“Los muertos no se tocan, nene” de Rafael Azcona

muertos     Hoy recomiendo una novela de nuestro querido Rafael Azcona, uno de los guionistas que prestó su talento creador al cine, pero también un escritor de primera línea. “Los muertos no se tocan, nene” es un retrato humorístico de un muchacho que creo que no es otro que el propio Rafael Azcona. Camuflado, pudorosamente envuelto en el realismo de unas letras bañadas de humor y poesía. Y digo bien porque en estas páginas a lo jocoso se le ha añadido ese tono poético realista —como corresponde a la estética del autor— del que no hay que avergonzarse. Es el mismo tono que vemos en muchos autores de su generación. Los poetas del 50, los aparentemente prosaicos, los de la sonrisa triste.

     Rafael Azcona nació en Logroño y fue un autor que miró alrededor y hacia adentro para retratar una sociedad difícil desde el humor. Comenzó a ejercer esta minuciosa labor donde se podía, que entonces era en los cafés y en revistas como La Codorniz.

     Fue muchas cosas, hasta creo haber leído que vendedor de carbón, o contable en una carbonería. Con el poco dinero que le reportaron algunas novelitas, o colaboraciones ocasionales, resistió en Madrid como gato panza arriba y jamás regresó a su regazo de Logroño. Aguantó estoicamente las dificultades del cine y se mantuvo como guionista porque esa era una manera de decir lo que otros querían. Hizo adaptaciones muy célebres -la de La lengua de las mariposas para José Luis Cuerda, por ejemplo-, con la pulcritud genial del que sabe que reescribir es bordar de nuevo, pero su mayor creación ha sido el retrato social de una época.

     Los que le conocieron han rescatado de él que fue un misántropo, que no salía de casa, pero esa misantropía no estaba reñida con ser un tertuliano magnífico, dueño de anécdotas muy simpáticas. Una de las que más le gustaba contar la protagonizó Tono, ese otro gran humorista y amigo suyo cuando, estando muy enfermo, ya en las últimas, se justificaba a los amigos que le visitaban diciéndoles: “Perdonen que no me levante, pero es que me estoy muriendo”.

     La novela que traigo va de eso, de muerte. La acción se sitúa en Logroño, en plena primavera a finales de la década de los 50. Un hombre casi centenario se encuentra al borde de la muerte. Está encamado y parece que va a irse de este mundo sin soplar la vela de los cien años, pero eso sí, sin prisa. Su familia, hecha a la idea y tras haberle suministrado varias veces los santos óleos, está esperando que dé el último suspiro.

     Su bisnietos, Fabianito y Lolín, protagonizan las escenas más cómicas de esta agónica espera. Lolín de nueve años, quiere que se muera de una vez porque tiene pendiente hacer la primera comunión con un traje digno de una princesa (“tonto, más que tonto, que pareces tonto! Como no te mueras no voy a poder hacer este año la primera comunión, con el traje tan bonito que me han hecho, que parezco una princesa”). A Fabianito, de catorce años, le han prometido el cuarto del bisabuelo en cuanto quede libre, la mejor habitación de la casa.

     Para su hijo don Mariano, quien se acerca a la cama primero y a la ataúd después “oliendo a alfalfa seca, pues era almacenista de piensos y forrajes”, la muerte del padre es un drama, pero un drama que se está desarrollando con una lentitud excesiva.

     Para la nieta Luisa y su marido, la entrada de don Fabián Bígaro —que así se llama el moribundo— en el paraíso es también un trámite que se alarga demasiado, que no termina de suceder. Hace quince días que el médico dio por desahuciado al patriarca y la tardanza raya en descortesía.

     Todo llega y la muerte de don Fabián Bígaro no podía ser una excepción, así que al fin, el pobre hombre expira una mañana. A partir de aquí, los acontecimientos se precipitan. Los llantos van quedando en suspiros y los suspiros en nada. Y ahí tenemos a toda la familia rodeando al finado y bebiendo del amargo cáliz del velatorio. El lector se echa unas risas participando de unas conversaciones de lo más inoportunas. Cuesta decidir qué clase de entierro merece don Fabián, ya que “hombre, si viene el alcalde, qué menos que de primera”. Tampoco es fácil ponerse de acuerdo acerca de si el muerto ha de llevar o no la dentadura postiza estando en el ataúd, pues “sin los dientes tiene la cara muy chupada y hace mal efecto” y, sobre todo, porque “claro, no la van a tirar, una dentadura que está como nueva”.

