Entrevista con Ramón Pernas

Fecha: 7 de febrero de 2017

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Ramón Pernas “El libro de Jonás”

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     Ramón Pernas nació en una orilla del mar del norte que allí llaman Cantábrico. En Viveiro, en la costa lucense. Es periodista, editor y guionista. Su actividad laboral siempre ha girado en torno a la cultura. Crítico literario y articulista en Tiempo e Interviú, columnista en Cuadernos del Norte y en la agencia OTR. Ha sido subdirector de Nueva Empresa y director de Actual. Guionista en TVE (Si yo fuera presidente) y colaborador en diversos programas de televisión. Durante diez años fue director editorial de Espasa Calpe.

     En 1999 obtuvo el Premio Ateneo de Sevilla con Paso a dos y quedó finalista en el Premio Nacional de Literatura. En 2011 recibió el XI Premio Internacional de Novela «Emilio Alarcos Llorach» por En la luz inmóvil. En 2014 el Premio Azorín por su obra Hotel Paradiso. Como periodista tiene en su poder los galardones Puro de Cora y el nacional Julio Camba.

     Actualmente dirige el Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Madrid y colabora con una columna semanal en La Voz de Galicia. Ha publicado numerosos cuentos en volúmenes colectivos, es autor de una antología poética (Poesía incompleta) y del libro ilustrado Cien años de circo en España, volumen antológico que recoge una de sus más grandes pasiones, el circo.

     Gusta del viaje y de las ciudades donde habita la nostalgia. Ama los buenos vinos, se confiesa cinéfilo melancólico y cree firmemente en el poder sanador de los libros, de todos los libros.

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El libro de Jonás es la segunda entrega de la denominada por el autor trilogía de las ausencias, cuyo primer volumen es Hotel Paradiso y se cierra con El libro de los adioses, en proceso de creación.

Le doy la enhorabuena por esta novela bella, honda y creativa. Ha escrito usted un libro que habla al lector de tú, que le mira de cerca, que le educa con la mirada.

     Muchas gracias. Yo soy un escritor de oficio, tengo un oficio largamente recorrido. No soy truculento, ésa es la mente. Procuro escribir haciendo uso de mi bagaje suficiente para poder enriquecer el discurso, haciéndolo más plural, más abierto, más mágico. Este libro forma parte de una trilogía que yo llamo de las ausencias. El libro de Jonás es el que trata los afectos en sus múltiples formas: en la juventud, en la edad crepuscular… Es un libro de amor. Del amor al pueblo, a los jóvenes amigos míos, del amor eterno, del amor sempiterno, del amor que transciende, del amor que rinde, del amor que libera…

Se nota que es un poeta. Una se da cuenta a las pocas páginas…

Con El libro de Jonás ha vuelto a Vilaponte a través de la memoria. En él habla usted de muchos lugares idílicos, el mar y ese lugar mítico que ya vimos en otras novelas suyas que es Vilaponte. ¿Cuál es ese lugar soñado en el que al Ramón Pernas adulto le gustaría perderse?

     Yo soy un hombre disperso y reivindico la dispersión. No hay lugar para siempre. Cuando voy a un lugar me pregunto cuándo voy a abandonarlo y cuando piso otro vuelvo a preguntarme lo mismo. No tengo un lugar perdurable. Tengo un origen y un destino. Mi origen es Vilaponte y mi destino serán mis cenizas aventadas en Vilaponte, pero en el medio puedo dar vueltas al mundo y reivindicarme como judío errante para encontrar un puerto de resguardo, pero no un puerto de llegada.

¿Y ese puerto de llegada no sería Italia?

     No, y no porque sería traidor a Vilaponte y sería traidor a Estocolmo y sería traidor a Luca, si eligiera un solo lugar. Yo tengo patria y matria. Tengo esposa, amante y novias, que son estos tres lugares en los que estoy hospedado. Tengo esa contradicción in termini de estar bien y cómodo en un sitio para desear salir de él, para que no te pervierta. Vilaponte forma parte de esa tríada, si existe, de lugares en los que me gustaría perderme y me siento bien allí. Son mi memoria.

