“Las ganas” de Santiago Lorenzo

las ganas portada     No sé por qué, en días tórridos soy proclive a escoger lecturas que desempaquen comicidad, como si el humor, que tantas cosas redime, fuera capaz de hacer desaparecer la bruma del calor.

     Santiago Lorenzo (Portugalete, 1964) viene del cine y lleva publicadas cerca de media docena de obras. Yo lo descubro en esta. “Las ganas” es su tercera novela y en ella moldea el humor que busco, que no es otro que una manera literaria y limpia de contar las cosas. Tiene la virtud añadida de ser muy castizo, sin voces ni giros ajenos a nuestra lengua. Cultiva un absurdo próximo al de clásicos como Jardiel Poncela, Tono, Mihura, o Rafael Azcona, y una ironía cercana a la de contemporáneos como David Lodge o Eduardo Mendoza y, a veces, solo a veces, concede algún guiño cómplice a mi adoradísimo Ramón Gómez de la Serna. De todos ellos tiene algo, que es decir mucho. De los registros en común con los grandes, que a una le llegan como pálidos ecos al leerlo, asoman con mayor relieve el dominio del lenguaje, la fantasía desbordante y el motivo absurdo de los temas.

     Su sello como narrador en “Las ganas” es la creación de tipos abollados a quienes imprime una mirada ridiculizante. El personaje central es Benito Bernal, un desgraciado esférico, o lo que es lo mismo, un tipo poco agraciado se mire por donde se mire. Tiene la peculiaridad de ser no feo, sino muy feo, y ese rasgo físico que tanto lo distingue anticipa la función que va a desempeñar en la novela. Aunque se dice que los hombres ligan con cualquier cosa menos con la cara, Benito es excepcional también en eso y explica que lleve tres años de sequía sexual. Sus amigos tratan de ayudarle, pero el tiempo pasa por él y las mujeres de él. Su problema es irreversible, pues ni siquiera puede solucionarlo con dinero. Benito es pobre al extremo y sus exiguos ingresos no le alcanzan para pagar a una ramera. Y aunque la pura realidad le es hostil, él no pierde el ánimo jamás. Se levanta esperanzado en que un día mudará su suerte y disfrutará de los placeres que proporciona una bella dama. Una sigue leyendo y descubre que la cosa se va complicando de forma y manera que no voy a desvelar aquí, naturalmente. Solo añadiré que Benito vive pendiente de que una empresa incorpore un producto milagroso para la madera que él ha bautizado como “mocordo”.

     Por la novela desfilan otros personajes que, siguiendo la estela del desdichado de Benito, empujan una vida de desguace. Tratan de enterrar sus miserias como pueden, pero lejos de conseguirlo, van de batacazo en batacazo.

     Benito ingenia mil y una treta para sobrevivir al naufragio amoroso, pues la escasa fortuna no mitiga sus ansias de estar con una mujer. Lo interesante es que mientras el tipo bate su suerte en este naufragio, Santiago Lorenzo hace navegar al lector por el bienhechor caudal de la risa. Lo consigue con un excelente uso del lenguaje y ¡oh, sorpresa! alternando el léxico académico con palabras recién estrenadas. Es la vitola de “Las ganas”. Estrena palabras. Inventa palabras. Y además, lo hace bien. No son malsonantes ni pisan terrero grosero. Lo suyo es una sustitución del tablero donde se crean las palabras por otro mayor, pero sin salirse del juego limpio. Repito, escoge palabras nuevas que, aunque suenen extravagantes, no son chabacanas ni soeces. Una acepta con absoluta naturalidad, con absoluta aprobación, las extravagancias de Benito. Esa es la cosa.

     Buenas tardes y buenas lecturas.

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