“El balcón de invierno” de Luis Landero

balcon     El balcón de invierno de Luis Landero no se sabe bien si es una novela, una autobiografía o un libro de memorias que relata la crónica de una familia o de una época. El autor ha reconocido que, al empezarlo, quería escribir una novela, pero se sintió desanimado ante la perspectiva de dedicar algunos años a una novela con la que no conectaba. De modo que, a poco de empezarla, abandonó el género novelesco y le salió esto, una suerte de memorias escritas en excelente tono íntimo o, lo que es lo mismo, una historia de su vida muy bien contada que empieza como una novela.

     Landero intenta recrear la belleza de lo bello. Persigue recuperar el pasado de un modo apacible, aunque el lector sepa que algunos episodios no fueron vividos con esa placidez deseada. Y en ese rescate vital, de tiempo y de dolor, llena estas páginas de infancia. Como decía mi queridísimo Umbral “el pedaleo de la infancia dura toda la vida” —¡ay, don Paco, cuánta razón!—, y Landero en estas páginas se recrea en ella dibujándola como la época más feliz de su vida, tal vez porque “a veces el pasado no acaba nunca de pasar” (pág. 90).

     El lector queda pronto seducido por la sencillez de su escritura. Este autor que tanto habla de la magia de la palabra, despliega sus secretos ocultos de gran prestidigitador deleitándonos con trucos malabares (literarios), cuyo manejo heredó del caudal de historias que le contaban su abuela y su madre. Esas historias poblaron su infancia de fantasía y las recupera para escribir desde la sinceridad, desde lo necesario, desde lo esencial. Landero vuelca lo esencial de su vida —de un modo apacible, insisto— y si uno tira de esa hebra esencial, claro, va saliendo todo.

     “Como en todas las vidas, en la mía ha habido unos cuantos momentos esenciales, deslumbrantes de tan reveladores, que te sacan del alma las verdades más hondas y escondidas, y que de pronto te dicen más de ti mismo y del mundo que todos los libros y la sabiduría de los maestros, y que ya se quedan en la memoria para siempre, haciéndose fuertes en ella contra todo tipo de asaltos de la inteligencia, de razonamientos y remedios, y señoreando en el pasado a su capricho y a su arbitrio, indestructibles, crueles, sordos a toda súplica” (pág. 64)

     Sin abandonar ese alma de poeta que iba a forjar al escritor maduro que es, narra con amenidad cómo fue su juventud en el madrileño barrio de la Prosperidad. Recuerda anécdotas como la promesa que hizo a su padre de que iba a ser un hombre de provecho y esos años en que aprendió a tocar la guitarra y estuvo dispuesto a tirarlo todo por la borda porque quería vivir de ella.

     Se detiene algo más al recuperar cómo nació su vocación de escritor. Cuenta que él vivía en una especie de estado silvestre, al margen de todo canon cultural (“en mi familia no había nadie con estudios, ni siquiera el bachiller elemental” -pág. 47-, “nunca tuve amigos cultos ni traté con gente aficionada a los libros” -pág. 125-) y se enamoró de la poesía. De este enamoramiento con la poesía vino un idilio con la lectura y con los libros en general, idilio que no terminaría jamás.

     Sabía que su vida iba a ser distinta porque él miraba las cosas desde un ángulo diferente. Con la quejumbre de sentirse huérfano de mundo, Landero descubre que no podía vivir una realidad ajena a la realidad de las palabras. En definitiva, cuando se apoderó de él el misterio de ser escritor supo que jamás se apartaría de la creación literaria. La escritura le descubrió cosas que no sabía que tenía en su interior. Y qué es escribir sino descubrirse a uno mismo, al menos, escribir de la forma en que lo hace Luis Landero, autor de los que con rigor e imaginación es capaz de convertir en grandes historias sus experiencias más profundas.

     Un fragmento precioso recoge bien esta experiencia temprana a la que me he referido:

     “Las palabras acudían solícitas al reclamo de algo oscuro que yo quería decir y que no sabía lo que era hasta que ellas, las palabras, venían a revelármelo. Era como un milagro, como los raptos místicos o las apariciones celestiales, y bastaba concentrarse en algo (…) para que al rato un vocablo saliera a mi encuentro y surgiese como por arte de magia el primer verso, y luego otro, y otro (…)” (pág. 86).

     Como un Robinson ávido de aventuras, en algunas páginas vuelve la mirada al mundo rural de sus años de infancia y nos acerca a esa riquísima cultura campesina de transmisión oral hoy desaparecida. Algunos pasajes que retratan al pueblo extremeño en los años 50 y, sobre todo, el uso de un léxico en desuso (“chinero”, “pellica”, etc.) hace que acuda a mi recuerdo Los santos inocentes de Miguel Delibes. Curiosamente, la película se grabó en Alburquerque, pueblo natal de nuestro autor.

     Luis Landero fue Premio de la Crítica en 1989 con su primera novela Juegos de la edad tardía. Más tarde publicó Caballeros de fortuna, El mágico aprendiz y El guitarrista entre otros libros. He sabido que escribe a mano, en un atril y en cada folio deja un margen para dibujar (“me ayuda a concentrarme”). Cada uno y sus cadaucunadas, que diría Unamuno. Siempre tiene a mano varios colores. “Es que, en realidad, a mí me hubiera gustado ser carpintero. Porque me atrae el trabajo manual y el olor de la madera”, dice. En el libro que hoy recomiendo ha escogido el nombre de balcón en el título porque balcón “es ese espacio intermedio entre la calle y el hogar, la escritura y la vida, lo público y la privado, lo que no está fuera ni dentro, ni a la intemperie ni a resguardo” (pág. 31), pero, lógicamente, puede leerse El balcón en invierno en cualquier época y en cualquier sitio. Y qué bobada es ésa, diréis. Lo que trato de expresar es que el texto lleva algo incómodo el título o a mí me lo parece. Simplemente, es un libro que intenta celebrar la vida en cualquier estación y en cualquier lugar.

     Podemos pensar que, para un escritor, no hay vida mala ni buena sino vida bien o mal contada, aunque haya quien crea —creo que fue Trapiello— que si la vida ha sido mala no hay forma de contarla bien. Bueno, pues ésta es de las primeras, una vida bien contada que me ha gustado muchísimo, sí, aunque no me haya contado casi nada. He dado con él un breve paseo sentimental por su biblioteca y me he sentido una privilegiada. He paladeado sus párrafos con sabor proustiano como si en algún momento fuese a aparecer en ellos algún rincón de Combray o la señora de Guermantes. Y por si esto no fuera suficiente obsequio como lectora, además, he sentido la atmósfera tibia de su intimidad, me ha enamorado la banda sonora de su memoria y sobre todo, esa manera suya de narrar sin prisas, de querer escribir algo sin decidirse todavía hasta que, al fin, con la herramienta del lenguaje sabe remachar y dar bella forma a lo intuido.

     Luis Landero no ha escrito una novela, como él mismo dijo al publicarla, sino que nos ha invitado a un viaje de peregrinación por su alma. Un viaje que es un refugio seguro al cálido cubil de las palabras y si se hace con la mirada de no esperar que suceda nada, con el único deseo de permanecer a su lado durante el paseo, todavía mejor.
     Buenas noches y buenas lecturas.
 landero

 

 

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