“La memoria de la piel” de David Grossman

POrtadaMemoriapiel.jpg      Hoy recomiendo “La memoria de la piel” de David Grossman (Jerusalén, 1954), dos historias de amor cosidas por la pasión más desenfrenada, una pasión atada y anudada por las desobedientes bridas de la seducción.

     La primera de ellas, “Delirio”, narra el viaje en coche que emprende un hombre acompañado de su cuñada. Va en busca de su esposa, obsesionado con que tiene un amante. Tiene la certeza de que ella ha creado un territorio propio junto a otro hombre y que es plenamente feliz entrando en ese territorio, nada más ni nada menos que durante diez años, cincuenta minutos al día. El marido, herido de muerte por el fiero zarpazo que ha desgarrado su alma, convierte la travesía en un ir descifrando qué encantos tiene el afortunado para haber conseguido arrebatarle a su mujer. 

     A través de una prosa embriagadora, Grossman sabe cautivarnos al desgranar los infinitos matices del amor. Sin exuberancias, se sirve de elegantes descripciones bañadas de erotismo y sensualidad, voces que se superponen encendiendo otras voces, susurros que insinúan pasiones y dolorosos deseos. Resulta muy interesante cómo los personajes intentan explicarse —y explicarnos— cómo se puede vivir el amor desde la otra orilla, la del amante. Y aún más, cuando se descubre que el amante es un hombre íntegro en todas sus manifestaciones, se diría que un tipo normal y corriente, a excepción claro está, de que su única meta es esperar a que ella acuda, prepararse para ella, vivir por y para ella.

     El segundo texto lleva por título el que da nombre al libro, “La memoria de la piel”. Aquí traza el perfil de una escritora de éxito, mujer amargada, sola y llena de miedos. Nos introduce en la aventura que vive su moribunda madre con un adolescente y su lectura destila una fragancia narrativa menos seductora que “Delirio”.

     Grossman tiene una prosa embaucadora, una pericia extraordinaria para ahondar en las fosas del sentimiento amoroso sin añadidos ni deformaciones. No sé si a conciencia o sin ella, el israelí emerge discretamente y se preocupa de entender al otro. Su voz seca, como si cortara las palabras a finas rebanadas, llega a lugares donde, tal vez, no quiere llegar. Nos advierte del fuego de los celos, del perfil quebradizo de la obsesión amorosa y en estas dos historias lo hace a través de gente que cuenta historias a otra gente.

     Es un experto en hablar de la soledad, y de su envés, en contar cómo puede llenarse el vacío una vida. Al principio, muy despacio, como finísimo arroyo que viene de lejos, crece vigoroso y consigue inundarlo todo. No abundan las descripciones, pero sí la creación de atmósferas de las que el lector no quiere salir. Utiliza el erotismo como ropaje, la seducción como saya que cubre el pudor de las palabras. Los personajes, a través de confidencias encadenadas y poca acción, descubren las acometidas de la pasión, sus vivos colores, sus cálidas luces y sus dulces venenos.

     Altamente recomendable para quienes disfruten del vertiginoso idioma común del amor y sus infinitos dialectos.

     Buenos días y buenas lecturas.

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