“Martes con mi viejo profesor” de Mitch Albom

martes

     Vengo con un texto diferente a los que suelo escoger para comentar y recomendar en este blog. Diferente por varios motivos. Uno de ellos es no encajar en género alguno, pues no es novela, ni es ensayo, ni es biografía… Tampoco es un libro de autoayuda —¡Dios me libre!— y si bien no es ni lo uno ni lo otro, en cierta manera, arranca unas miguitas de todos ellos. Se trata de un best seller y aunque esa vitola no es criterio de selección para hacer descansar un libro en este redil, hoy me salto la norma. Lleva por título Martes con mi viejo profesor y el autor es el estadounidense  Mitch Albom.

     La historia está basada en un hecho real. Presenta el testimonio de un profesor de sociología (Morrie Schwartz) que ha de abandonar la docencia tras diagnosticarle que padece esclerosis lateral amiotrófica (ELA). A partir de ese momento, el curso de los meses irá entumeciendo sus facultades físicas. Uno de sus antiguos y mejores alumnos, Mitch Albom, al conocer la dramática noticia entra en contacto con él y decide acudir cada martes a su casa para administrarle esa dosis de cariño y compañía que no prescriben los médicos y que resulta ser, siempre, el mejor lenitivo para (casi todos) nuestros males.

     El nervio de la narración se sujeta en los diálogos espontáneos que juntos enhebran y que el autor, sin más pretensión que hacer partícipe al lector del anunciado declive vital, va estampando negro sobre blanco. Las reflexiones están tejidas sobre los valores esenciales que dan sentido a la vida, y también, sobre la experiencia certera de la muerte.

     El texto no posee belleza de estilo ni valor literario alguno. Creo que tampoco lo persigue. Sin embargo, resulta una lectura muy agradable por ser un canto a la vida. Concretamente, un canto al único modo de vida que aporta felicidad al ser humano: vivir dando amor a los demás. Si se tiene una tarde vacía o un tono de ánimo bajo y se agarra este libro, he de decirlo, se empieza y termina sin apenas darse una cuenta, pues el relato en sí, lejos de resultar lastimero, es altamente conmovedor. Su verbo fácil otorga al lector la cualidad de creer estar participando de esta visita. A una le parece estar allí, sentada junto al alumno, contagiándose como él de la sabiduría que este profesor enfermo, contenido y doliente, envuelto en su aura de hombre bueno, va escanciando en la copa de la amistad, de la que bebe con avidez su joven discípulo.

     El lenguaje refleja bien el habla coloquial y los diálogos poseen la frescura de la prosa volcada sin artificio. A ello se suma la virtud de no resultar —ni siquiera al arribar los días finales de la enfermedad de Schwart— una lectura desagradable ni patética, pues no se hurga en el morbo que provoca el estado terminal en el que se encuentra el enfermo ni se escarba en el desaliento del moribundo como recurso fácil. Más bien al contrario, el autor humaniza el estado de decrepitud del profesor depositando una generosa lupa sobre su lado más cálido, sobre su ángulo más tierno. Junto a la contención del dolor, se ahonda bastante en lo ventajoso que resulta vivir si se sabe morir.

     No voy a negar que se esculpen frases de una tristeza cenital, incluso algunas lindantes con el universo encallado de moralina de mi querido anti-escritor Paulo Coelho, como esa de que “el amor gana siempre” o esta otra que reza así: “cuando aprendes a morir, aprendes a vivir”. Sin embargo, el tono general de la obra no es sentencioso ni lacrimoso. Muy al contrario, trenza una estela de emotividad siempre natural. La visión esperanzadora invita al lector a dar sentido a su existencia y a no perder la fe en el ser humano.

     “Son muchas las personas que van por ahí con una vida carente de sentido. Parece que están medio dormidos, aún cuando están ocupados haciendo cosas que les parecen importantes. Esto se debe a que persiguen cosas equivocadas. La manera en que puedes aportar un sentido a tu vida es dedicarte a amar a los demás, dedicarte a la comunidad que te rodea y dedicarte a crear algo que te proporcione un objetivo y un sentido”.

     Parece ser que Mitch Albom buscó un editor para sacar a la luz este texto y poder afrontar los elevados gastos que generó la enfermedad de Schwart. Aunque fue rechazado por muchas editoriales, finalmente se publicó. Todo sucedió un poco antes de que la mano de la muerte agarrase la mano averiada, fría y sin pulso de este profesor fascinante, conformado, sentido y profundamente humano.

     Buenas tardes y buenas lecturas.

mi

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