“Cicatriz” de Juan Gómez-Jurado

juan-gomez-jurado-cicatriz-novela     Hoy recomiendo Cicatriz, una delicia noir que solo puede leerse de una manera y es de un tirón y, tal vez, con un valium debajo de la lengua. Su autor, Juan Gómez-Jurado, se ha convertido en uno de los narradores españoles de más ventas en nuestro país y fuera de él y por eso lo traigo.

     Lo mejor de la obra es la creación de una trama que se adueña de nuestro tiempo en una suerte de venial secuestro. Sí, la lectura de estas 574 páginas consigue desplomar nuestras obligaciones, a las que prometemos rescatar cuando acabemos el capítulo. Y así sucederá en cada uno de ellos. La taquicardia aumenta frenéticamente y cuando, al fin, una llega a las guardas traseras, blancas, calladas, inertes, mudas…exhala un hondo suspiro porque sabe que todo ha terminado. Comprueba que el órgano donde —dicen— acunamos los buenos sentimientos no se le ha salido del pecho y lanza al aire una mirada presumida al ver restaurada la paz de su vida diaria.

     Está escrita en primera persona y una ya sabe que eso llega mucho, pues hace que te metas de lleno en la historia. Aunque a Gómez-Jurado no le gustan las etiquetas Cicatriz es un thriller como Dios manda. Posee en grado máximo la savia esencial que define al género: el estremecimiento. Quiero insistir en esto porque —como dijo el escritor estadounidense James Patterson— “if a thriller doesn’t thrill, it’s not doig its job”, o lo que es lo mismo, si un thriller no estremece, no está haciendo su trabajo. Cicatriz es una novela que ha hecho su trabajo de estremecer magníficamente, ergo es un excelente thriller. La acción despierta continuas emociones. La trama tiene la virtud de irse tejiendo sin dejar de tensar un minuto la cuerda de intriga emocional con la que estamos atados desde la primera frase: “Mi primer error fue enamorarme de ella”. Un diez pues, a ese ritmo trepidante tan conseguido.

      Cicatriz es, además, una historia de amor al más puro estilo siglo XXI, pues buena parte de la acción gira en torno a un idilio que germina con unas palabras cruzadas donde no existen matices de expresión en la comunicación: a través del ordenador.

     ARGUMENTO: Simon Six es un joven con fobia social que pasa su tiempo desarrollando la habilidad que más le gusta: la programación informática. Tras intentar dar con El Dorado de la comunicación interactiva que saque de la quiebra a su empresa, consigue crear a LISA, un programa de reconocimiento de imágenes que promete ser revolucionario. Impulsado por su mejor amigo, abogado y socio en la empresa, Tom Wilson, consiguen vender a LISA a una de las multinacionales más fuertes del mundo (Infinity). La firma del contrato de venta supone que Simon y Tom se harán multimillonarios.

     LISA está basada en una forma de mirar la realidad distinta a cómo la ven los demás. No se centra en la imagen en sí, sino que intenta comprender dónde encaja dentro de la realidad. Y esa manera de ver las cosas que a la gente le resulta tan diferente y ajena, a Simon no le resulta ni diferente ni ajena porque le recuerda a la forma de mirar el mundo que tiene su querido hermano Arthur que padece síndrome de Down.

     Simon es un tímido crónico que apenas ha tenido relación con chicas (de muy joven tuvo una novia, pero la cosa acabó muy mal para él) y prácticamente no sale de casa. Le da miedo conocer gente, las citas, todo eso. Está muy ocupado poniendo a punto a LISA y cuidando de Arthur. Un día, en un ataque agudo de soledad, entra en una web de contactos y queda prendado de una foto de mirada triste. Es Irina, una joven ucraniana con un pasado velado y una cicatriz en el lado izquierdo de la cara, quien pronto acepta la invitación de Simon de irse a Chicago y casarse con él.  Así comienza una historia de amor de lo más turbulenta, pues resulta que ella va a Chicago no por amor a Simon sino para vengarse del hombre que mató a su familia hace dieciséis años. Ya sabemos que “el dolor es el combustible más poderoso” (pág. 371).

     La acción criminal se desata a las pocas páginas. Tom aparece muerto en un callejón de Chicago a las cuatro de la madrugada y Simon es acusado por un negro suave homosexual (el detective Freeman) de haber cometido el asesinato. A partir de este momento, a Gómez-Jurado, más que la verdad o la mentira le interesa cebar al lector con el usufructo de la duda, y extiende bien la siembra sin dejar de repartir pistas que, como míseras migajas, acentúan nuestra desazón.

     La obra está estructurada en un doble plano espacio temporal. Por un lado, se narran los hechos actuales (el romance entre Simon e Irina y el crimen de Tom) y por otro, se va contando —en capítulos intercalados— el pasado de Irina. Al abrir la historia paralela de la vida de Irina, Gómez-Jurado nos introduce en un pasadizo castigado de negras anécdotas. Es la parte que menos he disfrutado a cuenta de que la narración se baña de sangre y episodios de alta crudeza. Uno de los primeros, trae a mi memoria los truculentos asesinatos de A sangre fría, la devastadora novela de Capote. Los que vienen después —la leyenda de El Afgano o los protagonizados por el mafioso Boris Maglievich— no le van a la zaga. Y sí, son necesarios para la comprensión de la historia, pero me pregunto si tanto detalle resulta indispensable o si hubiese sido suficiente haber elegido aquí una prosa urgente.

     El hecho es que, claro, si una si quiere tener una visión completa de los hechos no puede quedarse en la retaguardia, sino que se ve obligada a asistir en primera línea al desfile de toda una panda de chulos, matones y tipejos de baja ralea que se pasan la vida tentando a la suerte y olvidando que existe el quinto mandamiento —y el sexto, y el séptimo, ya puestos—. Hay muchas miserias, muchos abusos, muchas drogas, mucho alcohol, oscuros impulsos y todo tipo de placeres viciosos, pero también hay alguna dosis —escasa, pero la hay— de amor fraternal.

     El desenlace, como es natural, no va a ser chivado en esta reseña, pero sí diré que el lector llega anímicamente agotado, con el resuello ronco y el hálito encogido, muerto de estremecimiento, con la mirada marchitada de cansancio, como sucede en todo buen thriller. No puedo soltar ni una pizca más.

     En definitiva, Cicatriz no está amasada con el barro de la gran literatura pero posee esa gran destreza que nos sirven los grandes thrillers que es procurar entretenimiento. Estas páginas entretienen mucho, lo cual no es poco. Lo hacen, además, a través de un estilo sencillo, fácil y bien documentado. Quienes gocen con obras que se ajustan al más estricto canon del thriller van a disfrutar doblemente, porque además de entretenerse unas cuantas horas van a gozar de un juego de escenarios y épocas que les proporcionará evasión asegurada. Lo dicho, una delicia noir.

     Buenas tardes y buenas lecturas.

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