«Los besos» de Manuel Vilas

Escribir poesía en prosa es tan difícil como escribir versos sujetos a métrica. A veces, incluso más difícil. En «Los besos», Manuel Vilas (Barbastro, 1962) consigue captar el latido de la vida con palabras enjaezadas de lirismo. No sé hasta qué punto la propia vida es la que le dicta el mejor modo de plasmar una historia, pero aquí la pasión por una mujer le dicta que la prosa poética cuenta más porque contiene más belleza, que es de lo que habla la novela.

El escritor aragonés nos obsequia con una arrebatadora historia de amor gestada en plena pandemia de coronavirus. Una historia optimista, cotidiana, con principio y fin, tan idealizada como la de Cervantes en el Quijote y, sobre todo, muy bien contada.

Salvador es un jubilado de la enseñanza que, a sus 58 años, se retira a una cabaña cómoda y agradable en el medio del monte para pasar la cuarentena. Rodeado de naturaleza y una tienda de ultramarinos, la tendera que le atiende coloniza su corazón de forma fulminante. Prende una llama de ilusión y vitalidad que caldeará su alma con el calor que necesita. Montserrat tiene quince años menos que él y una belleza estratosférica, es la mujer más bella que Salvador ha visto en su vida. Su alma la estaba esperando y, al encontrarla, se ha hecho visible.

El amor de Salvador por Montserrat es un amor adulto. Adulto y esperadísimo, como la confesión de un secreto. Amor rotundo, devastador, una ilusión convertida en realidad que viste de sentido su vida. Nada tiene sentido sin amor. Sin besos. Para eso venimos al mundo, para enamorarnos hasta morir de locura (pág. 39). En pocos días, cae rendido a los encantos de esta tendera como un quinceañero. Cómo es posible a sus años. Motserrat le ha deslumbrado. Le ha hecho perder el juicio, como le sucedió a Don Quijote con Aldonza Lorenzo. Pero Don Quijote no se casó con Dulcinea. Salvador tampoco lo hará con Montserrat. Hasta ese punto existen similitudes entre ambos. Salvador regresa al texto cervantino con frecuencia. Se ve reflejado en el Caballero de la Triste Figura, pues el amor también es fantasía, imaginación e irrealidad. Cuando está con su amada, a quien él bautiza como Altisidora, se sumergen en un universo propio. Un universo fantástico, imaginado. Fuera, el virus. Los infectados. Los muertos. El corazón se les desborda de ternura y belleza. Y, como un misterio no revelado al mundo, los amantes pueden ver sus almas.

Con un estilo limpio y conciso la novela deslumbra por su eco umbraliano. El Umbral de «Mortal y rosa», de «El hijo de Greta Garbo» o de «Las ánimas del purgatorio». Es ese contar sin necesitar apenas personajes. O con el único personaje de su oficio. También me recuerda a Umbral por reivindicar la metáfora. Por su forma de puntualizar (frase corta y cambio de párrafo). Por su intimismo. Y, sobre todo, por desligar el estilo de lo literariamente sugerido. Al estar leyéndolo, se me ha antojado un escrito confesional. Ficcionado, novelado, el torrente de amor que baña estas páginas me ha llegado con la viveza e intensidad de una historia real. Cuando entra en el alma de Montserrat a través de sus pupilas. Cuando dice que tiene una edad espiritual digna de amor. Cuando se exalta al ver las manos de ella y podría pasarse cien años mirándolas. Cuando camina sin vértigo por el acantilado del deseo. Y cuando un beso se anuda con otro beso, en una cadena infinita. Eso es amor. En la ficción y en la vida.

A veces, también asoma la ironía, esa ternura de la inteligencia, que diría don Paco. Ya digo, es muy umbraliano. Cómo no voy a recomendarlo. Las historias que ahondan en el enigma del amor son recomendables. Casi siempre. Y las que tienen alguna sombra de Francisco Umbral, siempre.

Buenas tardes y buenas lecturas.

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