“¡Jo, qué tropa!” de Javier Rey de Sola

JO-QUE-TROPA-imageeen   El avistamiento de un intelectual vivo que posee el brillo de los autores que despiertan mi veneración se me antoja un juego peligroso, de navegar sin brújula por mares abiertos, con afán de descubrir nuevos mundos. Para formar un juicio acerca de un autor, una debe haber leído, al menos, cinco libros. A partir de ahí, ya se sabe si el autor exige reclinatorio, despierta interés o si, con mirada lastimera, su mejor sitio es la escombrera del olvido. El autor que posa hoy sus remos en mis manos es el dramaturgo y novelista vallisoletano Javier Rey de Sola. La obra que voy a reseñar mi segunda lectura y lleva por título ¡Jo, qué tropa!.

     Javier Rey de Sola tiene un espesor literario asombroso. Su literatura emparenta con los grandes intelectuales del XIX y su rostro no desentonaría si hubiese aparecido en el cuadro de Solana que presidía la Sagrada Cripta del Pombo. Su literatura lleva cuño propio. El cuño de un autor de fondos bohemios, con ecos de un vanguardismo tardío, rozando pálidamente el ultraísmo.

     El estilo engalanado de metáforas creativas y burlones malabarismos verbales sirve para suavizar el choque de corrientes entre lo poético y lo prosaico. Y digo bien, pues su prosa se baña también de lírica.

     Sus personajes arrastran una vida de pillaje -a lo Pedro Luis de Gálvez y acólitos-. Son tipos a quienes la vida depara poca fortuna. Viven respirando “el aire de muchos ambientes, casi nunca ventilados, siempre sórdidos y erizados de navajas cachicuernas”.

     Nuestro autor puede pasar, en ocasiones, por un surrealista costumbrista. Ciertos pasajes podrían tener la autoría de un Mesonero Romanos del siglo XXI, pues el pucelano ve la sociedad al desnudo, sin postureos. No le interesa exaltar ni menospreciar. Lo suyo es la creación de tipos que son las teselas del mosaico social más puro.

     Es autor de fondos bohemios, ya digo, porque sus personajes no tienen el éxito y reconocimiento que soñaban. Sin embargo, algunos de ellos son unos bohemios atípicos, porque tienen una vena conformista que los aleja de los bohemios inmorales y decadentes. Por ese lado, la escritura de Rey de Sola me recuerda bastante al soldado Svejk, ese bonachón recluta creado por el checo más bohemio: J. Hasek. Ambos pintan un vagabundeo disparatado, pero desposeído de maldad.

     En otros pasajes, se glorifica la escritura ultraísta. Lo vemos en ese sentido lúdico que caracteriza a la creación de personajes, y en ese dejar explotar la imaginación arropándola con metáforas chocantes. No es un ultraísmo de brocha gorda, como el de Alejandro Sawa, pero sí veo en él cierto tufillo de un modernismo muy adelantado. Este rasgo resulta muy evidente también en su retrato de personajes que se mueven en las zonas más degradadas, en los bajos fondos de las ciudades.

     Con todo, Javier Rey de Sola va un poco más allá (de la bohemia y del surrealismo). Satiriza la bohemia y satiriza el surrealismo, inventando una estética del antihéroe. Sus personajes insultan, pero no son insultones. Es su forma de no perder la dignidad. Lo grandioso es, claro, hacer este requiebro con gesto humorístico. El pucelano es gran observador, sin duda. Y gran pensador. Así, que voy a decir que Javier Rey de Sola piensa y nos hace creer que está escribiendo.

     Su prosa es, sobre todo, un asedio de humor. En el fondo está Jardiel, Mihura, Tom Sharpe… y, ya lo he dicho: mucha bohemia. Sin embargo, con ninguno de ellos comparte la fraternidad que le une a Valle-Inclán, e incluso a Quevedo. Javier Rey de Sola, sin él saberlo, es descendiente directo de nuestro manco más intelectual. En ocasiones, a una le da la sensación de estar leyendo un texto escrito a dos voces. O a tres manos, pues a Valle le faltaba una. Valle es autor de la mejor obra de teatro del siglo XX, “Luces de bohemia”. Javier Rey de Sola también es autor teatral y aunque ¡Jo, qué tropa! ha escogido la forma de novela, el género aquí no importa: el esperpento les une.

     Y convoco a estos dos genios porque el esperpento, además de una manera de escribir es una manera de ver el mundo. Es una forma de coquetear con las palabras absurdas, trágicas y hasta obscenas, de un modo elegante. Vistiendo de satén el adjetivo hortera busca la lisonja. A veces, desvistiendo la farsa. Al avezado lector no hay que decirle dónde está el juego. El juego está en las palabras. Su mayor argucia narrativa es fundir y confundir al lector -una no sabe bien qué terreno está pisando–. Lo suyo es un vestir y desvestir el verbo para bautizarlo de humor glasé. Javier Rey de Sola hace que las palabras se vistan de frac. En la manga vacía de Valle cabía mucha literatura. Yo no sé si el señor Rey de Sola es manco o no, pero posee esa barba castiza, que es la misma forma de presentarse al mundo que tenía Valle.

     Es un raro andamiaje el que une a Rey de Sola y a Valle. Pero que el andamiaje existe, se lo digo yo, que he descubierto a Mari Gaila sobre el carro de heno en los personajes de ¡Jo, qué tropa!. Repito: Analizando el estilo, Javier Rey de Sola es esperpento puro. Cuando los personajes se muestran insolentes con la autoridad, cuando se describen a sí mismos abrigándose con sus propios defectos, etc. Poner en sus bocas afirmaciones insólitas e inesperadas es entrar sin llamar en el universo esperpéntico de Valle. Y luego están las bellas metáforas, metonimias, hipérboles… el sabor de la buena literatura.

