«El peligro de estar cuerda» de Rosa Montero

Mi recomendación de hoy es el último libro de Rosa Montero (Madrid, 1951), esa psicóloga y periodista que sepultó su formación para dedicarse de lleno a la literatura. Gran fortuna para quienes seguimos su trayectoria porque, francamente, su escritura sencilla y placentera resplandece con mayor luz en cada obra. No deja de obsequiarnos con nuevos fogonazos de imaginación, con una nota más alta en el poderoso sonido de la creatividad.

«El peligro de estar cuerda» está dictada por el alma, como todo lo suyo. En esta ocasión, más que en otras, pues si narrar nace de esa voz interior que habla a los escritores, estas páginas pedalean con el impulso que da el latido de su propia vida.

En realidad, no se sabe bien qué parte de la narración es ficción y qué es realidad. Entre estas dos aguas navega. Y sobre las procelosas aguas del ensayo, el volcado de experiencias y recuerdos vividos, y la discreta tramoya de una pasión que tampoco sabemos si es real o sale de la chistera de su imaginación.

Vestida con el sudario de sus obsesiones, se centra en las que tanto le atormentan: la muerte y la locura. El terror ciego a la muerte es el trasunto de toda su obra. Como lo es el nudo mental que acecha a quienes se entregan a vivir narrando. O a narrar viviendo, que es otra forma de coser la compostura del oficio. La otra constante en su obra es esa nota de extravagancia, majadería, o locura, que tizna a los personajes e historias que inventa.

«El peligro de estar cuerda» es un texto amenísimo. El punto de partida es que la normalidad no existe y la genialidad de muchos artistas es la desembocadura natural del descalabro mental que padecen. Nada nuevo, pues ya decía Séneca que «ningún genio fue grande sin un toque de locura». Y por genio, Rosa Montero entiende todo tipo de individuo creativo, sea de la calidad que sea.

Casi todos los novelistas tienen la intuición de que si no escribieran, se volverían locos porque se haría ingobernable la multitud que les habita. De todo esto da buena cuenta el libro. De la abundancia de manías, trastornos bipolares, depresiones, crisis de angustia, etc. con los que han de lidiar los escritores. Al parecer, para mantener vivo el fuego creativo con las palabras los artistas se drogan, se matan a tragos de alcohol, de café, y se dopan con todo tipo de alucinógenos. La hermandad entre la ingesta de muchas de estas sustancias y el talento creativo está a la vista de todos, en sus obras. Otra cosa es que en nuestra cultura, estas cosas se escondan bajo la alfombra.

La autora es la primera en volcar sus manías y vergüenzas, sus fobias, sus rituales y manías a la hora de escribir. Y, entre tanto, nos conduce por la travesía del entretenimiento con tal suerte de que, cuando se da una cuenta, ha llegado a la página final.

Es una de las novelas que más he disfrutado, no solo por lo bien escrita que está, sino por el estilo fácil y el tono confesional que tanto acerca. A una le parece estar manteniendo una conversación distendida con Rosa Montero, en lugar de estar inmersa en un libro. Y para terminar, ese broche final con el que cita al lector y lo deja sin premio es su última carambola, una extraña simbiosis entre realidad y ficción. Una espera que se cierre una historia de pasión apenas iniciada y lo que sucede es justo lo contrario. Se abren de par en par puertas que dan paso a la historia real, la que queda por contar, la historia que está hoy viviendo Rosa Montero. Es lo que tiene escribir al dictado del alma.

Buenas tardes y buenas lecturas.

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