“La vida cuando era nuestra” de Marian Izaguirre

la-vida1     Acabo de terminar “La vida cuando era nuestra” de Marian Izaguirre (Bilbao, 1951), una novela de pulso calmado y mirada discreta en la que he descubierto a una autora con esa habilidad poco común que consiste en encantar con buenos sentimientos. Su voz me ha resultado tremendamente cercana, casi familiar, con tal suerte que se ha ido incorporando a mi torrente sanguíneo de modo lento, cadencioso, sostenido, como si de una nota musical se tratara. Y qué agradable me ha resultado abandonarme a su tono, dejarme atrapar por su melodía.

     El nudo argumental es un viaje al mundo interior de dos mujeres que se conocen en una librería de viejo, medio escondida en un barrio de Madrid, quince años después de la guerra civil. Allí acuden cada mañana Lola y su marido, Matías, para vender novelas románticas de segunda mano, ejemplares abarquillados de clásicos olvidados y lápices de colores. Y es allí, en ese lugar modesto, en ese rincón apartado, donde una tarde del año 1951 Lola conoce a Alice, una mujer de pelo cano y abrigo de vicuña que ha encontrado en los libros su razón de vivir.

     Siguiendo la sombra de Lola y Alice, observándolas pasando frío, detenidas leyendo frente al escaparate, he viajado lejos, hasta Inglaterra, y me he trasladado a principios del siglo XX, para conocer a una niña que creció intentando saber quiénes eran sus padres. En este recorrido espacio-temporal he visto a los personajes ordenar sus recuerdos, y con ellos, sus vidas.

     Mientras celebraba haber tropezado con esta historia de nostalgia y evocación, he recordado al checo Milan Kundera en su obra “La inmortalidad” cuando insinuaba que “una novela no debe parecerse a una carrera de bicicletas, sino a un banquete con muchos platos distintos”. Fiel a este precepto, Marian Izaguirre me ha invitado a un ágape elaborado con palabras comunes y servido con ritmo cómodo. Como entrante, un librero que ama con delirio su trabajo está empeñado en promocionar un libro exponiéndolo abierto en el escaparate. Como plato fuerte, dos mujeres enlazadas por una lectura común. He paladeado la dulzura de sus deseos y el amargo sabor de sus pérdidas. Todo ello, acompañado de una rica guarnición: la honestidad como tabla de salvación, el impulso vivificante de una infancia arrebatada, la templanza de los años. Y como postre, unas almas cansadas se apoyan en otras almas también cansadas para robustecerse mutuamente. En el corazón de la mesa, he picoteado con imperioso deseo la bandeja donde se servían recuerdos protagonizados por esa depredadora voraz que es la pasión amorosa.

     Como ávida espeleóloga del mapa sentimental, el desarrollo narrativo de los personajes está impulsado por el afán de rescatar sus afectos más nobles. Todos. Esas corrientes subterráneas que forman el poso del pasado, y también esas otras que como rocas solubles van desapareciendo sin dejar rastro en la conciencia.

     La bilbaína oculta con destreza la carpintería del lenguaje y, lo hace, sin aparente esfuerzo. Hibrida voces y tiempos distintos sin adivinarse grietas. Huye de lo ambiguo, de perfiles brumosos, de diálogos extensos. No sé qué tiene su trazo que una establece pronto una relación fraternal con la historia. En el tejido amable de sus palabras una encuentra fácil acomodo.

     Prescindiendo del magma argumental que cimenta la novela, el texto es todo un homenaje a los libros, un canto a quienes desempeñan trabajos que tienen algo que ver con ellos (traductores, editores, libreros, etc.). He vuelto a pisar terreno conocido. He creído participar en las charlas apacibles en las que se menciona a Chéjov, Emily Brontë, André Gide, Carmen Laforet, Proust, Edith Wharton o Faulkner. En definitiva, he sentido correr la savia benefactora de la literatura en todo momento y me ha parecido estar contagiada de la calidez transmitida por la charla mantenida con un amigo.

     Por eso, o mejor, también por eso, haciendo mías las palabras de la autora, os recomiendo que antes de leer la primera página, hagáis descansar un rato el libro en vuestras manos. Para calentarlo. Es necesario llevarlo desnudo ante vuestros ojos. Al abrirlo, sus páginas se irán cubriendo de vuestra admiración, sorpresa, impaciencia, complicidad… mientras vais descifrando sus párrafos. Es un pequeño ritual imprescindible para saborear todos sus matices. Debéis tocarlo, recorrerlo con las yemas de vuestros dedos hasta que podáis reconocerlo. Palpad su portada, comprobad su grosor, para que os conozcáis mejor. Una vez hayáis captado su textura y os hayáis impregnado de su aroma, leedlo, naturalmente.

     Y si al acabarlo os entran unas ganas tremendas de ir a la librería, colgaros del brazo del librero, y deambular por las calles de vuestra ciudad soñando con esa historia que ya habéis hecho vuestra, significa que habéis tropezado con un verdadero hallazgo.

     Buenas tardes y buenas lecturas.

Marian Izaguirre

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