“La orquídea blanca” de Enca Bouzas

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     Hoy recomiendo una novela escrita con la tinta del corazón, trazada y construida desde la propia vida, y novelada sobre la inevitable arquitectura de la ficción. Lo que sucede en “La orquídea blanca” ocurrió en realidad, a una mujer, Sofía, su protagonista, pero no la totalidad de anécdotas de las que se sirve la autora para cincelar la historia.

     El arranque de la acción tiene lugar en Galicia, cuando el protagonista, de nombre Marcos Leal, regresa de Venezuela, donde marchó hace unos años para trabajar en una fábrica de acero, material del que parece estar forjado su corazón. En una comida familiar coincide con Sofía, muchacha ingenua, sensible, de alma limpia, que apenas conoce la brisa de la vida. Con apenas dieciséis años, sigue siendo esa crisálida encerrada en un frágil capullo que aún no ha alcanzado la forma adulta, pero que esmás que harta de sentirse ninguneada, de que todo el mundo decida por ella. Obedeciendo a un falso arrebato pasional por ese chico de atractivas facciones llegado de Venezuela que le atraviesa con la mirada, se casa por poderes de forma precipitada y marchan juntos a Caracas.

     Un día, la pequeña Carlota, fruto del matrimonio recién estrenado, es secuestrada por Marcos. Sofía, que ha luchado siempre por perpetuarse en su hija, inicia una afanosa búsqueda por recuperar a Carlota, convertida desde su llegada al mundo en su única razón de vivir.

     Otros personajes (Esther, Gloria, Luis, Ángeles, Dolores, etc.) forman parte del reparto y acusan indudable influencia sobre la joven Sofía. Integran, todos ellos, un fresco pintado desde el realismo más mordaz y compasivo, aunque con alguna pincelada menuda de humor y alegría, valga la paradoja.

     No es mi intención ir desgranando la obra, pues es tarea que cedo al lector. Me limitaré a unas escuetas reflexiones que pellizquen su curiosidad.

     A los pocos días de convivir con Marcos, Sofía descubre que su marido es un hombre envuelto en el misterio, un tipo oscuro y mezquino que se relaciona con ella a través de un muro de silencio y le hace sentir invisible. Ella, que soñó siempre con ser una orquídea blanca, esa flor bella y elegante en manos de un hombre que realzase sus cualidades de mujer, es colocada por el destino en un tiesto equivocado, un lugar donde el riego del tiempo, más que darle brío y empuje va a ir aplastándola de forma miserable, impidiendo que por su vida corra la savia natural de una persona íntegra y virtuosa.

     Enca Bouzas sabe bien seducir y encantar al lector plasmando con agudísima penetración psicológica las zozobras de una mujer que, asediada, noqueada y vencida por las utopías y nostalgias del amor, consigue salir (casi) ilesa de esa lucha y retomar las riendas de su destino sin perder la dignidad.

     Lo hace desplegando una prosa transparente, directa, sin camuflaje. En el estilo, se escuchan pálidos ecos de Elena Ferrante, de Rosa Montero. Ahí es nada. Posee esa artesanía menesterosa de narrar dando certeras puntadas con los frágiles hilos de los sentimientos. Un nudo aquí, un remate allá… La historia está cosida con hechuras de valores universalmente humanos, y rematada con entusiasmo, valor, ternura, amistad, lealtad, únicos motores que consiguen que la vida ruede con plenitud auténtica.

     El realismo de la gallega hace aflorar lo más íntimo de cada personaje, con una luminosidad fulgurante que permite adivinar que no esconde nada. Escribe sin tramoya. Nada oculta bajo la realidad cruda y desnuda. Sofía es mujer casta y pura, pergeñada de ilusiones y libre de fatigas. Marcos es un tipo vacío, turbio, sombrío, un ser muerto por dentro, que vive en vergonzoso mutismo con el amor.

     Mención aparte merece el personaje carismático de Luis, quien representa la cara opuesta de esa vida insalubre, de esa atmósfera fétida que Marcos ofrece a Sofía, pero es también ejemplo de uno de los mayores obstáculos que encuentra una mujer si se enamora de un hombre de espíritu sensible. O muy sensible. Luis recupera en Sofía no la pasión amorosa, sino esa otra pasión que redime nuestros espíritus de otros males nocivos: la literatura. Queriendo que ella participe en el idilio que él sostiene con los libros, la conduce hasta ese lugar de sanación para el alma que es la biblioteca. Allí Sofía aprende con gozo a disfrutar del mejor veneno que existe, ese que le permite soñar otros mundos, tener otras vidas…

     La estructura escogida sazona de amenidad la narración y hace, naturalmente, que la lectura discurra de un tirón, que se lea con fruición. Frases cortas, diálogos (agitados, inquietantes, espontáneos) salpican los menguados capítulos. Tras coquetear con las primeras páginas, una entabla trato con la protagonista y se adentra en la historia cogida de su mano. Y se abandona a ella con la confianza de quien aparca sus quehaceres y se sienta a escuchar atentamente un cuento con todo detalle.

     En esta primera novela de Enca Bouzas el protagonista indiscutible es el amor. Frases claveteadas de emoción recuperan el poder del amor en su espectro más amplio (la amistad, la maternidad, la fraternidad, etc,), si bien la autora ahonda en el amor maternal. La maternidad saca de sus infiernos a Sofía, le otorga ese impulso vital que consigue poner fin a sus angustias y a salvo su vida. “La orquídea blanca” es, sobre todo, un hermoso alegato del poder salvífico de la maternidad. Pero el amor maternal es también, aquí, un amor sometido a la prueba extrema de saber si en él existe —o no— un límite —el de Sofía por Carlota, como símbolo—.

     En definitiva, la autora acuna al lector en un carrusel de emociones envuelto en sobresaltos —ya se irán viendo—, pero también es una descripción triste y amarga de algunas vilezas que puede encarnar el ser humano. Y entretanto, lo más bonito, nos sumerge en los ojos de una madre, esos ojos esenciales que no se distraen de lo que debe y quiere hacer en su vida.

     Lectura entrañable, amena, deliciosa. Deja el alma colmada de amor a la vida.

     Buenas noches y buenas lecturas.

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