“La cena” de Herman Koch

lacena     Hoy traigo un texto provocador. Un libro que trata el tema de la conciencia, o mejor, un asunto de conciencia. El autor plantea un dilema moral sobre el que hay que posicionarse. El asunto es el siguiente: ¿hasta qué punto es legítimo apoyar a un hijo, defenderlo frente a la justicia, cuando es autor de un crimen? ¿es lícito inculparlo para evitar arruinar su futuro sabiendo que es un delincuente?

     La cena presenta una estructura formal que respeta el orden de los platos que se sirven en una cena, a saber: aperitivo (capítulos del 1 al 7), entrantes (del 8 al 15), segundo (del 16 al 35), postres (del 36 al 39), digestivo (del 40 al 45) y propina (capítulo 46). Los protagonistas son: Serge Lohman (candidato a primer ministro, hombre gris, algo contenido y disfrazado siempre de ese savoir-faire que da el cargo); su mujer Babette; Rick, hijo de ambos; Paul, hermano de Serge y narrador de la historia; su mujer Claire y Michel, hijo de ambos. Como secundarios, todo el séquito de camareros que sirve la mesa y entre ellos, un maître chapucero, o más concretamente, el dedo meñique de este último, que aparece en cada pasaje, dando un toque de humor sucio al relato.

     El argumento es sencillo: dos matrimonios quedan para cenar en un restaurante de moda en la capital holandesa. Mientras saborean el aperitivo y charlan de un modo relajado, son conscientes de que sobre el mantel, además de comida en los platos, hay un alimento que deben digerir con la mejor disposición posible: solucionar el grave problema causado por sus hijos. Estos chicos, con 15 años, salen de fiesta una noche y al verse sin dinero para pagar la última copa acuden al cajero. Allí pegan y matan a una persona indigente sin más motivo que el hecho de que su presencia les entorpece el paso y su cuerpo exhala un hedor insoportable. Un tercer muchacho, hermano adoptivo de Rick, graba las imágenes en video y les hace chantaje, a cambio de dinero, colgándolas en internet. La acción se desarrolla en Ámsterdam, pero podía haber tenido como escenario cualquier capital de un país europeo, tal es su verosimilitud.

     El autor recrea bien una atmósfera algo enrarecida, por la que al principio desfilan las buenas formas y el respeto entre los comensales, y más adelante van asomando rencillas familiares. Temporalmente, el texto mantiene una estructura lineal, con algún flashback, pues los hechos que sujetan la trama exigen, de vez en cuando, echar la vista al pasado.

     Con escaso diálogo, Herman Koch consigue un ritmo narrativo excelente. Recrea bien un marco social que nos resulta muy próximo, como los hábitos del uso de internet por jóvenes adolescentes con la finalidad de divertirse. El clímax está logradísimo y el lector no querrá soltar el libro hasta que sepa qué puñetas pasó y qué postura sirve para justificar (o no) la conducta de cada protagonista. Otra cosa es que a mí me haya gustado.

     En las primeras páginas, el autor lleva al extremo la máxima que reza “menos es más” y nos invita a lanzar una mirada crítica a esos restaurantes afamados de hoy, en los que pagas tres o cuatro veces más el precio de cada plato, por más espacio vacío que comida para llevarse a la boca. Esta primera parte, sin muchas pretensiones, resulta entretenida y es de fácil lectura. La caracterización de los personajes cruza las páginas como un fantasma velado, muy dosificada. Hacia la mitad del libro, nos descubre que el padre de uno de los chicos posee un trastorno mental. Pero la pregunta sigue en el aire: ¿qué haríamos si supiéramos que nuestro hijo ha cometido un asesinato y si además, el episodio se colgara en internet, de modo que fuera público?

     A partir de este momento, la narración coge algo más de tono y vamos conociendo más de cerca a los personajes. Por extraer algún pasaje, rescato la arenga que suelta el padre de Michel y que resume bien la postura de los padres ante el acto homicida de su hijo de 15 años:

     “Claire y yo nos hemos propuesto que Michel siga adelante con su vida. No queremos inculcarle un sentimiento de culpa” -pág. 238-.