     Lo más relevante no es la muerte en sí, sino el hecho de que sucede en una ciudad pequeña como es Logroño y que el muerto es un hombre conocido por todos (había sido Jefe de Administración Municipal, Medalla al Mérito Agrícola, Hermano Mayor de la Cofradía del Santo Madero y Presidente de Honor del Club Taurino). Con estas cartas, el velatorio se convierte en un acto social.

     Una vez el médico certifica que el cuerpo de don Fabián está más frío que un vulgar fiambre llega la obligación de comunicar a familiares y amigos que el abuelo ha estirado la pata. Esta obligación suele provocar a los avisados un gran fastidio pues “la gente —excepto los necrófilos— tiene quehaceres más provechosos y agradables que el de presentarse en la casa mortuoria a dar el pésame”.

     A continuación, comienza el jubileo de los allegados, que pasan el rato preguntando cómo se produjo el óbito y loando las virtudes que atesoraba el difunto. Por el piso desfila una nutrida comitiva de vecinos, autoridades, destacados miembros de la sociedad local, los empleados de pompas fúnebres, los instaladores del nuevo televisor, algún mendigo especializado en velatorios de gorra y un señor de Bilbao, que por una serie de azares acaba penando un mal de amores como invitado de honor. Todas estas visitas de gente conocida y no tan conocida desbordan a la familia del finado, que ya de por sí es complicada, y dan pie a situaciones cómicas y macabras que se suceden una detrás de otra.

     El velatorio es una buena ocasión para que Clarita, la nieta más guapa que ha sido desheredada, vuelva al hogar buscando una reconciliación entre los suyos. Hace años, sus amores con un afilador de Orense causaron su deshonrosa expulsión del clan familiar. Su regreso ahora, como mujer casada con el afilador —hombre pobre como las ratas—, es suficiente para que algunos miembros de esta familia decente la sigan viendo con malos ojos.

     Fabianito, el bisnieto adolescente y aprendiz de poeta, ha presenciado cómo su bisabuelo, casi exánime, alzaba la voz interrumpiendo su viaje a la eternidad para exhalar sus últimas voluntades: “patatas, patatas”. A los pocos minutos asiste perplejo a la grotesca organización de su velatorio. El muchacho no sale de su asombro al ver cuántas cosas pueden suceden en solo unas horas, tantas que hasta él mismo ha descubierto el amor.

     El personaje a quien toda la familia espera con impaciencia infinita es al alcalde, porque creen que va a nombrar a don Fabián ‘hijo ilustre y este hecho convertirá el funeral en un funeral de altura’.

     En definitiva, Los muertos no se tocan, nene” es una obra de humor aliñada de realidad y crudeza, pero es, sobre todo, una excelente metáfora de un país y de unos años que constituyen las piedras angulares de nuestra historia. El muerto es el protagonista, pero es sólo un invitado más, en absoluto el más relevante. Y la muerte, un gran espectáculo que se viene celebrando desde que el mundo es mundo en todos los rincones y en todas las épocas de un modo parecido.

     Rafael Azcona, miembro de una generación de hombres complejos (Rafael Sánchez Ferlosio, Ignacio Aldecoa, Dionisio Ridruejo, entre otros) vivió en una época de desencanto. A su alrededor asolaba la miseria, la ruina —a veces, una ruina de la inteligencia—, y ese ambiente no fue metafórico, sino duro y real. Él supo encontrar un espejismo de bonanza a través del humor y se mostró descreído, pero profundo. Aguzó su mirada y escribió la vida con otro desenlace. Puso su virtud al amparo de los lectores. Su ternura, su rebeldía, su palabra ingeniosa y lúcida. Azcona se marchó sin haber dejado un relevo a su altura, sin duda. Nadie ha llegado a su capacidad de imaginación, su rigor intelectual y su brillantez. Os invito a que vosotros os suméis, leyendo sus obras, a este homenaje merecido.

     Buenas tardes y buenas lecturas.

rafael_azcona

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