“Arrabal amargo” de Javier Rey de Sola

arrabalamargo 001.jpg         Cuando inicié mi andadura por esta cueva me sentía empujada por el afán bulímico de descubrir nuevos autores. Autores que acariciaran mis pupilas o desarroparan mi alma con la fuerza cegadora de su escritura. El libro que hoy traigo satisface con creces este segundo deseo mío porque es, ante todo, un libro perturbador. No es obra fácil, pero consigue ser ese pico de hielo que rompe el mar congelado que llevamos dentro del que hablaba Kafka.

     No necesito forzar demasiado mi memoria para descubrir la progenie literaria de Javier Rey de Sola. En el retablo negrísimo de Arrabal amargo se arroja Valle, pulverizado en diminutos átomos de luz. Y digo bien, pues la obra recuerda mucho el arte del retablo al más puro estilo valleinclanesco. Es decir, una forma escrita de plasmar una historia sacra, movido por una querencia del arte medieval en su faceta más primitiva, o más popular. Vagidos de esta querencia resuenan en nuestros pabellones auditivos al leer Arrabal amargo, obra que, por otra parte, regenera estos ecos por la utilización de técnicas o recursos estilísticos más modernos, como esa coherencia temporal que existe en los acontecimientos narrados.

     Una queda presa de muchas cosas. Por ejemplo, del brillo deslucido -atinado oxímoron- que otorga el hecho de bautizar a sus protagonistas con nombres canallas (el Obús, el Bateador, el Fajardo, entre otros). Con gestos como éste, la pluma inmisericorde del pucelano consigue potenciar el drama. Y lo que es más importante: dotar de inmortalidad a sus personajes, de modo que, con los años, es fácil que debido a ese attrezzo de miserias amargas con las que los viste, aniden para siempre en nuestra memoria, como lo hicieron Marica del Reino o el mismísimo don Latino de Hispalis. Todos ellos tienen en común unas vidas tuberculosas de moralidad. Son personajes descoyuntados, zaheridos, que desfilan ante el lector como supervivientes de un holocausto, paseando su desolación por arrabales con ratas. Estremecidos de soledad, vagan… llorando sin ruido. A una le viene a la cabeza el título de una de las películas en las que aparece Bela Lugosi: La legión de los hombres sin alma (White Zombie, 1932), aunque solo sea por el hecho común de que estos villanos tenían un amor obsesivo y el alma en poder de un brujo, lo que les llevaba a cometer las mayores atrocidades.

     Volviendo al texto que hoy nos ocupa quiero apuntar cómo deposita la mirada despiadada de los personajes sobre nosotros, haciéndonos creer que ha descrito aspectos que en realidad no toca. Por ejemplo, el autor no describe cómo son sus voces. Sin embargo, desplegando trucos de buen prestidigitador, hace que nuestros ojos se inunden de fiebre pavorosa gracias a la elección de bellas y crudelísimas metáforas. Y así, a una le parece que han sido descritas como voces broncas, desalentadas, aguardentosas y todo lo hediondas que podamos imaginar. Pero no nos lo ha dicho. Aquí es cuando una queda afónica.

     Si una recorre, sin prisa, sus páginas, se ruboriza al descubrir cómo se puede explorar la parte más miserable del alma humana con tanto humor. Es un humor enlutecido, claro. Pero vivísimo. Con infinitos flecos de necedad y dolor. Gran espeleólogo de la sordidez humana, Rey de Sola extrema la caricatura en Arrabal amargo, haciendo gala de esa óptica deformadora a la que rinde pleitesía en cada frase. El autor va dibujando los personajes a modo de caricaturas que van apareciendo como si se desprendieran del decorado. Un decorado de absoluta negrura moral. De absoluta depravación. Algunos de ellos encarnan tipos, como la Lances —mujer hastiada del deber y anhelosa de goces carnales—, pareciendo haber salido de una mala novela sicalíptica; o cualquiera de los varones, recorridos por idénticos calambres de inminencia y de deseo.

