“El primo Basilio” de José Maria Eça de Queiroz

BASILIO     Hoy recomiendo “El primo Basilio” del portugués J. M. Eça de Queiroz (1845-1900). Junto a “Madame Bobary”, “La Regenta”, Ana Karenina” y la menos conocida “Effi Briest”, completa las novelas de adulterio del XIX.

     Comparándola con ellas, sobre todo, si se trata de “La Regenta”, el escritor luso sale perdiendo. Claro que la obra de Clarín no tiene ni un gramo de desperdicio. Se mire por donde se mire, se abra por donde se abra, se lea por donde se lea. Con ese pórtico glorioso de “La heroica ciudad dormía la siesta” y ese final insuperable, broche simbólico, del sapo —la perversión del sexo— saliendo de la boca de Ana Ozores. Pues bien, si lo comparamos con Clarín, o mejor, si comparamos “La Regenta” con “El primo Basilio”, en Queiroz se aprecia levadura de escritor de menor talla. Los críticos reconocen su riqueza como narrador en “Los Maias”, aunque personalmente, lo descubro inmenso en “El mandarín”, preciosa fábula que educa en la bondad, cuya lectura dejó en mí un lacre perenne. Comparaciones a un lado, el portugués es también narrador grande, con mucho encanto. Veamos donde se encuentra este encanto.

     En “El primo Basilio” elabora un espejo de costumbres, algo caricaturizado —con la caricatura que da el molde del naturalismo—, de la sociedad lisboeta de la época y construye un retrato fabuloso de la dimensión enajenante de la pasión amorosa.    

    La novela arranca con Jorge, ingeniero de aspecto elegante, plácido carácter y pocos atributos sentimentales que, al morir su madre queda sumido en una lánguida melancolía. En esas está, cuando Cupido le hace caer rendido frente a Luisa, una joven de apasionado temperamento y dudosa moral, con quien se casa al poco de conocerse. Unirse en matrimonio significa la entrada en una vida nueva para él y, para ella, paladear el poético deseo de disfrutar intensamente del amor.   

     Tres veranos después del enlace, Jorge abandona Lisboa por motivos laborales y su mujer queda en casa sin hijos que cuidar, ni tarea que hacer, salvo pasar las horas bostezando por todos los poros de su cuerpo. La única compañía que tiene es la de Juliana —su criada de confianza— y la de Juana —la cocinera—. La marcha de Jorge coincide con la llegada, desde Burdeos, de Basilio de Brito, primo lejano —y también, novio lejano— de Luisa, quien pisa tierras portuguesas auspiciado por la obsesión de (re)conquistarla. Ella descubre en su primo virtudes que se le antojan extraordinarias, cualidades de un dios que sabe lo que ella necesita. Así de fértil, así de ingenuo —quien esté libre de pecado que tire la primera piedra— es el desierto del amor.

     Las insinuaciones lascivas de Basilio abonan la seducción mutua y los amantes se precipitan en buscar un nidito donde apaciguar sus ardores. Y como nada mata más el deseo que su consumación, las citas clandestinas entre los amantes, en vez de robustecer el amor, acaban con él. La anuencia de Luisa a los besos, abrazos y otros magreos de su primo se evapora con la premura de una fragancia barata. Basilio es un tipo muy egoísta, un hombre que la desea, pero no la quiere, y ella se cuestiona si merece la pena permanecer en las encenagadas aguas del engaño a su marido.

    Alcanzado el meridiano de la novela, asoma el testuz Juliana, personaje de honda pisada en la trama, que representa la maldad y la envidia del ser humano. Su agriado carácter la hace merecedora de apodos como “Yesca Seca”, “Haba Quemada” o “La Sacacorchos”. Envidiosa, fea y perversa, no se acostumbra a servir y no hace otra cosa que encizañar allá por donde pisa. La humillación que siente por ser la negra de la casa, la que trabaja noche y día para que no falte de nada, explota en un acto de venganza contra Luisa. Roba una carta de amor —carta, en singular, que, andando la novela pasa a ser cartas, en plural— nacida del idilio entre los amantes y pide dinero a Luisa por su rescate. A partir de ese momento, se tensan al máximo las cuerdas de la relación que existe entre Juliana-Luisa-Basilio porque la cantidad demandada es desorbitada. Comienza la asfixia psicológica de Luisa.

     Por su parte, Jorge, lejos de su mujer, conoce otros brazos y el calor de sus deseos prende en ellos. Al regresar a casa, le espera una Luisa martirizada por los deseos de una Juliana más facinerosa que nunca. Con sus chantajes, ha conseguido doblegarla primero y suplantarla después. Harta de pasar privaciones, quiere disfrutar el resto de su vida de todo tipo de comodidades y exige a Luisa que se las proporcione (muebles nuevos, ropa cara, etc.). A los ojos de Jorge, el colmo de la maldad de Juliana es verla refocilándose de tener a Luisa a sus pies y, como cortafuegos a la venganza servida por Juliana, decide echarla a la calle. 

