“La nieta del señor Linh” de Philippe Claudel

linh

     La nieta del señor Linh es uno de esos libros exiguos, de escaso volumen, que podría haber pasado desapercibido por mi vida, pero tuve la fortuna de que llegase a mis manos por obsequio de una persona querida. Deseosa por conocer qué se amagaba tras esa portada en blanco y negro en la que un viejo abraza a una niña con mirada de eterna orfandad, lo empecé impaciente. Su lectura me dejó tal querencia que, mucho tiempo después he vuelto sobre él para glosar el aroma con el que me perfumó entonces y hacerlo con el mimo que requieren las más delicadas fragancias.

     La narración tiene mucho de cuento, o de fábula, y el desplome final de la historia convierte a la literatura en un asunto de magia. Cuando lo leí por primera vez supe que allí había magia y, al cerrarlo, que esa magia había desaparecido por completo. Se vertió generosamente por sus bordes. Mis ojos, ávidos como están siempre por recibir esa seducción intacta, jamás iban a poder proporcionarme ese placer.

     Antes de dejarlo en mi biblioteca y empeñada como estaba en sortear el que iba a ser mi destino fatídico con este libro, ventilé sus hojas con especial cuidado por ver si el polvo que su agitación desprendía tenía el poder de citar a la magia, como sucedía en un cuento de mi infancia. Lo ab y cerré en mis manos repetidas veces, haciendo crujir su lomo combado. Le busqué una balda cerca de la ventana para que recibiera el calor del sol. El aire lo acariciaría y la magia traviesa podría colarse en la habitación gustando de guarecerse en sus páginas. Estas sábanas de papel iban a ser su mejor refugio. Esperé cinco o seis años, tal vez siete, anhelando que el tiempo borrara de mi memoria el final de la historia, pero el milagro no se produjo. El roce de mis pupilas sobre la primera página, avivó sus letras, haciéndolas aún más visibles, burlando mis deseos.

     Con todo, a pesar de haber vuelto a él conociendo el hechizo final de la historia, me ha vuelto a encantar. El francés ha creado una narración que tiene el color de una puesta de sol. Tan bella, tan tierna, tan apaciguadora, que a una le dan ganas de aislarse del mundo, ovillarse con el libro y seguir alimentando la esperanza de que la magia, obedeciendo a ese otro libro escrito con signos que no sabemos descifrar que es el destino, la magia decía, aún se puede desperezar .

     La prosa aterciopelada de Philippe Claudel (Nancy, 1962) está atada con el hilván imperceptible de la frase lacónica y está envuelta en los pañales del estilo más puro. Como nuestra protagonista. Un ángel caído que apenas ha estrenado la vida. Una niña recién nacida que se asoma al mundo en brazos de su abuelo. Él la lleva encima a todas partes, envuelta en infinitas capas de ropa, como si se tratara del tesoro más preciado del universo al que hay que custodiar sin mesura.

     A las pocas páginas de entrar en esta deliciosa fabulita, una ama tanto al viejo como a la niña. El viejo y la niña, la niña y el viejo, crean una historia enlodada de cariño y ternura. Y qué poco cuesta dejarse acunar por el afecto desmedido con que nos obsequia cada trazo de Claudel. Una desearía que este delicadísimo relato, que se acurruca en algún recodo de nuestra alma, no acabase jamás.

     El señor Linh es dueño de una inmensa fuerza amatoria. En sus brazos, la niña —de nombre Sang Diu, que significa “Mañana dulce”— no protesta, no llora, no se queja. El cuerpo del anciano calienta el cuerpo menudo de la niña, y allí están los dos, como un retrato primorosamente trazado con colores complementarios que lucen maravillosos. La recién nacida duerme plácidamente, arrullada por la voz acariciante de su abuelo.

     La nieta del señor Linh es un bonito testimonio del efecto gatillo que puede tener el amor cuando nos roban a nuestros seres queridos. Y también, de que no es necesario que exista correspondencia para que el amor se manifieste. Dejando aparte que la narración es una ficción, el amor del señor Linh no recibe respuesta por parte del ser amado. Tal es su disposición para amar. Esto se desvelará al final y bien merece la pena que lo descubra cada cual, pues es en este punto donde la historia despliega toda su magia.

