“Las chicas” de Emma Cline

chi      Las chicas es una novela rebelde, un texto subversivo que constituye el debut de una autora joven nacida en Sonoma (California, 1989). Su publicación en Francia ha provocado un auténtico alboroto y he de decir que su lectura me ha caído como un jarro de agua fría. Calificar el texto de transgresor es quedarse con el envoltorio. Es una puñalada en el alma, si es que ésta queda desnuda cuando una lee. De saberlo, me hubiese vestido con una armadura medieval o con alguna pieza de metal bien resistente, para resguardo de tanta herida. Eso sí, está escrito de forma impecable, aunque con algunos matices que ahora señalaré.

     El rasgo más característico de Las chicas es la maestría de Emma Cline al crear un lenguaje cargado de golpes de efecto que resultan muy perturbadores. Es la suya una prosa atrevida, plagada de metáforas de infinita plasticidad, de adjetivos que parecen escogidos para pervertir (semánticamente) al sustantivo que acompañan. Aquí no existe el rosa, sino el rosa violento, el rojo es rojo sangre, no hay brillo sino brillo ácido, etc. Me resulta difícil aquilatar su estilo, pues es dueña de un coto de escritura poco ortodoxo.

     Las protagonistas son adolescentes a quienes les gusta seducir y ser seducidas. Chicas muy sensuales que se cuentan entre ellas lo que sienten y desean sin ningún pudor y hacen participar al lector de sus miedos más íntimos. Lolitas inconformistas que viven en el margen contiguo al amor —más que en el amor propiamente dicho— y juegan a ser vulgares, libertinas, arriesgadas, desinhibidas, ingeniosas, viciosas, ambiguas y frívolas. Un buen exégeta rescataría esa otra faceta que tiene que ver con la responsabilidad de los actos, la culpa, el arrepentimiento y, acaso, con la búsqueda de la paz interior. De todo ello habla Las chicas.

     La historia es inquietante y poco a poco se va tornando convulsa. Parece algo desordenada y caótica al principio, como el curso que sigue la propia adolescencia, pero a medida que una va leyendo todo se va ordenando. Emma Cline nos invita a penetrar en ella de forma temeraria y una no quiere entrar tan rápido, sino con muchas reservas y sin poder abandonar el vértigo a trastabillar, pues no sabe bien con qué se va a encontrar. Está dividida en cuatro partes y contada en tercera persona. Evie Boyd, la protagonista, recoge dos momentos de su vida: cuando tenía 14 años y en la actualidad, convertida ya en mujer.

     El nervio argumental es la incorporación a la edad adulta de una Evie adolescente que vive con sus padres separados y no se encuentra a gusto con nada de lo que le rodea. Tiene una buena amiga (Connie) y anda medio enamorada del hermano de ésta. Su mundo emocional es el que cabe esperar de una chica de su edad, pero da un giro copernicano cuando descubre a Suzanne, otra chica algo mayor que ella muy ligera de cascos —por decirlo de una manera suave— por quien se siente deslumbrada.

     Suzanne la invita a que se sume a un grupo de adolescentes que tienen el cerebro enlodado con las drogas y viven en una comuna. Como toda secta que se precie en ésta existe un líder, el diabólico Russell, al que sus miembros tratan como si fuera un ser sobrenatural (es como un colocón natural estar cerca de él, pág. 95). El tal Russell es un tipo chamánico, que camina descalzo y sin ley, que hace siempre lo que le viene en gana, que reparte bendiciones a quienes forman el grupo y les incita a amarse sin límites los unos a los otros. Tanta hierba fumada, tanta música psicodélica y tanta paranoia, hace que las jóvenes borren las fronteras (bastante deshilachadas en esas edades) entre el bien y el mal, y sucede lo peor que podía suceder.

     Resulta inquietante ver cómo se tuercen las cosas hasta llegar al episodio central que, aunque se cuenta muy tardíamente, es el que te raja por dentro porque es crudelísimo. Ahora que la he terminado puedo ver a distancia que la crónica de la adolescencia por la que progresa la novela se lee como una mancha negra que nos va untando por dentro y nos va manchando. La perversión se ha ido esparciendo como hace el aceite depositado sobre una superficie lisa, en todas direcciones, y es tarea difícil escapar sin tiznarse. O lo que es lo mismo, cerrar el libro. Cuando una alcanza la mitad del texto sabe que le viene algo gordo, que lo tiene encima, a la vuelta de la página. Pero aún hay que esperar un poco. Emma Cline retrasa, sabiamente, el episodio macabro y nos lo da como último bocado.