     Arriesgando con la metáfora, el autor nos deleita con un ejercicio de licantropía. Me sirvo de esta licencia escalofriante para expresar con palabras bonitas que Javier Rey de Sola bebe del verbo, succiona su savia y tras la alquimia secreta de su imaginación, nos lo devuelve disfrazado de drama. El drama de una existencia primitiva y de unas pasiones bajas. ¿Puede si no inventar a esta tropa de mandrias de forma tan atinada, si apenas hablan? Una se los imagina con sonrisa cejijunta, chasqueando sus dedos mientras escupen o hablan con giros triunfales, como si estuvieran en un pedestal declamatorio. Una se los imagina como animales disecados: con un cabello como de ala de cuervo y mirada triste. Y aunque hablan poco, con cierta opulencia al hablar, como la de esos charlatanes que venden mercancía averiada. La sensación es de que peroran con altanería, ensartando verbos soeces como perlas falsas de un collar. Con el refajo recogido (las mujeres) y sacándole las tripas al tabaco y al alcohol (los hombres). Pero no nos lo dice. Nada de esto nos ha dicho. Aquí es cuando una pasa de quedar afónica a quedar muda.

     Rey de Sola nos está dejando encuadernada la vida. Cada libro suyo es un pedazo de mundo. En este caso, el escenario escogido es un arrabal amargo. Muy amargo y muy básico, porque amargo es uno de los cinco sabores básicos. Un arrabal de silencios violentos. De escalofríos encerrados y navajas abiertas. De miradas incendiarias y aroma de reyerta. De personajes ultrajados que deambulan sin un principio orientador. Domina la fatalidad. No saben dónde está el bien y el mal, el vicio o la virtud, el pecado, la culpa…ni sus consecuencias.

     El retablo que dibuja es negrísimo. Con la mirada aguzada de un gran espeleólogo del alma humana, el autor ofrece no una postura deshumanizada, sino el friso negrísimo de unos personajes que viven condenados por sus miserias. Es importante el matiz.  El drama es más bien la conciencia contemplativa del lector ante el contagio degradante de una atmósfera enrarecida y turbia.

     De ello se colige que la novela, más que una novela de personajes o de acción, es una estampa social (vuelvo al retablo). Por ello, el diálogo entre personajes no es el elemento que da vida al relato. Este cobra vida por la convivencia de lo trágico, lo mezquino y el juego de lamentos que rozan la furia cáustica.

     El ritmo es cadencioso. De una sordidez facetada que, como un susurro confesional, va introduciendo al lector por el lodazal de las miserias más bajas. Con parpadeo trágico, una descubre, según avanza el drama, mucha complicidad entre los personajes. Pero sobre todo, muchas vidas y modos de esquivar los peligros o de burlarse de las miserias humanas.

     Su estilo compositivo me tiene abrumada. Brevedad lacónica, que ejerce un efecto benefactor sobre la carga expresiva de verbos desnudos para vestir almas mancas -si es que el alma puede padecer mutilaciones tan pedestres-. Una se pierde entre tanta erudición. Para terminar, el autor nos introduce en la metáfora del naufragio. Los personajes, como pecios de un mismo naufragio que, poco a poco, van llegando a la costa. Como teselas de un mosaico que se citan entre ellas, Javier Rey de Sola los convoca con su noble barba y los convierte en seres de carne y hueso hasta formar un friso de vida. El resultado: una novela en la que palpita vida. Y no una vida insípida o benevolente, sino una vida aciaga, enfangada en el cieno social más depravado. Por eso, cuando dejé sobre la mesita de noche el libro los días en los que ha estado acompañándome, parecía que sus páginas me habían contagiado su temperatura. Tenían una temperatura casi humana.

     El vallisoletano luce la vitola de autor inclasificable. Pero esto lo digo yo porque veo que es dueño de una literatura muy personal. En esta obra despliega su altura literaria porque se acuclilla ante la vida de personajes que tienen un sórdido peregrinar. Y nos ofrece un vuelo bajo, rasante, desde la atalaya literaria de su pluma sublime.

     Javier Rey de Sola, dramaturgo, novelista, autor que lleva en su apellido la mayor dignidad que se otorga a un monarca y en sus venas sangre de dioses helénicos, en los próximos años tiene que ocupar el puesto que le corresponde, por calidad y estilo, en la literatura española. La dicha sería completa si su obra de creación sigue también los pasos del reconocimiento.

     Buenos días y buenas lecturas.

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