     Amar es el acto de generosidad más ilimitado del ser humano, el más expansivo. Y muchas veces, solo hace falta el deseo. El señor Linh ha huido de su tierra. Una guerra ha acabado con su familia y ha destrozado la aldea en la que residía. La metralla le ha robado todo (su casa, su hijo, su nuera, etc.), a excepción de su nieta y el sentimiento de amar. Es todo cuanto posee. Nada ni nadie se lo puede arrebatar. Amar es su razón de existir.

     El señor Linh está sentado en un banco. O en el banco, pues siempre escoge el mismo lugar para descansar con la pequeña que juguetea sobre sus rodillas. A veces, él canta, o canturrea. Entona una canción con una musicalidad frágil, sincopada, un poco sorda. Como el propio relato. La niña se duerme en sus brazos y él se reúne con ella en el sueño.

     Casi todas las mañanas da un paseo por una ciudad que apenas conoce. No va solo. Le acompaña el señor Bark, un hombre que el azar ha sentado en ese mismo banco y han cruzado miradas aguadas que un día estuvieron rebosantes de vida. Es el único hombre que conoce. A través de pequeños gestos, ha brotado entre ellos un afecto espontáneo y mutuo. El señor Linh no sabe más que tres cosas de este desconocido: su nombre, su hábito de fumar como una locomotora y el placer que le produce dar, todos los días, un paseo por las calles. Hablan idiomas distintos, pero no necesitan conversar para adivinar el uno del otro que ambos miran la vida con idéntico coraje. No puedo contar más.

     La nieta del señor Linh es uno de esos libros que me hubiera gustado descubrir de pequeña, cuando mis padres y hermanos salían a dar una vuelta y me quedaba sola en casa, con un libro en la mano. En ese momento en el que sentía el deseo de perderme en el silencio apacible y no querer hacer otra cosa, excepto leer.

     Pero entonces aún no se había escrito, y como he dicho, llegó a mí de forma azarosa hace unos años. Recuerdo que cuando lo acabé, se apoderó de mí algo parecido a un diluvio de amor. Me chopó de una exaltación que no consigo sofocar cuando la lectura va acompañada de una emoción superior.

     Quedé prendada y prendida de él. Las dos cosas. Prendada, porque me enamoré de este magnífico cuento, capturó mi alma menuda, me cautivó, quedé secuestrada por su ternura. Y prendida porque se clavó dentro de mí, se agarró en algún lugar como un broche de honor o una medalla resplandeciente que adorna mi interior.

     Después de La nieta del señor Linh, las voces de otras historias a las que mis manos daban asilo me resultaban estrepitosas, lívidas, superfluas e insustanciales. Lejos del susurro templado de la prosa de Philippe Claudel, cualquiera de ellas se asemejaba a un estruendo amenazador con fauces de querer arrebatarme el sosiego que me vinculaba al bello cuento. Pero como nuestras emociones se acodan en nuestra intimidad de un modo caprichoso, para terminar con el ruido ensordecedor que presagiaba la lectura inmediata de otros libros, decidí espaciar los que entonces tenía pendientes. Es así como pude iniciar un idilio secreto con La nieta del señor Linh que, según intuyo y deseo, va a durar toda mi vida.

     Buenas tardes y buenas lecturas.

philippe_claudel

7 thoughts on ““La nieta del señor Linh” de Philippe Claudel

  1. Estoy de acuerdo contigo, a veces no dejamos reposar una lectura, porque estamos ávidos de empezar otras y el tiempo nos apremia, pero el final de La nieta del señor Linh provoca una onda expansiva de consecuencias imprevisibles. Después leí Almas grises y constaté que Claudel es un gran observador del género humano. Y sabe como pocos, trasmitir la melancolía de vivir.
    Aunque el libro ya cumplió diez años debería ser un clásico porque muchos de los temas ahí tratados siguen vigentes, desgraciadamente.

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