“No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas” de Laura Norton

KAARMAA     Dicen que de un buen libro puede salir una buena película, si bien, en la mayoría de los casos, sale una película regular. El libro de hoy ha tenido adaptación al cine y, al parecer, ha sido bien acogida por la crítica. La película no la he visto, así que me he tragado el libro sin saber qué me iba a encontrar.

     Leído en un par de tardes, lo primero que he de decir es que más que literatura, el texto es un guión para representar. En cine, en teatro, donde sea. Lejos de una novela, lo que tenemos son unas páginas que recogen un diálogo disparatado próximo a una comedia de enredos.

     Según he sabido Laura Norton, la autora de nombre español y apellido sajón, se había dedicado hasta el momento a vivir del jugoso zumo del chick-lit, ese género que extiende uno de sus brazos a la romántica y el otro al humor más frívolo. Con No le culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas se ha intentado colar en no sé bien qué terreno. A mí me ha resultado una lectura graciosa, sin más. En un derroche de generosidad, lo salvo del fatídico destino de la quema por apoyarse en las muletas del humor con afán de tomar impulso literario, pero solo por la intención, no porque lo consiga. Hacer literatura —y más, de humor— es otra cosa. Lo suyo es una mera insinuación a algo que, por no poder encasillarse en género alguno y hacernos reír, se denomina hoy literatura de humor. Y ya digo, lo de humor pasa, pero anda que literatura…

     Como lectura de evasión está bien. Algunas páginas rompen en un estallido desternillante y su eco va retumbando en nuestros oídos co­mo trueno en la montaña, pero el impacto hilarante jamás roza lo genial. Nada que ver con el arco jocoso que trazaron nuestras viejas glorias, esos ases del humor que fueron Rafael Azcona, Mihura, Jardiel, Tono o el mismísimo Quevedo, perlas que duermen para siempre en conchas de océanos desaparecidos. Lo de Laura Morton no es un humor de hechuras literarias, para qué vamos a seguir con esto, pero es cierto que se lee bien. Entretiene y consigue que pasemos un rato divertido. O que pasemos un rato y, a veces, nos divierte.

     ¿Y qué tipo de humor nos vamos a encontrar en estas páginas, un humor fino, o más bien burdo y grosero? Ni lo uno ni lo otro. La cosa anda entre la risa chistosa y la sátira dulce. Lo que hay es un cameo, un andar buscando esa situación que, llevada al extremo, nos arranque una carcajada. Con bastante tino, en algunas ocasiones lo consigue. Es un humor fácil, muy nuestro, un humor cotidiano, de guiño inesperado, de darle la vuelta al calcetín, un humor casi blanco, muy de ahora al que, bien mirado, le sobra ese pátina de guión de serie televisiva al que yo no le pillo todos los guiños, tal vez, porque en eso de las series me quedé en La casa de la pradera.

     La historia es la caótica vida de una joven llamada Sara que, harta de no saber a qué dedicarse para ganarse el pan, decide convertirse en plumista, que sería algo parecido a llevar un negocio de diseño de tocados y adornos para la ropa utilizando como material plumas de colores. Tiene una relación sentimental con un chico llamado Roberto, pero éste lleva un año en París sin verla.

     En menos de una semana, el piso que le sirvió para independizarse de sus padres y en el que se imaginaba viviendo sola y tranquila, se convierte en una casa de acogida. Allí se instala su padre —a quien le dan crisis de ansiedad continuamente porque se acaba de separar—, su novio Roberto —que regresa a Madrid—, un amigo de Roberto con pinta de gay, su hermana, y el novio de ésta (el guapo Aarón).

     El amor que nuestra protagonista siente hacia el novio de su hermana quedó encallado en su corazón cuando estudiaban juntos en el instituto y aunque ella vive todo el día rodeada de plumas, éstas no le sirven para volar, pues esta chica se aferra a todo: a un trabajo que no acaba de despegar, a un novio que no la corresponde, etc. La desembocadura natural de su tozudez es ver cómo todo ese mundo construido por ella se tambalea… y cae.