Hablando de memoria, veo mucho Proust paseándose por estas páginas. Mucha memoria y mucho tiempo…

     Sí. Yo estoy muy cercano a Proust porque fue un aprendizaje iniciático. Los que leímos a Proust y lo leímos bien, recibimos un aprendizaje esencial y que dura toda la vida. De hecho, un personaje mío de la novela (Argenta) aprende en Suiza el idioma francés leyendo A la recherche

Un bello personaje, el de Argenta, que hace recobrar el tiempo perdido e impide que la vejez acelere sus ritmos… Y tirando del sedal de su memoria, ¿qué lecturas de su juventud han resistido el paso del tiempo?

     Las cito en el libro todas ellas. No he vuelto, en muchos casos, a releerlas, pero las recuerdo con cierta precisión. Son novelas de iniciación, porque de ellas pasé luego a los clásicos franceses del XIX, a la literatura rusa, etc. Son, digamos, novelas canónicas.

Algunas de ellas no las veo yo muy canónicas…

     Bueno, son canónicas en mi canon, como es el caso de Papini. Papini es un escritor que cayó en mis manos un verano cuando estaba castigado leyendo El Quijote y tenía que hacer resúmenes diarios. Entonces cogí a Papini como antídoto a El Quijote y lo recuerdo con placer inmenso porque es una novela de adultos que se me coló entre las páginas de Alonso Quijano.

Le resultaría difícil dejarlo, porque quien coge a Papini lo tiene que terminar, pues es un autor sobrehumano casi, ¿no le parece?

     Sí, sí, sí, pero como cayó en mis manos a los catorce años…

Leer a Papini a los catorce años es demasiado temprano…

     Claro, por eso. Aquello era como cometer un pecado de juventud. Es un dislate leer a Papini siendo tan joven. Y solo he leído Gog.

En esta novela asoman muchos autores (Pearl S. Buck, Machado, Faulkner, Verne, Clarín, Tólstoi, los enciclopedistas franceses, Eduardo Blanco Amor y, por supuesto, el libro por antonomasia, la Biblia). Y dígame, ¿qué autores que no vemos aparecen también en la conciencia lectora ?

     A mí me influyó muchísimo a los dieciocho años la lectura de Faulkner. Santuario y El ruido y la furia fueron dos obras que leí en mi juventud más adulta y me influyeron mucho. No tanto en el contenido como en el continente, no tanto en lo que cuenta como en la forma de contarlo. Falkner me dio una educación literaria básica. Hay muchos otros que no caben, claro. Mi formación lectora no cabe en una novela, pero los más comunes están todos ellos en el libro. Bueno, todos no. A mí me parecía mejor citar a Jack London por ser más universal, más accesible, más didáctico, que citar a Wittgenstein, por ejemplo.

     Mi generación, que ha sido muy lectora, tiene referencias plurales y hemos leído todos a los mismos autores. Diferimos en el orden de lectura, pero son los mismos libros. Por ejemplo, todos hemos leído La Regenta y Ana Karenina y, en mi caso, leí primero Ana Karenina y después La Regenta, pero casi todos hemos leído a los mismos autores.

Hábleme de su proceso creativo, ¿cómo es?

     Pues mira, tengo la cabeza llena de pájaros y cuando quieren salir abren la puerta de la jaula y sale un ave del paraíso, o un gorrión común, o un pitirrojo, ese pájaro tan bonito que tiene una marquita roja en el pecho… Van saliendo y se va escribiendo la novela. Yo escribo de principio a fin.

He leído que usted no corrige…

     Así es, no corrijo. Yo cuando termino, cuando pongo punto final le paso el texto a mi mujer que también es escritora, y ella, que tiene otra mirada, es quien me corrige, o quien me corrige algunas cosas.

El libro está lleno de magia para el lector, no sé si también para usted. A veces, oímos de los escritores que llega un momento en el que la novela comienza a caminar sola, que los personajes adquieren independencia. ¿Consigue que sus personajes están siempre bajo el manto tutelar de su palabra o se escapan de él?

     Sí, sí, los personajes son muy autónomos ¿sabes?. Lo que pasa es que yo los tutelo. La verdad es que yo tengo algunos recursos literarios que son mi escuela de ventas. A determinada edad te puedes permitir ciertos lujos como tratar a la novela desde planteamientos distintos, como hago yo aquí, que la trato desde el perspectivismo más radical y dejo que hablen voces alternativas según los capítulos. O también uno puede tener un planteamiento del tempo y del ritmo distinto.

