“Pizzería Vesubio” de Walter Riso

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     La recomendación de hoy es el debut en la novela del italiano Walter Riso (Nápoles, 1951), autor de libros de autoayuda muy exitosos como “El camino de los sabios” o “Enamórate de ti”.

     “Pizzería Vesubio” no tiene nada que ver con ninguno de ellos. Nace por una necesidad vital del autor de encontrarse consigo mismo y está muy cerca de ser un reflejo introspectivo de una parte de su vida.

     Walter Riso es un escritor peculiar, un hombre que cuenta una historia entre platos y fogones con la peculiaridad de traer el recuerdo, por su estilo personalísimo, de esos autores rebeldes del neorrealismo italiano. Su formación de psicólogo es un buen patinete para saber impulsar la historia, acercarla al lector. Habla de emociones y nos hace emocionarnos con esa naturalidad que da el sentirse cerca de los problemas. Consigue hacer de la emoción un recurso expresivo, y también, recordarnos que es la cualidad más espontánea y universal que viste al ser humano. 

     “Pizzería Vesubio” fabula un mundo imaginario que recuerda a un Macondo napolitano. Cuenta las cosas en primera persona a través de Andrea, un joven psicólogo —su alter ego narrativo— a quien pone a trabajar, temporalmente, en una pizzería. Allí recibe a pacientes que atenderá en una consulta que tiene en el mismo edificio.

     Andrea es un chico que arrastra una infancia difícil. Es lógico que, al salir a la calle, ande obsesionado por no pisar las líneas de unión entre las baldosas, o no tocar los picaportes de las puertas. Vivió sus años de niño con la felicidad que da la infancia. Entonces, no sabía que era pobre. Su padre consiguió que fuera a un buen colegio, como el de sus amigos, pero un día —a sus trece años—, se da cuenta de que vive al lado de un mercado gigantesco, en el que no hay ni un caballo en las carretas. En otras palabras, descubre que es pobre, y ese descubrimiento le produce un shock tan hondo que, a partir de ese momento, el niño feliz se convierte en un joven que empieza a cuestionar sus orígenes. 

    Se dice, en la novela, que prácticamente no existe ninguna otra actividad o empresa que el ser humano inicie con más esperanzas y expectativas, y que, no obstante, fracase tan a menudo, como el amor. Y se añade, que solo parece haber una forma adecuada de superar el fracaso del amor y es examinar las causas de tal fracaso y estudiar el significado del amor. La vida de Andrea no escapa de esta regla, ni de buscar el mejor ardid para salir de este bache sin demasiadas magulladuras en el alma. Como todas las vidas, la de Andrea tiene también sus momentos de desamor, de pérdida y de honda tristeza.

     En la historia, todas las cosas suceden al estilo napolitano, es decir, a lo grande. Miles de anécdotas servirían para ilustrar esto. Una de las más tempranas está protagonizada por el padre —el fiel retrato del antihéroe que se convierte en héroe— cuando Andrea es un bebé, y mete la nariz en los testículos del recién nacido y, entonces, lo reconoce como hijo.

     Walter Riso construye un laberinto narrativo muy suculento, con páginas literariamente muy sabrosas. Con la pericia de un maestro en el oficio, nos hace participar en el banquete de una vida servida como comedia —con entrantes amargos—, en la que hay también mucha tragedia. Así que la novela es, más bien, una tragicomedia. Humor, desgracia, secretos, añoranza, nostalgia… y, sobre todo, mucho amor. Tanto, que se diría que es una novela de amor. Lo hay de todo tipo y mesura: fraternal, amistoso y, sobre todo, filial. El amor paterno-filial, el que cose el corazón del padre con el del hijo con hilo eterno es, sin duda, el más generoso, y queda convertido en el asunto medular de la historia.

     El lenguaje es tremendamente expresivo y los diálogos fluyen con una comicidad natural, en ocasiones, desbordante. El lector, convidado a un festín de aromas y sabores, ríe a mandíbula batiente con algunos pasajes culinarios que resultan muy graciosos, como el protagonizado por la señora Emilia cuando pide una parmigiana de berenjenas y se la sirven adobada con marihuana, en lugar de con orégano fresco.

     En Walter Riso he descubierto a un narrador de gran calado antropológico, sociológico, un pensador que escribe, casi más que un escritor que piensa. Y aunque dice hablarse a sí mismo y de sí mismo, habla a todos. En esta novela de emigrantes napolitanos hay muchos personajes, pero también mucha soledad. Esa soledad íntima que a uno le queda cuando descubre quién es. Construir el difícil mapa de nuestra identidad no es tarea fácil, pues somos quienes fuimos, también.

     Además de resultar tremendamente ameno y entretenido, Walter Riso cocina bien el oficio. Entre pizzas y calzones, hierve, sofríe y guisa palabras con receta propia. Sabe que, al alcanzar su punto de cocción, la magia del lenguaje hace desaparecer para siempre vivencias amargas. Más que cómo fueron las cosas, el napolitano ha querido contarnos cómo le hubiera gustado que fuesen, sin traicionar la historia. Además de ser un deseo universal en los escritores, el deseo de que la escritura evapore para siempre de nuestra memoria las vivencias que no fueron gozosas, es universal en el ser humano.

     Buenas tardes y buenas lecturas.

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