“La puerta” de Magda Szabó

lapuerta.jpg      Hoy recomiendo “La puerta” (Premio Fémina 2003), una novela de altísimo nivel literario escrita por Magda Szabó, autora de origen húngaro cuya carrera merece la pena conocer. Se trata de una fabulosa narración psicológica, cargada de tanta espesura y tanta fuerza que he sido absolutamente incapaz de dosificar mi lectura. Esquilmando horas al sueño, he consumado un placer como pocos, pues pocas cosas me seducen más que penetrar en el cosmos de nuestras emociones a través de las letras. No hay aventura más fascinante. La he leído con avidez bulímica y la feliz certeza de que iba a disfrutarla. Así ha sido. Apenas entré en ella, me desplomé en el torbellino de sus páginas porque advertí la maestría con la que la autora sabía mirar, desde la altura que nos dan las palabras, lo más hondo de nuestro ser.

     Magda Szabó (1917-2007) es, cómo decirlo, de esas autoras que ejercen el oficio con esa elegancia expresiva que crea un vínculo inmediato con el lector y despierta para siempre nuestra reverencia a su obra. Es dueña del fino don de pisar el recinto privado de lo íntimo produciéndonos una sacudida en el centro del pecho. Posee la agudísima mirada de S. Zweig y la exquisita precisión de S. Márai. Su prosa es impecable, pulidísima, roza lo sublime. No puedo más que rendir pleitesía a su esmero y pureza. Y como de puertas va la cosa, me tomo la licencia de metaforizar el soberbio estilo de la húngara diciendo que su modus operandi consiste en dar giros y forcejeos a la llave maestra de la palabra, engrasar el verbo y servirse del lenguaje para desvencijar los cerrojos que blindan nuestra conciencia.

     Como ocurre con las novelas que nos roban el aliento, resumir qué cuenta “La puerta” es sencillo, pero hacerlo desgranando el argumento es dejar que lo esencial se escurra por el sumidero de lo superfluo, pues es obra de gran riqueza. Magda Szabó, convertida en narradora, traza una crónica autobiográfica de la relación que existió entre ella y su sirvienta Emerenc Szeredás. Una relación tremendamente enigmática, contenida y hermética, que el tiempo irá robusteciendo y mudando, hasta convertirse en una relación que hundirá a una y otra en el más angustioso abismo.

     Los personajes están amasados con el barro literario de quien sabe cómo conseguir que nuestro corazón se estire y encoja cual acordeón en día festivo. Empezamos a leer y pronto sabemos el desenlace, pero nos aferramos al texto con entusiasmo porque lo que nos guía es desvelar, no conocer, qué sucedió. La intención de Szabó no es despertar nuestro anhelo de saber qué pasó, sino avivar nuestra atracción por lo que esconde el personaje misterioso de la criada: queremos saber cómo es Emerenc. Ahí está el matiz.

     Para urdir la trama se sirve, valga la desmesurada expresión, de un monstruo temático de tres cabezas: el afecto, la pasión y la muerte. Esta trinidad encefálica transita por la novela univitelinamente, con las manos entrelazadas, y llegado el momento, amenazan con la misma hacha asesina.

     Emerenc tiene casi ochenta años y una personalidad de lo más peculiar. Sus manos huesudas están cansadas de tanto bregar, su mente es brillante —aunque profese una aversión extrema a las letras— y su vitalidad bastante superior a la de una joven. Gobiernan su carácter la confusión más irracional, la improvisación y, lo más importante, la bondad más auténtica. Clasifica a la gente según pertenezca al bando de quienes trabajan (los que barren) o al de quienes mandan sobre los que trabajan (los que no barren). No es devota de ninguna creencia religiosa, ni falta que le hace, pues practica la filantropía a diario y en grado superior al de cualquier personaje bíblico. Su vida es una continua obsesión por ocultar el abultado fardo de su pasado. Guarda con extremado celo lo que piensa, lo que hace y lo que siente. Este secreto, cuyo velo irá descorriendo cada capítulo, guiará su existencia y avivará las brasas de nuestro interés hasta que prenda la fogata.

