“Mi amigo Capricornio” de Masaru Miyokawa

mi-amigo-capricornio      Mi amigo Capricornio es un manga de tomo único que trata sobre el acoso escolar y el sentimiento de culpa en jóvenes que estudian en un instituto. Posee bonitos dibujos en blanco y negro, la portada es un macho cabrío en tono ocre sobre blanco y la sobrecubierta es a color y proporciona un gran impacto visual.

    Los dibujos que ilustran las viñetas son poco sofisticados, pero de gran fuerza expresiva. De los rasgos de la cara, la boca es el rasgo que aporta menos información. Añade bien poco y solo en función de si está abierta, muy abierta, cerrada o apretada. Los dientes, cuando se ven, no se definen nunca.

     Me gustan especialmente esos ojos con mucho brillo, de gran tamaño, con los que el dibujante crea gestos de gran viveza con pocos trazos. Y también esos rostros ladeados, de líneas discretas en los que destaca aquella facción sobre la que quiere que centremos nuestra atención. Algunas veces, los dibujos plasman un rictus esquivo, desafiante, perplejo, y hasta desguazado, que se ha quedado sin mirada porque el pelo rebelde cubre totalmente los ojos. En otras ocasiones, el dibujo expande un par de ojos que campan a sus anchas en órbitas de tamaño descomunal. Ojos húmedos, vidriosos, sagaces, benevolentes, exultantes, abiertos como ventanas de par en par, adornados con alguna greña furtiva. En ese sentido, son unos dibujos muy japoneses. Pocos trazos, de corte minimalista, pero abrumadoramente expresivos. Se consigue bien que vayamos al diálogo después de haber echado una mirada paciente al dibujo.

     El guión es pura ficción, si bien es posible que creamos que la historia está basada en hechos reales. Pero no, es pura invención. Tiene como fondo la leyenda levítica del chivo de Azazel, relacionada con una antigua costumbre judía. La costumbre consiste en que una vez al año, el sacerdote elige dos chivos para ofrendar: uno a Dios y otro a Azazel. El que va como ofrenda a Dios acaba sacrificado para expiar los pecados con su sangre. Al otro lo sueltan en el desierto después de que el sacerdote haga cargar sobre él todas las maldades y pecados de los israelitas, es decir, todas las culpas. Abandonado, vivo, en el desierto, con todas las culpas de la gente sobre sus espaldas: éste es el chivo de Azazel. El animal carga con todo y las personas quedan libres de culpa. Si no hacían eso, la gente era incapaz de soportar el peso de sus pecados.

     Los chivos representan las dos formas en las que Dios trata el pecado de los israelitas: a través del primer chivo —el que era sacrificado— perdona el pecado y a través del segundo chivo —el expiatorio, el que era enviado al desierto—, quita su culpa.

      En definitiva, es una lectura entretenida que invita a la reflexión. Ahonda en que no hay un adolescente igual a otro. Pueden serlo sus vidas, pero hay que acercarse un poco, desempañar nuestra mirada y descifrar, como hacemos al leer este manga —que expresa mucho más que lo que vemos en sus viñetas—, qué secreto custodia cada joven en su trastienda interior. Los adolescentes, además de bolis, libros y calculadoras, guardan en el fondo de sus mochilas, un avituallamiento de lo más variadito de ese material que no utilizarán —o sí— para resolver las tareas del aula. Dudas, sueños y fracasos, con los que se abastecerán hasta que orillen la edad adulta y nuevamente la vida, como a todos, les obsequie con desconocidos y suculentos víveres.

     Buenas tardes y buenas lecturas.

capri

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