“Patria” de Fernando Aramburu

Patria     Ya he leído “Patria”. Soy una lectora común. Parece que sin esta novela, una no ha leído nada. ¿Me ha gustado? Literariamente, no tiene fallo. Está muy bien escrita, sobre todo, muy bien construida —que es lo más difícil, armar la historia—. Esta armadura tan potente le otorga una solidez narrativa que es, desde luego, su mayor virtud. Y su amenidad. Es de una amenidad desbordante. Consigue zambullirnos en una trama que no desfleca y, haciendo uso de un hábil trenzado de tiempo —el retorno al pasado (analepsis) y el presente mudan intermitentemente—, vivimos el luto desde la primera página. Con el aliento amenazador de no saber cuándo se desencadenará la embestida, entrar en ella y quedar atada por la lectura son una misma cosa.

     Quisiera aclarar que no es un retrato histórico, como algunos sostienen. Novelar es ficcionar. Y ficcionar es fabular, imaginar, crear un universo en el que introducir al lector. “Patria” es una ficción sobre unos fatídicos hechos que resultan muy próximos a todos. Esta circunstancia le otorga verosimilitud, pero no veracidad. Es importante no perder este detalle. Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) no retrata nuestro país en un tiempo en el que las calles se sembraron de terror, sino un mundo horroroso extraído de la precisa fragua de su imaginación. La grandeza de la novela es que Aramburu fabula este mundo inventado sabiendo extraer del riquísimo oficio de escritor su lado más elocuente. “Patria” habla a todos.

     Para construir la trama, escoge a un empresario normal y corriente, un hombre de apacible carácter y muy trabajador (El Txato), que madruga para ganarse el pan y, un buen día, unos balazos le atraviesan la espalda a pocos metros de su casa. Se acabaron las partidas de mus con los amigos y disfrutar de la familia.

     El perfil que traza de Joxe Mari, joven aprendiz de terrorista que acaba con El Txato, es el de un chico marginado y sin cerebro, que entra en la banda criminal por mero hartazgo de lo que le ofrece la vida. En ella encuentra el canal perfecto para desagüar sus deseos furiosos de matar (aprende a preparar cócteles molotov, a quemar autobuses, etc.) y de hacer daño, mucho daño, como sea y donde sea. En pocos meses, queda rendido al servicio del mismísimo Satanás. Los vecinos del pueblo, auspiciados por el terror, o no se sabe bien por qué, se verán contagiados de este odio irracional y ensuciarán las relaciones que mantienen entre ellos (dejan de saludarse, desean que algunos abandonen el lugar, etc.).

     No es casualidad que Joxe Mari sea un marginado y un palurdo —no voy a entrar, pero se adivina cierto determinismo en todo el relato—. Aramburu ha escogido muy sabiamente los atributos (mentales y sociales) para vestir a un desalmado, habilidad que hace extensible a otros personajes. Con gran astucia, huye de reivindicar que las aberraciones morales puedan hospedarse en mentes normales. Quiere dejar bien sentado que la alienación ideológica no existe, será fruto de una perturbación mental congénita, o de factores que, hábilmente, permanecen en el anonimato. Ahí descansa la ficción, queridos lectores, en no dejar cabo suelto en la atribución de rasgos que definen al perfil etarra. El anhelado propósito de Aramburu es que nos impregnemos del perfil que él traza. Y esta maniobra está tan bien llevada que, naturalmente, el lector común va a estar muy conforme con ello. Y aunque es muy poco verosímil que los peores terroristas, los más malos, sean también los más cazurros —y por supuesto, que no comulguen con ideolgía alguna—, a Aramburu le interesa troquelar en la conciencia del lector que el fanatismo asesino tiene que ver, casi únicamente, con la marginación social, con una inteligencia reducida, etc. En esto, la ficción tiene una construcción perfecta. Consigue que no levantemos la vista del libro para pensar. Este matiz solo se observa, como sucede con un cuadro impresionista, si analizamos la narración desde cierta distancia. Cuando hemos cerrado la novela, se nos ha enfriado el corazón y comienza a entibiarse nuestro odio. 

     En definitiva, Aramburu juega con el manejo narrativo del patrón de identidad social. La criminalidad, la bondad y la inteligencia de los personajes son marionetas que se mueven a su antojo, con la destreza del malabarista que lanza pesadas bolas al aire y conoce el vigor con el que impulsar cada bola. Con idéntico tino, se ocupa —como ya he dicho— en mitiga cualquier connotación ideológica que tenga que ver con los actos terroristas que se relatan.

     Otra virtud de “Patria” es que, con la salvedad que demanda la acción en algún capítulo, no es escabrosa. Aramburu no se entretiene en describir la agonía de los hechos, sino en la agonía interior que viven los personajes. Ahonda en las íntimas voces de los miembros de dos familias que crecieron amigas y ahora viven enfrentadas. Buenos y malos, jóvenes y adultos, padres e hijos, se miran a sí mismos y participan de la trama con sus turbias cavilaciones. Sus recuerdos, sus expectativas y también sus miedos desembocan en una conversación con el lector que acorta distancias a medida que se anda por la narración.

     La convergencia de estos breves matices y esta perspectiva, tan magistralmente ficcionada, es la llave maestra que explica el secreto de la febril expansión de la novela. Del resto, creo que ya se ha dicho (casi) todo.

     Buenas tardes y buenas lecturas.

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8 respuestas a ““Patria” de Fernando Aramburu

  1. Yo la leí por dos motivos. Uno porque siempre me ha interesado la problemática abertzale, y otro por el interés que la novela ha suscitado entre los lectores. Debo decir que, en líneas generales, me ha gustado. Está muy bien construida la línea narrativa, los personajes son muy creíbles y las situaciones que se dan ofrecen una realidad desbordante del problema. Se nota que el autor es vasco y ha vivido muy de cerca el problema, porque lo expone con una claridad que no ofrece ambages. Sin embargo, debo decir que, en determinados momentos, me pareció ambiguo y lento el relato; y aunque debe considerarse una buena obra, no creo que esto acredite el interés comercial que ha suscitado.

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