     Laura Norton conoce la técnica que debe aplicar en la construcción de los personajes para hacernos reír. Sabe que para que un tipo resulte gracioso hay que seguir dos reglas. La primera de ellas dice que hay que caricaturizarlo, casi ridiculizarlo. La segunda, conseguir que nos resulte cercano, pero sin que podamos llegar a identificarnos con él. Así, reímos con Groucho Marx porque andar acluclillado, con un bigote pintado y gafas sin cristal invita a la carcajada, si bien nadie encuentra en él su alter ego.

     Es la risa un fenómeno extraño. Qué cosas digo. Algo completamente al margen y sin re­lación alguna con el resto de actividades humanas. No me voy a poner a filosofar aquí, pero hay textos muy interesantes en torno a la risa. Henri Bergson en su agudísimo ensayo La risa apunta que para que ésta se produzca ha de darse una momentánea “anestesia del corazón”, en otras palabras, la emoción ha de desaparecer. En esto recoge bien el testigo Laura Norton, pues sus personajes (su hermana, su padre, el novio, el amigo del novio, etc.) no despiertan en nosotros ni una pizca de compasión. Será porque allí don­de el prójimo deja de conmovernos comienza la co­media, o será porque logra que nos plantemos en un terreno distante del caricaturizado, el caso es que en estas páginas el humor fácil discurre libremente cual río en su cauce tras una copiosa lluvia.

     Frente al discurso disciplinado de una novela que no brinde hospedaje al humor, en la narrativa de No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas se da un juego comunicativo en el que Laura Norton nos entrena bien. El juego consiste en que veamos que ella no dice lo que dice, sino que creamos que somos nosotros quienes lo interpretamos así. Y con varias tablas de gimnasia de este lenguaje tonificado, casi inocente y cotidiano —nunca es faltón, soez o cáustico—, una consigue hacer músculo a una lectura jocosa a través de ese lenguaje lúdico, juguetón, festivo, a medio camino entre el lenguaje figurado y el sentido literal expresado con el que nos cita la autora.

     En muchos episodios recurre a la comicidad por contraste. En el personaje del padre, por ejemplo, el respeto se muda en irreverencia al caricaturizarlo como un friki cincuentón que, para llevar dignamente los cuernos que le pone su mujer se hace un piercing en la oreja y fuma porretes. Con estos lances el texto se acerca al ridentem dicere verum (decir la verdad riendo). A poco que agucemos el oído escuchamos lo que el padre nos está diciendo: como no puedo digerir los cuernos de mi mujer, en vez de hundirme en el lodo de la amargura o enloquecer, me largo de casa y me abandono a la dolce vita como un adolescente rebelde. Degradando sus personajes y sirviéndose de situaciones extremas a las que da la vuelta una y otra vez, la autora crea un humor basado en la degradación y en la sorpresa al lector.

     Y poco más. Como veis, para el libro de hoy no adopto un gesto casteleriano invitándoos a leerlo como he hecho otras veces. Sería para matarme. No es un libro magistral —Dios me libre—, y hasta es posible que resulte pedestre, vulgar, pero se le puede sacar punta si se abandona el crisol literario y se lee como un guión desenfadado sin pretensiones artísticas, como mero pasatiempo.

     Y repito: no busquéis tres pies al gato. Por más que tanteéis, por más que olfateéis, por más que rasquéis, no hallaréis ni un gramo del tonelaje de ingenio con el que nos obsequiaba el humor de antaño. Estáis advertidos. Sirvan mis palabras como un aperitivo del plato que os vais a encontrar si decidís hincarle el diente a este guiso. Un guiso elaborado con los mismos ingredientes que utilizaron los grandes chefs del humor, pero cocinado con el horno de hoy. Qué desastre, madre…

     Buenas noches y buenas lecturas.

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