     ¿Cómo que no, si ha matado a una persona? ¿Con paños calientes a un asesino? En fin. Y continúa así:

     “Me refiero a que es culpable en parte, pero lo que no puede ser es que una indigente que está estorbando en un cajero automático se vea como la inocente de la película. Sin embargo, ésa será la opinión mayoritaria con este sistema judicial que tenemos. Jamás oirás una palabra contra los mendigos e indigentes descarriados que se echan a dormir la mona donde les da la gana. No; quieren dar ejemplo, fíjate bien: esos jueces están pensando indirectamente en sus propios hijos, a los que probablemente tampoco tengan ya bajo control. No queremos que Michel se convierta en una víctima del populacho ávido de sangre, el mismo populacho que pide la restauración de la pena de muerte. Queremos demasiado a Michel para sacrificarlo a esos sentimientos primarios. Además, es demasiado inteligente. Está muy por encima de eso”.

     La televisión no sale indemne. Cuando los adolescentes golpean y matan a la indigente obligan a decir la palabra “Jackass”. He sabido que ése es el nombre de un famoso programa televisivo, emitido en no recuerdo qué país europeo, en el que se permitía hacer públicas actividades de riesgo cometidas por un ciudadano cualquiera. Por tanto, hay una acusación directa a la televisión.

     El vocabulario es muy actual, pero nada rico (“tenía que comer ya mismo sí o sí”, pág. 228). La prosa muy ágil invita a una lectura simplicísima. Con todo, el libro está muy lejos de ser un texto interesante y, desde luego, a años luz de rozar la buena literatura. Eso por decirlo de un modo suave. Por ejemplo, la conversación entre los personajes durante las primeras 100 páginas es absolutamente banal. Con algo de gracia, sí, pero no aporta nada sustancial. Bien pudiera haber aprovechado el autor para sacar más jugo a lo que más adelante se precipitará como una catarata sobre las páginas finales: reflexionar sobre la importancia de la educación en valores de los niños cuando éstos son pequeños.

     En segundo lugar, la relación que existe entre los padres (de las dos parejas) está poco definida. Claro que el autor no es Galdós, pero podría haberse esforzado un poquito más en sacarle punta a la psicología de cada comensal, en vez de poner en su boca tanta gamba y tanta nadería. Ya por eso, la obra no merece mi veneración, pero si el lector no es muy exigente seguramente disfrutará de estas licencias vulgares y prosaicas, pues la lectura es bastante entretenida. Yo para entretenerme no cojo un libro, me voy a la feria. Pero cada uno —como decía don Miguel de Unamuno— tiene sus cadaucunadas. Así pues, no aprenderéis literatura, no os emocionará, ni siquiera os enseñará nada, pero os entretendrá mucho. Saborear una excelente hamburguesa puede sentar tan bien como llevar a nuestro paladar un exquisito manjar. Todo depende, como pasa con el resto de cosas en la vida, de lo que estemos buscando.

     Voy a detenerme en lo que menos me ha gustado. La obra tiene un profundo fuelle moral, sin embargo, el autor no le saca partido. Queda rezagado, no sé bien si porque no quiere posicionarse o porque adoptar esa postura -que no sabemos cuál es- le resulta más cómodo. Se mire por donde se mire, esta actitud es típica de una sociedad decadente, hedonista, que en lugar de luchar prefiere hibernar feliz en un estado de nirvana en el que todo está bien y todo vale. En lugar de tanto canapé y tanto meñique del maître, Herman Koch podía -debería, yo creo-, haber aprovechado el texto para entusiasmar al lector con un posicionamiento moral. Pero no. Herman Koch no es Dostoievsky, como tampoco Michel y Rick son Raskólnikov. Lo que más me incomoda es que no se habla -y por tanto, no se resuelve- la moralidad de los hechos. A los padres lo único que les preocupa es que sus hijos tengan garantizado un futuro. Y claro, preservar sus sentimientos (los de sus hijos). Que no sufran, pobrecitos. Y esa ruptura del vínculo indisoluble que ha de existir entre lo que uno hace y la responsabilidad de sus actos, se mantiene durante todo el relato. Al padre me gustaría a mí decirle que los problemas de este mundo no son de cajero, de indigente, ni de culpa. Los problemas de este mundo son de responsabilidad. Cuando algo no anda bien es porque alguien (el responsable) eludió su misión. Esto es lo que se llama “dilución de responsabilidad”. Y es, precisamente, lo que él y todos los protagonistas hacen en esta novela. Alguien, otro, otros, aquéllos, son los responsables, yo no. En ningún lugar se ve con más aberración esto que en las instituciones creadas por el hombre: la familia, en este caso. Las dos familias carecen de hombres que asuman la responsabilidad. Y de ahí derivará siempre una familia rota. Hay que tener valor. Asumir las responsabilidades y enfrentar las consecuencias de los actos. Que vuelvan los tiempos en que la palabra valía, que los hombres miraban a la cara (los verdaderos hombres) y que podíamos creer.

