“El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde

 libro235.jpg   Hay libros con los que experimento, como con las personas que amo, una fascinación inicial que anuncia un romance secreto, un íntimo presagio de que volveré a sus páginas y descubriré, una y otra vez, como en el amor, nuevos encantos. El último título que ha despertado este idilio en mí es una edición reciente de “El retrato de Dorian Gray”.

     Es preciosa. Viste elegantes guardas granates sobre las que destaca el emblema editorial de Reino de Cordelia, pomposas letras capitulares y sobrias ilustraciones. La firma Victoria León y su mayor aliciente es que se publica sin censuras. Recoge el texto íntegro, tal y como fue escrito por Oscar Wilde (1854-1900), cerca de quinientas palabras que jamás han visto la luz, como el amor que el pintor (Basil Hallward) siente hacia el apolíneo modelo (Dorian Gray), la maldad del joven Dorian y la atmósfera decadente de la época. Aquí Basil es homosexual, honesto y bueno, y Dorian Gray es heterosexual y malo.

     Dicho esto, me descubro ante esta obra magistral, colmada de riqueza estilística y formal, texto sublime por su profunda hondura psicológica. Y también, porque desde que se fabulan y narran historias, los autores han ambicionado dar vida a los seres inanimados. El dandy de Wilde desafía este reto y consigue esbozar, sobre la textura y colores de un lienzo, el alma del ser humano.

     La fuerza narrativa del irlandés es tan potente como exquisita, de trazo refinado, ingenioso, reflexivo y mordaz. Posee el encanto irresistible de un artista seductor. Sí, siento por Oscar Wilde una pasión verdadera, qué le voy a hacer. Como el protagonista de esta formidable novela, su escritura está hecha para ser adorada.

     Es fácil reconocer en ella la estela del existencialismo de Camus y la teoría del inconsciente de Freud. Con estos dos pilares y el cemento firme del hedonismo griego, edifica un relato que culmina con una moraleja de valor universal: todo exceso, así como toda renuncia, conlleva su castigo.

     El argumento es archiconocido. Un artista, seducido por la belleza física de un joven (Dorian Gray), decide retratarlo para atrapar su hermosura. Al terminar el cuadro, siente haber creado el mejor trabajo de su vida, pero advierte algo extraño en él, razón por la que se niega a exponerlo en público. El lienzo ha plasmado el secreto de su propia alma y siente una admiración desmesurada por él. Al mirarlo, reconoce toda la pasión del espíritu romántico y toda la perfección del espíritu griego. En otras palabras, el artista se enamora de su obra, o lo que es lo mismo, se enamora de Dorian Gray, para él, la persona más maravillosa del mundo.

     Por su parte, Dorian Gray, al ver su imagen descansando en un caballete, queda fascinado en la misma medida y eleva la plegaria de permanecer siempre tan bello y joven como el retrato. Su deseo será cumplido, no envejecerá jamás, pero el retrato lo hará por él, convirtiéndose en el espejo de su alma. Este es el asunto medular de la novela.

     Mientras Dorian está posando, en sus oídos va calando un aluvión de frases pronunciadas por un elegante caballero amigo del pintor (Henry Watton) que se halla presente en el proceso de creación. Reflexiones y aforismos como “la juventud es la única cosa en el mundo que merece la pena poseer”, o “la belleza convierte en príncipes a quienes la poseen” penetran en el joven que escucha atento y hacen que tome conciencia de su perfección. Cuando abandona el estudio, ya se ha iniciado en él una muda interior que le transformará en un ser hedonista con miedo a envejecer.

     Alertado de la brevedad de la vida y sus placeres efímeros, se abandona a todo tipo de excesos y corrupciones. A trueque de sus conductas inmorales, en macabro espejismo, el retrato le devuelve una imagen que se torna cada vez más espantosa. La criatura del lienzo envejece hora tras hora, semana tras semana, ante su asombro callado. El cuadro se ha convertido en el reflejo visible de la degradación del pecado, una prueba irrefutable de la ruina que los hombres provocan en sus almas.

     Con el andamiaje simbólico del retrato y el recreo de su febril imaginación, la ambición de Wilde es robustecer en el texto la influencia del arte en la vida, cosa que ya hizo en “La decadencia de la mentira”, interesantísimo ensayo que trae a mi memoria la valiente sentencia de que la naturaleza imita al arte.

    A veces me pregunto por qué Wilde escribió solo esta novela y por qué escogió este género para contar lo que nos cuenta. “El retrato de Dorian Gray” podría haber sido un ensayo, un cuento, o una obra teatral. No tengo respuesta. Quizá es un ardid trillado con astucia para reflexionar, con la extensión que merece, sobre la belleza y el amor, sobre sus pasiones y reveses, elementos que —para él— dan sentido a la conducta. Lo fascinante es el añadido de que la belleza y el amor, y también sus pasiones y reveses, en no pocas ocasiones, se impulsan de modo inconsciente.

     Fin del camino. Este ha sido mi romance con Wilde. Cierro el libro, no tengo otro remedio, pero abandono mi venturosa senda apropiándome gustosamente de sus palabras: “lo peor de tener un romance es lo antirrománticos que nos deja después”. Y en ese estado, naturalmente, me quedo.

     Buenas tardes y buenas lecturas.

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9 thoughts on ““El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde

  1. Me ha encantado tu reseña, yo también he disfrutado mucho de esta novela de Wilde, uno de mis escritores victorianos favoritos y muy por delante de sus coetáneos, un escritor completo que podía escribir de todo, cuentos, poesía o teatro. Saludos y si te apetece puedes pasarte por mi blog a visitar mi entrada sobre Dorian Gray!

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  2. Hola, Letraherida:
    Magnifica reseña de la novela de Wilde. tuve la oprtunidad de leerla hace muchos años. Es sin duda una de esas novelas que dejan huella. El tema de la novela me parece muy interesante; dando pie a muchas reflexiones y muchos conceptos variados del mismo.
    Felicidades por esa reseña.
    Felices fiestas y prospero año nuevo.

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  3. Muy interesante la reflexión acerca del género literario de El retrato de Dorian Gray. Hay novelas que son novelas porque no se pudieron escribir de otra forma, es decir, quizá fueran proyectos previos inacabados que como un Frankenstein, un híbrido de géneros, tomaron con el tiempo la forma de una novela. A veces, no queda más remedio y así debe ser. Todos guardamos, al menos un poco, ese cuadro que envejece en nuestro interior. Un placer leerte.

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