“La boda de Ángela” de José Jiménez Lozano

La boda de.jpg     José Jiménez Lozano (Langa, Ávila, 1930) es uno de esos autores dichosos que, si fuera extranjero, lo tendríamos bien alimentado en el vivero de novelistas más brillantes. Creo, sin embargo, que este abulense reconvertido en vallisoletano, no ha alcanzado el lugar que en justicia merece. Posee una obra vastísima —y eso que comenzó su andadura literaria tardíamente— sobre la que descansan, silentes, casi mudos, los galones de mayor prestigio (Premio Nacional de las Letras, Premio de la Crítica, Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes, Premio Castilla y León de las Letras y, por supuesto, el celebérrimo Premio Cervantes, el Nobel de las letras en castellano). Escribe con amorosa precisión, logrando expresar el misticismo que se le atribuye a través de una mirada pura, libre y atenta. Más que un hombre místico es un hombre espiritual, y por ello, distinto y distante de lo superfluo.

     “La boda de Ángela” es uno de esos textos en los que se reconoce a un autor grande. Esta obra, y cualquier otra de las buenísimas que tiene, podría haberse convertido en una lectura de culto, aunque solo sea por la de cosas que nos enseña al leerla. Aquí vemos, por ejemplo, que para ejercer bien el oficio uno puede servirse de un acontecimiento de lo más cotidiano y construir una excelente novela. Lo de siempre, el estilo antes que el asunto.

     Este pequeño librito desbroza la historia de una familia común a través de un narrador testigo. Mientra los invitados esperan pacientes la celebración de la boda de una de las mujeres (Ángela) en la puerta de la ermita, el discurso narrativo, como torrente impetuoso cuyas aguas abrazan el mar, se bifurca en dos planos. Por un lado, el aquí y ahora —que vemos con verbos en presente—, y por otro, el pasado.

     El manejo del tiempo permite al narrador ser un mero observador. Y así, entre el oleaje de memeces que dicen los unos y las tormentas sin remisión que agitan el corazón de los otros, indaga dos mundos completamente diferentes y nos va contando su testimonio por escrito.

     El mundo externo (el de la boda, el del presente) es el mundo de los gestos, de las apariencias y de las palabras, pero es frívolo y mediocre —los invitados hablan de asuntos ligeros—. El mundo interno (el del pasado, el que hibrida las vivencias familiares) es el mundo de los pensamientos y, sobre todo, de los sentimientos, un universo cerrado que permanece hondo y oculto bajo la ropa festiva que lucen los protagonistas.

     El lector no conoce todos los detalles de la historia ni por qué sucede lo que sucede hasta llegado el final, porque el narrador no nos da cuenta de las cosas sino en el momento en el que éstas se producen. No es un narrador omnisciente sino un narrador testigo, ya digo. Los personajes ofrecen al narrador el clima propicio para regresar a la infancia, de tal suerte que queda envuelto en el clima de afecto del que todos participan.

     El monólogo interior es la base del discurso narrativo. En la primera mitad de la novela, el narrador utiliza la segunda persona como herramienta para esconder su yo y el presente de lo que cuenta queda enfatizado con expresiones del tipo “ya sabes”, “¿te acuerdas?”.

     Se da un abuso de laísmo y de loísmo, lo cual no es de extrañar y aparece tanto en el monólogo del narrador como en boca de los personajes. Este recurso puede ser tomado como la estrecha relación que existe entre el paisaje y el paisanaje de la obra, pues la acción se desarrolla en Ávila y su provincia.

     En el estilo voy a destacar, porque se da con mucha frecuencia, el encabalgamiento entre el monólogo interior del narrador y el diálogo entre los personajes. Esto produce una simultaneidad rítmica, ya que percibimos lo que ocurrió entonces y lo que ocurre ahora en un presente único de lectura.

     Con todo, el ritmo de la narración es lento. O muy lento. En la parte descriptiva, una tiene la sensación de que el narrador está agazapado mirando lo mismo que nosotros, y que, de repente, despierta, sale de su escondrijo y echa un vistazo, a ver qué está pasando. En los cuatro primeros capítulos el hablante en los diálogos es la madre de Ángela. Más tarde, su voz abre paso a la de Tesa.

     En los diálogos, el narrador sigue actuando como de tapado, y va descubriendo con nosotros el asunto, a nuestro lado. Sigue estandos ahí, como al acecho, oyendo lo mismo que nosotros. En contadas ocasiones, saca la cabeza con el uso del condicional. Es su modo de mostrarnos su no compromiso con lo que se cuenta, o con lo que en ese momento cuentan los personajes.

     Las descripciones de lo íntimo dan fuelle al ritmo moroso en el que queda pausada la acción. A una se le contagia la impresión de que el narrador vive en la prolongación del ambiente de su pasado y, además, parece no querer salir de él. Está aferrado a él, atado a las bridas de la dulce melancolía de la edad perdida. Solo cuando nos cuenta el dolor que le produjo la marcha de Tesa al convento, el recuerdo le incomoda. No abandona ese maridaje espiritual con una infancia dulce que tapiza su recuerdo —al hablar de la madurez, deja patente que fue una época dura, en contraposición a la felicidad que inundó sus primeros años—.

     Es obra corta y densa. Delicada, precisa, pero difícil para el lector poco avezado por las voces de los personajes y porque el discurso es muy simbólico. A través de ellos, de los personajes, observamos el espíritu de los hombres y sus cosas. Escuchamos los acordes que suenan en los oídos de sus almas y vemos el mundo que ellos ven. La gente con sus cosas  —con sus asuntos, como diría Jiménez Lozano—, dos esferas opuestas, o dos universos antagónicos. No sé bien.

     Buenas tardes y buenas lecturas.

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