ninfas con poderes incomprensibles, judíos que cambian el tiempo y niños con poderes ancestrales. Toda esta colección de personajes variopintos, a los que les suceden cosas, son el tuétano de una de las novelas más entretenidas y mejor escritas que he leído últimamente. El título ya lo adelanta.
En cuanto al estilo, qué decir de un autor tan virtuoso en la creación. Este funambulista de las palabras siempre es ameno y combina fórmulas narrativas arriesgadas. Rodrigo Cortés posee un dominio atlético del oficio. Se sirve de la pértiga del lenguaje para construir un puente entre la realidad y la ficción, y despierta ternura, humor, melancolía… Rodrigo Cortés es la gramática de la imaginación. Esta es su impronta. La ficción engalana hechos de lo más cotidianos para sumergirnos en unas memorias inventadas, soñadas o recordadas.
Escrito en primera persona, los fantasmas, brujas y ninfas, se convierten en certezas verosímiles y una disfruta mucho con estas bellas costuras de realismo mágico. La novela habla de amores contrariados, de placeres emocionales, de encuentros amistosos y eróticos, de estrecheces económicas, de conversaciones distendidas, de reflexiones estéticas y de formas de afrontar los guiños de la vida. Una va leyendo y no sabe cuántas de estas experiencias son reales, si es que alguna lo fue. Que las palabras acunen ese misterio es también parte del oficio. Lo que no se deja ver, se imagina, se inventa, o se crea. La escritura es aquí ese lienzo mágico, ese lugar, donde los borradores de la vida son posibles. Vida y literatura se enhebran al azar.
En una entrevista a propósito de la publicación de la novela, Rodrigo Cortés manifestó que la historia de Jaime Fanjul podría haber sido muy diferente, bastante más anodina de lo que resultó: “Escribí sin plan, sin propósito, no sabía quién era Jaime, no conocía su nombre, ignoraba si iba a recorrer el mundo o a quedarse en su habitación para siempre, lo decidía cada día y lo averiguaba al mismo tiempo que él”. Y añadió que Jaime Fanjul es un tipo “radical e irritante, que no hace esfuerzos por acariciar ni para que le acaricien, aunque tiene dos cualidades ejemplares: no juzga y no se queja”.
Partiendo de esa libertad creadora, tomó la decisión de dar cuerpo a la novela construyendo, página a página, a Jaime Fanjul. Un personaje cuya existencia transcurre entre los huecos que deja la fantasía y cuya fantasía brota entre los huecos que deja la vida. Nuestro protagonista desarrolla su carácter nutrido por esa miscelánea realidad-ficción. Rodrigo Cortés es un maestro de la fabulación y nos obsequia con esa forma de relatar poco común que tienen los que saben contar.
Pese a la excelente acogida de la novela, he sabido que «Los años extraordinarios» no dará el salto a la gran pantalla, y eso que Rodrigo Cortés es también cineasta y ha dirigido películas de relumbrón, como «Buried» (2010) o «Luces rojas» (2012). Para él, el cine es el terreno de la acción, donde el personaje se define por lo que hace, mientras que la literatura es la evocación de la mirada sin más objeto que la musicalidad. Lo que no admite discusión es que todo lo que hace Rodrigo Cortés, ya sea en cine o en literatura, está construido a lo grande, con una impronta específica, la de alguien que crea de forma permanente. Estamos ante un humanista contrarreloj. Y reducir a un metraje de hora y media o dos horas, una novela tan evocadora como «Los años extraordinarios» sería, en buena manera, mutilarla. Es preferible leerla.
Buenos días y buenas lecturas.