     La resolución del conflicto entre los personajes y el precio que cada uno paga por la actitud que adopta, está lacrado en los capítulos finales. Juliana tiene los días contados, física y psíquicamente, pues además de padecer la soledad más recalcitrante, padece mucho del corazón. Por su parte, Luisa se convierte en ese ave que lanza un nostálgico trino por esos años felices de matrimonio que no volverán y pasará sus últimos días intentando expiar la infidelidad a su marido. Y Basilio, el seductor sin escrúpulos que marchó de Lisboa, volverá. Tan ricamente. Si queréis saber qué panorama se encuentra y cuál es su reacción, deberéis agarrar la novela y descubrirlo vosotros mismos. Creo haberme extendido, desvelando más de lo que acostumbro y quiero.

    Y ahora, unas palabras que tienen que ver con el temperamento femenino, ese que vemos dibujado con idéntico trazo en las novelas de adulterio emblemáticas en la época. Ana Ozores, Emma Bobary, Ana Karenina y Luisa forjan una tipología de mujer, cuyos rasgos son: ser apasionada en extremo, amar de un modo impaciente, desfallecer si no se tiene a un hombre al lado y una retahíla de manifestaciones nerviosas con las que viste la conducta y disfraza el corazón. Grititos, desmayos, llantos, crisis de angustia y otros aspavientos, son algunas de estas alteraciones, míticas ya, con las que nos vamos a encontrar. Deambulan por la placenta de la narración del XIX como hebras sueltas de esa patología que Freud denominó histeria, tan ligada al género femenino en todos los tiempos y que no tiene otro objetivo más que el de llamar la atención.

     Hacer de este rasgo de la mujer, enferma de los nervios, un aspecto nuclear en la trama tiene mucho que ver con el estilo naturalista de la época, que tanto gusta de ventear las debilidades humanas. Y lógicamente, extiende su aliento sobre los pliegues de la narración. Queiroz cubre a todos los personajes con el manto del naturalismo, sin excepción. Alejados de virtudes éticas o morales, poseen almas construidas con el barro de la mediocridad. En ocasiones, el portugués abusa del aspecto lamentable de estas almas, llevando al extremo la patología. Los trastornos nerviosos de Luisa y JulianaLuisa muere delirando por la angustia y el chantaje de Juliana— son un buen ejemplo, pero lo esencial aquí es ver que la mediocridad tizna a todos, repito, estamos en el naturalismo. Incluso la mirada de la conducta sexual, como elemento central de la novela, se observa a través del caleidoscopio naturalista, pues no se trata de un erotismo deleitoso y agradable, sino que es la manifestación de una enfermedad social, de la suciedad y del vicio que existe en la gente. Esa es la clave. Por lo demás, la narración fluye con amenidad y se reconoce el manejo del estilo indirecto libre creado por Flaubert y que tanto se ve en “La Regenta”, pocos años antes que en “El primo Basilio”.

     Y hasta aquí mi recomendación de “El primo Basilio”, una historia bautizada por Eça de Queiroz como un episodio doméstico, que tiene el aliciente de desabrochar cómo son las almas cuando caen en la vileza de la mediocridad. A los diletantes de novelas de trasuntos psicológicos, de seducción y deseo, de sollozos por el adulterio, les gustará mucho. Gozarán con ella por su factura narrativa y, desde luego, por tratarse de un clasicazo.

     Buenas noches y buenas lecturas.

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7 respuestas a ““El primo Basilio” de José Maria Eça de Queiroz

  1. Novelas magistrales donde las haya y protagonistas femeninas que han pasado a la historia con nombre propio.
    Para mí no son novelas de adulterio, ni de mujeres histéricas que dan grititos y se desmayan; son mujeres que creen en el amor y van tras él cuando creen haberlo encontrado, sacrificándolo todo. Pero son víctimas de su época y de hombres pusilánimes y aprovechados. Lo dicho, grandes novelas( yo añadiría Rojo y Negro de Sthendal ) grandes protagonistas femeninas y grandes autores, hombres por cierto, que supieron ver el alma de sus personajes

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    • Gracias por su aportación, pero sí, son novelas de adulterio. Así se las denomina. Y desde luego, en todas ellas sale la histeria de la mujer como rasgo dominante en su carácter. Otra cosa es que no nos guste o no queramos verlo, pero es tan evidente que desde que se escribieron ha sido objeto de estudio por grandes pensadores.

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  2. Hola, quisiera saber si la novela de Kate Chopin, El despertar (1899), pertenece al grupo de novelas decimonónicas que catalogas, ut supra, de adulterio. De ser así, entonces también habría en lengua inglesa una representante de éste género. Reconozco que no he leído esta obra pero si algunas de las que citas. Para mí la mejor es Madame Bovary. Excelente blog, me ha gustado la reseña.

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    • No sé decirte. Es novela de adulterio, pero no la he leído y no sé contestarte. Muchas gracias por tu aportación. Y coincido contigo. También para mí “Madame Bobary” es la más conmovedora, la más perturbadora, sin desmerecer al resto, que son narrativamente fabulosas.

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