“Cosas raras que se oyen en las librerías” de Jen Campbell

cosas-raras-que-se-oyen-en-las-librerias      Siempre me han gustado los libros que hablan de libros. Y también, aquellos que me cuentan algo que tenga que ver con la vida de los libros. En este caso, lo que ofrece Cosas raras que se oyen en las librerías es una constelación de anécdotas —hemos de suponer que reales— recogidas en dos librerías británicas de perfil muy distinto: la Edinburg Bookshop de Edinburgo, una librería independiente y la Ripping Yarns, una librería de viejo al norte de Londres que lleva abierta desde la Segunda Guerra Mundial. Además de quienes trabajan en ellas, otros libreros anónimos han aportado su flor a este ramillete de situaciones vividas, nutriendo sus páginas de jugosos destarifos.

     En este libro, pues, no se habla de libros sino de curiosidades que suceden en el lugar donde descansan los libros. Anécdotas rescatadas por los libreros y protagonizadas unas veces por lectores, y otras, por aquellos que no caben en tan ilustre categoría y que yo llamo paseantes. Los paseantes son esas personas que se asoman a una librería como pueden hacerlo al escaparate de una tienda de gaseosas o entran en ella sin más propósito que dejar correr el tiempo. Están esperando el autobús, o lo han perdido, les entra el tedio y para paliar el aburrimiento y amenizar la espera deciden entrar en eso que llaman templo del saber por ver si se les contagia algo de erudición. También incluyo en esta categoría a quienes lo hacen para atarse un zapato, arreglarse el nudo de la corbata o refugiarse de la lluvia. Y por ser estos paseantes sui generis tan asiduos visitantes a las librerías protagonizan muchas cosas raras que suceden en ellas.

     He de decir que el libro está magníficamente editado por Malpaso (2012). Las tapas duras y oscuras con un chiste a color que ofrece una pista sobre el contenido, las hojas de excelente calidad, su tacto suave que recuerda al papel de los textos sagrados, ese color caldera con el que se han tintado los bordes de las páginas y sobre todo, el aroma que despiden al abrirlo, hacen de este libro un objeto muy atractivo a nuestros sentidos.

     Y ahora sigamos con los clientes. Estaba con los paseantes, con quienes restriegan las suelas de sus zapatos sobre la acera —por eso de entrar con buen pie—, y cruzan la puerta para pedir cualquier cosa —algunas de las peticiones, de lo más surrealistas—. Miran las estanterías combadas plácidamente, pero no tocan ningún libro ni lo sacan de su balda, por miedo a volcarlos en un falso movimiento. Hacen descansar sus pupilas sobre los lomos, despiertan su atención los colores, y si una los observa ve que disimulan púdicamente, como si hubiesen cometido el pecado de mirar algo que no debieran.

     En un arranque de sentirse integrados con el entorno, se acercan a preguntar algo al librero. El librero, oprimido por el bochorno de las preguntas que estos tipos suelen lanzar sobre el mostrador, se convierte casi en un ser heroico, pues en lugar de tener para estos curiosones una mirada recriminatoria o directamente invitarles a abandonar la librería, la mayoría de las ocasiones salen de estas situaciones ahogando una carcajada. Los paseantes, por su parte, suelen quedar aturdidos por la respuesta —ininteligible para ellos— que cordialmente les da el librero y salen del local de la misma guisa que entraron, es decir, sin dolor por sus pecados ni propósito de enmienda y por supuesto, sin ver engordada un gramo su asténica sabiduría.

     He de decir que muchas de estas anécdotas queriendo ser graciosas, son luctuosas, pues indican que aún estamos lejos de saber qué es un libro y no nos pesa vivir en la ignorancia.

     A continuación, voy a extraer algunas de las que se recogen en el libro por ser más graciosas (o luctuosas). Tenemos la del cliente que protagoniza la siguiente conversación con el librero:

     – ¿Sabes si Ana Frank escribió una secuela? Es que me ha gustado mucho el primero.

     – ¿Su diario?

     – Sí, el diario.