     “Crecí con el aturdimiento propio de un muchacho, acaso mayor, y pasé en un verano de discretísima estatura a medir un palmo más, situándome en la pobre medianía que tiene usted ante sus ojos”

     “¡La idolatraba! Y como estaba tan hecho polvo, pensaba mi adusto padre que padecía del hígado, de apendicitis o, más prosaicamente, que me había pillado los dedos con el quicio de la puerta, como efectivamente ocurrió una opresiva tarde de invierno en que llovía y tontamente se me ocurrió experimentar qué se sentía…”

     Arranca la carcajada del lector barajando lo ridículo, lo absurdo y lo sublime. Las disonancias producidas por la superposición de lo bello con lo grotesco pudiera ser ese andamiaje que ando buscando. No estoy muy segura. Tal vez.

     “A mí se me habla con el sombrero en la mano”

     “Querida, no me había dado cuenta de su trasero: parece un depósito de gasógeno…”

     Fiel a su vitola surrealista, Rey de Sola recurre también a metáforas sinestésicas —mezclando ideas con impresiones sensitivas poco comunes— y a prosopopeyas que visten el lenguaje de esa estola lírica que tanto brillo da al verbo. A mí me gusta especialmente un par de ellas, que aparecen tempranamente: “la lluvia barría tenaz el exterior” y “un trueno subrayó por azar estas palabras”.

     Bellas expresiones con enorme carga expresiva sacadas del texto son “La noche llegó como un ladrón”, Se lanzó como una manada de bisontes en el deseado sendero autobiográfico”. Chapeau, señor Rey de Sola. Le hago una reverencia versallesca por obsequiarnos con tan bellos trucos literarios.

     El componente narrativo es bastante reducido, en favor de un diálogo sonoro. Es un autor de acción y una sabe que la acción ha de sujetarse por pasiones fuertes y urgentes. Ahí lo dejo. Pueden imaginarse de qué va la cosa.

     El nombre de los personajes es muy jardielesco. Dorimedontes, Melquíades, Pacomio, Heteróclito y el mismo Orestes Cifuentes (nótese la cacafonía) de ¡Jo, qué tropa! traen a mi memoria a los Zambombo, Arencibia de Amor se escribe sin hache, por citar a algunos.

     Javier Rey de Sola no es Valle, ni Ramón, ni Sawa, ni Poncela, ni Wodehouse, ni Tom Sharpe, ni el checo más bohemio Jaroslav Hasek, porque no ha escrito los libros que escribieron ellos. Pero la sensibilidad es la misma. Su estilo tiene vetas de todos ellos. Descubro en él un aroma que me es familiar y amo su lectura porque despierta en mí un sabor nostálgico dulce.

     Afilando mucho, puedo decir que nuestro autor también está cerca —no se me asusten— hasta del mismísimo Proust, por esa anarquía con buenos modales que despliega su verbo. Jamás pierde los buenos modales. Es humor limpio, respetuoso siempre. Es un hidalgo de la palabra que recoge expresiones populares, después de haber derrochado un estilo brillante. Javier Rey de Sola es pues, costumbrista, bohemio, surrealista y proustiano. Aunque él no lo sepa, es un poquito de todos ellos y nos lo ofrece a través de un pensamiento figurativo personalísimo. Traza una escritura noble, absurda y brillante. Descubre una verdad impertinente. Y no contento con eso, viste su escritura de un atuendo inofensivo. Una vive fascinada por estos matices.

     El libro es todo él una cantera de recursos estilísticos. Sin desperdicio. Predomina la metáfora multicolor. Su lenguaje simbólico es un caleidoscopio, en el que el mundo exterior constituye un símbolo del mundo interior de sus personajes.

     Utiliza metáforas de todo tipo y las hay muy graciosas (señalando el linaje o parentesco de sus personajes). En otras ocasiones, utiliza términos que me recuerdan a la poesía culteranista o a periodos muy cortesanos de la literatura (“la habitación se bañaba del azul de terciopelo de la luna”).

     “La cara de Atilano se llenó de irregulares surcos, fronterizos con las rosadas y caprichosas extensiones causadas por el desteñido de la bolsa con que se protegiera la cabeza de la lluvia, campeando el conjunto sobre los erizados cañones de una barba gris de varios días”.

     Javier Rey de Sola es un autor a quien la vida ha sentado en los festines literarios, pero él no acude. No le interesa. Y hace bien. Ya dijo Cela que las ferias de literatura amansan al artista. Yo no sé mucho de esto, soy una humilde aficionada, pero es un autor que al leerlo, a una le parece que define la realidad sacándola de su orden.

     Es hombre culto. Y se nota. Leer a Javier Rey de Sola es un ejercicio de aprendizaje que enaltece la inteligencia del lector. Pertenece a una casta de escritores desaparecida. Posee la hidalguía de hacer frente a lo que ve y, desde su imaginación, ofrecernos que también es hijo de la escuela en la que se aprende a gozar con las palabras. Ha dejado de preocuparle cómo se visten (literariamente) los demás y sigue luciendo un ropaje de hechuras castizas y nostálgicas. Como a mí me gusta. Por eso le unjo con el hisopo de mi bendición y le otorgo la dignidad que se merece. Una vez bendecido, entra ya en la cripta de mis autores vivos más venerados. Desde su casticismo vallisoletano, su narrativa nos contagia de la mejor literatura. No podemos pedir más.

     Buenas tardes y buenas lecturas.

Javier Rey de Sola3

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