Cuando se abre un paquete de pipas, comer la primera abre el apetito de la segunda, y así, sucesivamente, hasta que acabamos el paquete. Cuando un superventas cae en nuestras manos, agradecemos que nos absorba. Devorarlo en poco tiempo. «Comerás flores» ha conseguido ese efecto en sus lectores. Una vez se empieza, no se deja hasta terminarlo.
Lucía Solla Sobral (Marín, 1989) tiene la fortuna de haber convertido su debut en el libro más vendido en los últimos meses y de llevarse el Premio El Ojo Crítico de Narrativa 2025 otorgado por RNE. Dejando aparte que a mí me sobra tanto reconocimiento, es justo decir que la la narración, a través de una alquimia que solo Lucía Solla conoce, deslumbra por su agilidad y viveza. Como si de una veterana en el oficio se tratara, cuenta la historia sin diques de contención, hechuras que van muy bien a esa masa lectora a quien le gusta deglutir, más que el deleite en el estilo. No estoy diciendo que la narración sea mala, sino que está construida con los mimbres que satisfacen a un lector poco exigente. El que no busca pureza de estilo, profundidad en los personajes o belleza en el misterioso arte de contar.
El vocabulario es muy sencillo, de uso común. Mantiene, de principio a fin, esa frescura que dan las palabras cargadas de ritmo. Elimina comas en la sucesión de palabras de la misma naturaleza (adjetivos o sustantivos), olvida guionizar diálogos… Parece que la autora, con esa voluntad de complacer a muchos, ha escogido esta simpleza narrativa a propósito. Para acercar la historia a todos los públicos, para que las palabras entren en las venas de la masa sin estorbos y que el elemento emocional contagie a todos.
La acción transcurre en Pontevedra y se centra en los meses de relación de la joven Marina con Jaime, un hombre que le lleva más de 20 años. Él tiene una empresa, una casa, un coche y una hija. Marina está atravesando el duelo por la muerte reciente de su padre. Tiene a su madre, su perra Frida, dos hermanos y una buena amiga (Diana), con quien comparte piso hasta que, deslumbrada por los encantos de Jaime, se larga a vivir con ese hombre educado y detallista que le ha robado el corazón. Con la experiencia que dan los años y muy poco a poco, sutilmente, el tipo va sembrando en la ingenua Marina un maltrato psicológico que la erosionará física y psíquicamente.
Hay en la novela un gran acierto y es conseguir el derrumbe emocional de Marina sin escenas desagradables. Sin recurrir al bofetón o al daño físico. Marina dejará de comer y esa conducta es suficiente para que el lector quede impregnado de la atmósfera enfermiza que la está asfixiando. Ya no es la joven vital y entusiasta de hace unos meses, sino un juguete roto en manos de un hombre sin escrúpulos. Marina se instala en el lector como quien entra en casa ajena sin mover ningún mueble. Y con qué acierto retrata el maltrato desde un ángulo poco explorado: el daño moral. La anulación de Marina es un derrumbe mucho más que privado, es esencial, total. Ella queda vacía por dentro, como un ángel desalmado.
Lucía Solla indaga con gran pericia sobre el dolor íntimo, el que invade de verdad. Incluso cuando su deterioro físico es evidente a todos, ha perdido el apetito y mucho peso, la narración no se detiene en ello. A la autora le interesa que veamos cómo Marina queda desguazada por dentro. Está muy conseguido cómo muestra el engañoso espejismo de una relación desigual y la amistad como refugio seguro. La perrita Frida también se contagia de la profunda tristeza que anula a Marina y se convierte en un reflejo de cada menosprecio a su ama.
Finalmente, el desenlace es bastante previsible para quien esté avezado en lecturas sobre el maltrato a la mujer. De ahí mi sorpresa ante el eco tan estrepitoso de esta novela que, con las virtudes reseñadas, considero menor. Convertir la lectura en un acto urgente, palpitante y temperamental es una cosa y hacer de la escritura un goce que tapice nuestras entrañas es un don que contados autores poseen.
Algunos superventas son el fuselaje de futuros buenos lectores. Cuántos han llegado a distinguir el trigo de la paja a fuerza de leer sin tregua éxitos editoriales de corto recorrido. Demos tiempo al tiempo. Meritorio es para el escritor erigirse en impulsor de un hábito tan benefactor como la lectura. Invito, pues, a quien no lo posea, a abrir el paquete de pipas y empezar con el festín.
Buenas tardes y buenas lecturas.