    – Pero…Ese diario no es una obra de ficción. Ella muere de verdad, por eso no hay conclusión en el libro. La asesinaron en un campo de exterminio.

     – ¡Vaya, qué lástima! Era una autora muy buena…

     Hay quien busca “un estudio sobre la obra de García Márquez escrito por García Lorca”, “un libro en chapa blanda”, “una novela gramática”, “las obras completas de Oliver Twist”, “un libro que se entienda”, “uno de física inorgánica”, o simplemente, “un libro…más libresco”.

     En una ocasión, un cliente preguntó “¿tenéis abierto toda la noche?” a lo que el librero contestó: “No, lo siento. Hasta las diez como mucho”. En este caso, el librero debió no entender al cliente, pues Abierto toda la noche es el título de una novela de Fernando Trueba.

     Las confusiones más veniales son las que se dan con los títulos de libros —los lectores inventan títulos que, al pronunciarlos, suenan de modo parecido al libro que buscan—, como “Muerte en el hilo” (en lugar de “Muerte en el Nilo”) de A. Christie, “El hombre que pudo remar” (en vez de “El hombre que pudo reinar”) de R. Kipling o “Memorias de un hindú” de Laura Gallego, por citar algunos.

     El lector quedará boquiabierto cuando advierta que una librería puede ser confundida con casi cualquier tipo de local: un centro de atención al cliente, una mercería, una farmacia, y también con un sitio al que uno puede entrar a echar una siestecita en el sofá, dejar que el niño pase la tarde mientras las madres hacen la compra o donde éstos pueden quedarse para siempre como sucede en un centro de acogida. La anécdota más patética es la del señor —supongo que un hipocondríaco severo— que advierte al librero que se encuentra mal y le pide que le dejen celebrar en la librería su propio funeral.

     Otro de los perfiles frecuentes del que acude a la librería a estirar las piernas es el del paseante que confunde los libros con un adorno decorativo y los libreros tienen que hacer frente a disparates del tipo:

     – ¿Tenéis libros con este tono de verde? Quiero que haga juego con el papel para regalo que compré.

     Algunos clientes toman la librería como una prolongación de la calle o como un lugar público al servicio del ciudadano. Es el caso del que pregunta al librero “¿habéis visto mi bicicleta? Creo que la dejé por aquí”.

     Hay anécdotas de todo tipo. “¿Me podría explicar qué es un Kindle?” a lo que el librero contesta: “un aparato que permite descargar libros de la Red para leerlos luego en su pantalla” y el cliente apostilla: “y esos libros ¿son de tapa dura o de tapa blanda?. Hay quien olvida las gafas en casa y pide al librero que le lea el primer capítulo de un libro “para ver si me gusta”.

     Los clientes más despistados son aquellos que entran en las librerías con el oscuro deseo de comprar droga (convencidos como están de que las librerías tienen trastiendas o almacenes para guardar esta mercancía). Otros, deambulan por sus pasillos buscando productos menos tóxicos como una taza de té o sustancias menos inicuas (o inocuas) como la leche. Los hay quienes quieren calcetines, destornilladores, árboles de Navidad, lana de angora, o un libro para el pronóstico del tiempo el resto del año. Algunos, en un rapto de optimismo, entran para comprar billetes de lotería. Y hasta unos supositorios. Qué triste.

     Son legión quienes desconocen por completo el elixir de las letras y creen que la lectura proporciona una gozosa combustión de muchos de sus males. Entran y buscan con riguroso sigilo libros que les ayuden a mitigar sus miserias (calvicie, gordura, depresión, recuperar la memoria, etc.), como si las páginas de un libro fuesen grageas o remedios dóciles para las enfermedades (físicas y psíquicas) más acuciantes. Sería un milagro si los libros, además de borrar alguna de nuestras lágrimas, tuviese el poder supremo de borrar las huellas de nuestra vida. Ni siquiera con los lectores más omnívoros se extiende esta mano benefactora. Lo que nos proporciona la lectura es algo mucho más preciado: esa soledad elocuente con la que siempre podemos tener una íntima conversación.

     Buenas tardes y buenas lecturas.

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