“El paseo” de Robert Walser

paseo

     Hacer literatura es una forma de mirar. Robert Walser (Suiza, 1878-1956) nos presta sus ojos y nos obsequia con “El paseo” el magisterio de su prosa breve, precisa, aguda y cierta. Camina por la senda de las palabras con gesto atento, sin ostentación y, tal vez por ello, cosechando excelentes logros.

     Estas páginas libres, salidas de su mano de escritor finísimo, son una cortés invitación a los adjetivos comunes, modestos, a las palabras corrientes —a veces, elegantes— y a los verbos esenciales. Material suficiente para que, tallado en pulidas frases, la lectura produzca en nosotros un triple efecto: nos conmueva, nos fascine y nos hechice.

     Como todo lo que nos dejó Walser, El paseo es una invitación a escribir observando y a observar escribiendo.

     La vida —no digamos ya, la literatura— está llena de malentendidos. Hay quienes creen que para ser escritor hace falta un buen motivo, y se pasan la vida buscando esa anécdota que les permita consagrarse como escritores. No saben que para ejercer bien el oficio la anécdota casi siempre sobra. Es lo de menos. Ahí tenemos a Proust, a Umbral, a Chirbes, a Azorín, a Josep Pla, por citar los leídos con mayor fruición. Estos gigantes me enseñaron que los buenos escritores se sirven de la anécdota, simplemente, para poder ejercer su oficio, como el escultor necesita el mármol o el pintor los colores. De una buena anécdota puede o no salir un buen libro, pero la clave es el estilo. No existe un escritor sin estilo. Y no digamos ya, un gran escritor. Sin estilo, el que iba para novelista se queda en cuentacuentos. Tampoco hay que confundir el peso (literario) de la obra con su volumen. La literatura, según dicen los que saben, no se vende a peso. Aprovisionarse bulímicamente de historias no hace al escritor.

     Walser se presenta aquí como un escritor sin motivo. Lo suyo es narrar sin anécdota. No tiene nada que contar. Camina, va dando un paseo. A una le viene el gesto reverencial de querer doblegarse, a medida que avanza en la lectura, y quitarse el sombrero. Qué gigante literario. No hace nada, sino andar. No sucede nada, ni se espera que pase. Anda y narra lo que ve. Por eso es un autor sin motivo. Pero sus palabras rozan el cielo y suenan en nuestra conciencia como un arpegio celestial. Tampoco crea personajes. Ni falta que hacen. Lo suyo es un ejercicio de estilo. Magnífico, desde luego. No escoge términos nobles ni adjetivos altisonantes, no quiere engolamientos. Se trata de una charla amable, una íntima conversación que sostiene con él mismo y, por supuesto, con el lector.

     Nuestro escritor persigue la vida —aunque parece ser que la vida lo persiguió más a él, pues padeció trastornos mentales que le obligaron a ingresar en sanatorios psiquiátricos—. Busca la emoción de lo cotidiano. Como si nos quisiera decir que la realidad pequeña, la de las cosas menudas, es más maravillosa que la que nos cuentan otros autores. En esto me recuerda mucho al Pla de Viaje a pie y al Azorín de Las confesiones de un pequeño filósofo. Esta tríada de colosos —el de Palafruguell, el de Monóvar y el suizo— tienen en común ese contar del hombre vulgar que reflexiona sobre lo cotidiano, sobre personas y lugares que impresionan sus sentidos.

     Mi seducción por su modo de mecer las palabras, de acunar la prosa, no tiene fin. El lenguaje, todo él, no cesa de celebrar su magia mientras una sigue inmersa en el menguado librito. Con El paseo me he adentrado en pasajes (y en paisajes) que han dejado de ser secretos, que no me cuentan nada, pero han sido como darme una plácida vuelta por el paraíso.

     Su léxico, estimulado por la belleza del paisaje, ha adquirido en mis pupilas una coloración grisácea, verdosa, la de las ramas secas que él mismo va retirando al caminar. O se ha teñido de azules, como si el cielo, al sentirse observado, le hubiese contagiado sus tonos. Ese color gris, pardo, o celeste, ha tintado sus palabras. Es brioso y limpio. Las expresiones se me antojan pletóricas, rezuman júbilo, como si supieran que están dando hospedaje a una prosa libre, espontánea y viva. Su lenguaje carece de cualquier rigidez. Lo que hace es una laboriosa sencillez formal. Lo más difícil.

     La llaneza de Walser tiene el sabor machadiano de “caminante no hay camino…” y la cadencia del verso “se hace camino al andar”. En su caminar errante, deja caer el manto de su mirada sobre el más insignificante detalle. Poco a poco, los pétalos de su prosa se abren como un capullo en primavera. Las páginas se asemejan a esa flor que se ruboriza al saber los preciosos colores que la naturaleza quiso poner en ella y ser tan hermosa.

     Pasea tan a gusto como escribe. Esto último, según intuyo y noto, quizás un punto menos que lo anterior. Para él, pasear es algo sano y bello, conveniente y útil.

     Amo a este autor cuya letra ama el reposo y todo lo que reposa. Su caligrafía es contraria a toda prisa y atosigamiento. Como su paseo. Y amo su literatura tranquila, a cámara lenta, como si la vida y las cosas estuvieran apunto de congelarse.

     Escribir es una forma de mirar. Y este autor, al que amo, además de saber mirar, sabe ver bien. Sabe cincelar su prosa para que los pequeños objetos adquieran una sublime dignidad.

     Buenos días y buenas lecturas.

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2 comentarios en ““El paseo” de Robert Walser

  1. Hay comentarios subversivos que incitan irremediablemente a la lectura. Y eso me pasa contigo, y en este caso con El paseo. Y como ya conoces la frase de Oscar Wilde de que la mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella, busqué el libro para disfrutar de ese universo que tan bien describes. Así es que después de batallar con El problema de los Tres Cuerpos, encontrarse con Walser ha sido un descubrimiento que me ha dado una gran paz. ¡Muchas gracias!

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