     Aquí no. Aquí los padres persiguen no sólo que sus hijos no paguen física condena por el crimen cometido sino, lo que es mucho peor, quieren ¡que ni siquiera sufran psicológicamente por ello!. La postura de los padres no puede ser más absurda. Propia de una sociedad decadente, laica, hedonista, ésa por la que se conducen ya hoy algunos estados: si el chico hace algo malo es porque algo le pasa, llevémosle al psiquiatra. En vez de: si hace algo malo es porque es malo y hay que educarle en valores, afrontar la culpa y redimir el pecado con arrepentimiento y penitencia. Yo no digo que se le someta a latigazos, pero es que la palabra “culpa” me temo que no aparece en toda la novela. Hablan de “los chicos que causaron los hechos…”, en una suerte de metalenguaje perifrástico que, a base de eufemismos, van inoculando en nuestras conciencias, la idea de que el hombre no debe enfrentarse a sus miserias más humanas porque, como dice el texto “no hay que sacrificarlo a esos sentimientos primarios. Además, es demasiado inteligente”. En fin, esto requiere veinte folios. Por tanto, lo voy a aparcar. Además, si al menos, con el lenguaje se consiguiera borrar los sentimientos. Pero, de momento, la fuerza del lenguaje no es, que yo sepa, redentora.

    La introspección de los personajes hacia sus detestables conductas es nula. ¿En qué parte de la novela el chico no puede dormir por la acción cometida? Bah! eso parece asunto menor para el autor. ¿Y los padres, aparte del futuro de su hijo, se preguntan si su hijo tiene turbulencias interiores con su conciencia que le impiden centrarse? En fin, a mí me ha parecido una novela entretenida, pero está muy lejos de tener alguna talla literaria en cuanto a forma y contenido. No me explico cómo ha sido galardonada con el Premio del Público. 

     Otros temas que mueven la trama son: el aborto, la adopción de hijos procedentes de otros países, la pena de muerte, el sistema judicial… pero son pequeñas guirnaldas de un decorado mucho más espeso. Tampoco se profundiza en ninguno de ellos. Una quiere comulgar con lo que lee o dar un fuerte tirón de orejas al autor, pero se queda con una sensación de anhedonia espantosa. Repito: a mí me ha faltado más compromiso moral. La culpa es la reacción de arrepentimiento frente a un hecho del que alguien se arrepiente. ¡Es un sentimiento!. ¿Dónde está, en el texto, ese sentimiento? Realmente, la figura paterna que aparece como redención para el hijo es mera ficción, pues el hijo no siente culpa alguna. Lo que siente se asemeja más a una pequeña hostigación del ánimo o a una leve confusión mental. El propio autor monta todo un andamiaje para esquivar cualquier sentimiento de culpa que pueda anidar en el chico. Incluso alude a si podría haber heredado del padre un estado mental enfermizo, que tal y tal…Pero insisto, el chico jamás se arrepiente. Ni siquiera se encuentra algo afiebrado. Está tan arrepentido como una mesa. Es emocionalmente plano.

     Con todo esto, sobra decir que el libro no me ha conmovido en absoluto, ni siquiera he advertido una leve sacudida, porque no he encontrado en él ni una pizca de pulsión humana. La rabia del padre cuando en las últimas páginas propina un bofetón a su hermano para que calle y no cuente más, es la de una alimaña que clama venganza porque no puede clamar justicia, porque él es el primero que ha dejado de creer en la justicia.

    Lo dicho. Una gota de Raskólnikov o del amanuense Teodoro me habrían valido para darle un pase. No soy capaz de disfrutar con cualquier libro, ni con cualquier libro disfruto como soy capaz.

     Buenas noches y buenas lecturas.

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