“Mi planta de naranja lima” de José Mauro de Vasconcelos

lima     Hoy quiero hablar de un libro que cuenta una historia protagonizada por un niño de cinco años y en cuya lectura hallé el temblor de mi espíritu. La luz de este niño ha inundado mi cuarto de una dulce calidez y me he sentido una lectora privilegiada.

     Es una novela corta, apenas alcanza las doscientas páginas, en la que el brasileño José Mauro de Vasconcelos recrea sus recuerdos de infancia en el barrio carioca de Bangú. Es un texto emotivo, pero también es un buen retrato social del Brasil más desfavorecido. El pequeño vive en una familia pobre, en un barrio pobre y aprende a vivir demasiado temprano.

     Apenas lleva una sumergida en la lectura unas cuantas páginas cuando la tinta se convierte en dulzura e invade todo, negro sobre blanco. Una queda prendada del pequeño Zezé. Y esa adoración que despierta en algún rincón secreto de nuestro corazón, nos acompañará a lo largo de toda la obra. El pequeño posee una mirada limpia de ver el mundo y cada vez que nos habla es como si depositara sobre nosotros su mirada penetrante. Y nos gustaría entablar un diálogo con él, pues lo reconocemos como una parte de nosotros mismos.

     Es un niño muy travieso, pero enormemente despierto e inteligente. Aprende a leer solo, sin que nadie le enseñe. A vivir va enseñándole la vida y su amigo “Portuga”, de quien aprende pronto los nombres de las cosas y sobre todo, la ternura de la vida, porque la vida sin ternura no es gran cosa. ”Portuga” es el dueño del coche más bonito del mundo y cuando está junto a él, Zezé siente “un sol de felicidad” dentro de su corazón.

     El pequeño sueña despierto para evadirse de la tristeza que hay en su casa. Sus padres descargan en él sus miserias y le riñen continuamente. Pero su corazón inocente y bueno, recibe estos azotes como un pago justo por sus travesuras. Llega a creerse que el mismo diablo se ha metido en su cuerpo.

     Zezé es de una inocencia sobrecogedora. Posee un candor infinito. Hay pasajes deliciosos, como aquél en el que dice que su madre, cuando más bonita está es cuando canta. Es un niño al que tomas cariño desde el principio, porque dice cosas de niño. En un momento dice que nadie es poeta sin corbata de lazo y que por eso, cuando crezca, quiere ser sabio y poeta y llevar corbata de lazo. Es para darle un achuchón.

    Su imaginación desbordada le hace creer que tiene un pajarito dentro, con el que habla y habla…hasta que escucha la voz del árbol de naranja lima, su árbol Minguinho (o Xururuca). A él acude cuando recibe una tunda o cuando quiere estar tranquilo y le cuenta sus cosas.

     En cuanto al estilo, no es una narración muy pulida ni podemos decir que estamos ante una literatura de altura. Sin embargo, dice bien lo que dice. Tampoco pretende el autor llevarnos más allá de lo que se cuenta. A mí me gustaría señalar que se recurre en exceso al uso del diminutivo (en sustantivos y en adjetivos), y lejos de dotar al lenguaje de mayor carga emotiva lo que consigue es que lo estropea. No sé cómo decirlo. Lo aniña. Y no hace falta. Para niños ya tenemos a Zezé. En ocasiones, pensaba que podía deberse a una mala traducción, pero no. No, porque sucede con demasiada frecuencia. Y no es necesario. Al lector le llega igual la brisa lírica con la que pretende vestir al sustantivo, porque el protagonista del relato no es el arbolito, el caballito, la manita, el hermanito o la vocecita, sino el niño. Y de sobra conoce el lector lo bondadoso y adorable que es Zezé. Puedo citar innumerables ejemplos. Hay cientos. De Luís, el hermano preferido de Zezé, se dice “que es buenecito y quietito” y a Zezé se le invita continuamente a ser “formalito”.

     En definitiva, yo diría que más que una prosa alta es una prosa fácil, una prosa de andar por casa, que cuenta una historia bonita. O muy bonita. José Mauro de Vasconcelos nos aproxima a las cosas tal y como las ve el niño y nos descubre con sencillez los sentimientos que éstas despiertan en él. Consigue, por unos momentos, que lleguemos ver el mundo con la pupila inocente de un niño de cinco años. Y esa mirada, aunque no lo busquemos, siempre guarda pinceladas de poesía y de verdad.

     Buenas noches y buenas lecturas.

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