     Yo eso lo utilizo porque me sale solo. Tengo mucho oficio. Cuando sabes hacer zapatos y eres zapatero no lo meditas, lo disfrutas. Soy como un zapatero que sabe hacer zapatos y encuentro la horma perfecta. Las frases están ahí, yo no las provoco. Salen solas porque yo conozco a mis personajes, los entiendo, sé cómo hablan y meditan cada uno de mis personajes porque hablan conmigo. Ya digo, pero es oficio y cuando uno tiene oficio ya no medita, hace lo que quiere.

¿Qué elementos han de descartarse para construir una buena novela y cuáles son imprescindibles?

     Ningún elemento puede descartar el autor, los descarta el lector. Si sobran páginas es menester que las descarte el lector. El autor no puede, ni debe, ni quiere, rematar la frase feliz, la página perfecta o el capítulo más adecuado. Yo creo que el lector debe colaborar con el autor. Ser lector no es una actitud gratis. Leer supone un esfuerzo igual que escribir. Es como un espejo que exige un esfuerzo doble, por las dos partes.

¿Y cree que eso sucede más en la poesía que en la narrativa?

     No, no… Es que en el poema se condensa demasiado. La poesía es orujo y la novela es vino. El orujo está bien en pequeñas dosis. La poesía hay que tomarla en pequeñas dosis.

Su escritura lleva una gran carga íntima y en muchas páginas he visto atravesada la daga de la melancolía. Hábleme de esa prosa poética…

     Ser poeta, después de treinta años, es difícil… Yo fui poeta, pero me daba mucho pudor. Yo creo que la poesía se cura con la edad. Hay que dejar de ser poeta lírico ortodoxo.

Decía el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro que una novela madura exige la muerte del autor. ¿Cuánto ha tenido que morir usted o cuánta vida de Ramón Pernas hay en El libro de Jonás?

     Conozco esa escuela, pero no estoy muy de acuerdo con ella. Hay mucha vida mía en la novela porque las vidas no son gratuitas ni son ajenas. Las novelas llevan una buena parte autobiográfica del autor, pues uno es producto de lo que leyó, de lo que soñó, de lo que le contaron y de todo lo que escuchó años atrás en su formación literaria.

Escuchándole viene a mí el maestro Umbral, quien decía aquello de que “todo autor escribe, a lo largo de su vida, una única novela” ¿está usted de acuerdo con esto?

     Sí, totalmente y siempre. Soy fidelísimo a mi única novela. El autor está escribiendo siempre la misma novela. Mis novelas son capítulos de una ópera omnia.

Y esa ópera omnia, ¿la escribe usted a mano o con el ordenador?

     Yo escribí mucho a mano porque creía que la pluma estilográfica —escribía en pluma— era parte de mi mano, de mi brazo y de mi cerebro, hasta que me di cuenta de que la parte de mi mano, de mi brazo, y de mi cerebro es el ordenador.

¿Se parece usted al escritor que soñaba cuando soñaba ser escritor?

     Sí, sí, claro. Yo tengo cumplidos todos mis sueños. Estoy contento conmigo mismo y me gusta lo que hago. Es más, no soy nada modesto y ejerzo la presunción legítima.

¿Qué juzga necesario pero imposible y qué juzga innecesario pero posible en la literatura?

     La literatura, en sí misma, es innecesaria, pero nos ayuda tanto a vivir y a ser felices que es imprescindible.

¿Podríamos decir que es un estado de ánimo?

     Sí, más. Es más que un estado de ánimo. La literatura es casi lisérgica. Es como tomarte tres tripis, pero diferente, claro.

Otro gran protagonista de la novela es la muerte, ¿hay muchos cadáveres en nuestras letras?

     Sí, hay muchos cadáveres, pero la culpa es de ellos. Se convierten en cadáveres porque en lugar de escribir se dedican a violar las leyes básicas de la literatura. La literatura tiene un valor social muy alto, y los autores somos básicamente egocentristas y fantasmas. Y no hay más fantasmeo que el que le den una palmada en el hombro a un autor de baja calidad para convertirlo en un sacrilegio andante.

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