     No voy a destripar en qué consiste el episodio fatal, pero está inspirado en los famosos asesinatos de Charles Manson que conmocionaron a Estados Unidos en los años 60. He leído que el personaje de Suzanne (la joven que confunde a Evie y en quien proyecta lo que ella quiere llegar a ser) está probablemente basada en Susan Atkins, la mujer que confesó en el juicio haber apuñalado a Sharon Tate y que besó los pies de Manson el día que lo conoció.

     Por establecer alguna semejanza con el estilo de algún autor conocido puedo decir que la lectura de Las chicas me ha llevado al territorio Bolaño, a esa literatura llena de sexo, ladrones y locos, pues todo esto asoma aquí. Y a esa literatura experimental vanguardista que plantea historias no lineales y estructura dislocada.

      Emma Cline genera imágenes que nacen de la supresión (o contención) de elementos descriptivos. De nuevo viene a mí el recuerdo de Bolaño, aunque no posee la contención sostenida del chileno (la que vemos en Los detectives salvajes por ejemplo, un libro que tiene como protagonistas a unos poetas desesperados y traficantes ocasionales y que no hablan de poesía entre ellos ni una sola palabra en más de 600 páginas). Pero sí, Las chicas tiene pasajes en los que los elementos descriptivos parecen estar secuestrados en la pluma de Emma Cline y, al soltar sus bridas, en nuestras pupilas bullen imágenes con una potencia expresiva asombrosa. Con las imágenes sucede como con el corcho cuando lo sumergimos en el agua. Si no están construidas por palabras, aparecen detrás de ellas como cuando liberamos nuestras manos del corcho que sujetamos. En esto el libro es brillante, ya digo, pues está colmado de imágenes intuidas.

     Por citar a más autores, el estilo también trae reminiscencias del poliédrico Bukowsky o de Raymond Carver, por crear personajes que son personas normales y corrientes. A pesar de que estas chicas no son ni muy normales ni muy corrientes (ni ellas ni los chicos que forman el grupo), sí lo eran antes de entrar en la comuna (en la primera parte se cuenta que llevan una vida gris y rutinaria y se aclara que el desprecio de esta existencia anodina es, precisamente, lo que les mueve a integrarse en el grupo). Lo que quería indicar es que una sabe que aunque hagan locuras no están locas. Hacen lo que hacen, simplemente, porque buscan emociones de alto voltaje. Además, tienen conciencia de ser responsables de sus actos. Y ya para terminar con las similitudes, se me antoja que la pluma exigente de Emma Cline revive la prosa fresca del mismísimo Nabokov en algunos pasajes. Excelente miscelánea para una joven debutante.

     En definitiva, una novela convulsa, escrita de un modo formidable, si bien no me ha seducido tanto como esperaba por la violencia invasiva que encierra y por cómo consigue arrastrarla por los rincones de nuestro interior, incluso, desde antes de que se produzca.

     Jamás puede hablarse de literatura sin estilo. Y sí, la autora lo tiene, pero a mí me resulta incómodo pisar mucho tiempo el terreno que ella ha escogido. Me sacia pronto esa prístina dureza del realismo sucio del que no sabe salirse. Y aunque esta circunstancia no le resta valor literario, más bien al contrario, tampoco veo legítimo dar el triple salto mortal desde el trampolín del estilo y mitificar a la autora —como se está haciendo por todos los medios— como si hubiese aterrizado en nuestro planeta una escritora con poderes divinos. La crítica que está recibiendo, insisto, sí se me antoja engañosa para el lector. Démosle tiempo. Emma Cline está teniendo un inicio prometedor. No sé bien si ya ha encontrado su verdadera voz, pero quiere ser una escritora maldita. O eso parece.

     Buenas noches y buenas lecturas.

emma

 

 

 

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