     La originalidad del proceso creativo no puede ser mayor. Elige un objeto común, la puerta —concretamente, la de su casa, esa que permanentemente está cerrada— y la convierte en el símbolo de la identidad de Emerenc. Tomando este virtuosismo fabulador como guía, inicia un minucioso rastreo por la estructura psíquica del ser humano que hace de la novela un gozoso nirvana que invita a no salir de ella. No podemos salir, no sabemos salir, y es que, naturalmente, no queremos salir. 

     Estas páginas exploran, insisto, el territorio afectivo. Concretamente, las consecuencias de la incesante búsqueda del cariño, esa emoción desarticulada por excelencia que igual viene que huye de nosotros como gráciles corzas asustadas y que conduce, a veces, a comportamientos extraños. Pero también se adentra en las sinuosas sendas de la culpa, de la soledad, de la humillación y del fleco del dolor, que tanto cuesta levantar, por citar solo una pequeña parte del equipaje de debilidades que nos definen. En el lienzo de Magda Szabó todas ellas adquieren mayor relieve y se tornan más humanas.

     La fabulosa construcción de los personajes se me antoja muy próxima a lo que Henry James sostenía como criterio decisivo en la elaboración de una novela. El maestro decía que la intriga debe emanar de los personajes. Esto es precisamente lo que consigue Zsabó. Lo más frecuente en los best-sellers es, sin embargo, que los personajes emanen de la intriga. La diferencia parece un juego de palabras, pero es sustancial a la hora de narrar, porque donde mande la intriga los personajes estarán necesariamente al servicio de ella y no tendrán mucha vida propia. Es posible que alguien me diga: «¿Y acaso no es un personaje irreal una puerta?». Sí, lo es, pero porque es simbólico, no porque sea de madera. Los personajes simbólicos son muy interesantes porque contienen la esencia de lo que representan (la intimidad de Emerenc). La intriga que emana de los personajes emana de su complejidad, aunque ésta sea simbólica, no de su simpleza. Precisamente cuando son simples es cuando se supeditan a las necesidades de la intriga y el proceso creativo se derrumba cual castillo de naipes.

     Otro de los destellos de esta deslumbrante narración es la inversión de papeles y valores que va forjando la relación ama-sirvienta. A los roles de autoridad/sumisión se les da una vuelta de calcetín, pero es el plano moral, mucho más decisivo siempre, el que se ve más afectado. Será la criada (Emerenc) quien entroniza ese lugar preeminente en el que descansan las buenas acciones, mientras la dueña de la casa (Magda) ocupa un peldaño mucho más inferior en este podio. Si tenemos en cuenta la carga simbólica del relato, el personaje de Emerenc representa la figura de Jesús. Se me antojan demasiadas coincidencias para que no sea esta la intención de la autora. El padre de Emerenc se llamaba José y era carpintero, ella predica con el ejemplo la palabra de Dios con acciones que son de una generosidad desbordante y se muestra descreída con la institución de la Iglesia, es mujer que vive para los demás —se diría que no tiene nada suyo— y finalmente, a su funeral asistió tanta gente que parecía que Emerenc hubiera tenido doce hijos.

     Probablemente, dentro de muchos años se salude a este libro como uno de los más valiosos de la literatura europea, tal es su enjundia. “La puerta” es una de las obras con mayor magnetismo que he leído en los últimos años. Hay novelas que me gustan, otras me interesan, también las hay que me entretienen y solo unas pocas me secuestran. Busco siempre esas que, con la secreta alquimia de la creación, anudan pasiones. No estoy segura de andar por el camino acertado. Tal vez, lo que haya que buscar son aquellas que las desanuden.

     Buenas tardes y buenas lecturas.

Zarin-Magda-Szabo-The-Door.jpg

8 respuestas a ““La puerta” de Magda Szabó

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